Incendio en la bahía de Bremer (Australia). / EFE

Los grandes incendios forestales 'queman' la capa de ozono

Una investigación revela que los grandes incendios de 2020 en Australia afectan al gas que protege la Tierra de los rayos solares

José A. González
JOSÉ A. GONZÁLEZ Madrid

El año pasado, ardieron en España 87.879,74 hectáreas de superficie, una cifra muy superior a la de 2020, influida por el confinamiento por la Covid-19, y por debajo de la media de los últimos años (99.949,80 ha). En los pasados 365 días de 2021, las tierras españoles sufrieron 2.914 incendios superiores a una hectárea de extensión, de los cuales 18 son catalogados por el ministerio para la Transición Ecológica y Reto Demográfico como «grandes incendios», al superar las 500 hectáreas. Superficies calcinadas y arrasadas que son visibles, pero que dejan una víctima invisible a cientos de kilómetros del suelo.

El humo es una señal clara de la presencia de un incendio. Un primer aviso que deja su sello en la atmósfera, luego llega la devastación de las llamas. Las humaradas de la vegetación que arde desplazan decenas de kilómetros gases de efecto invernadero y dañinos para la salud.

Una combinación de dióxido de carbono (CO2), monóxido de carbono (CO), benceno, distintas partículas en suspensión y óxidos de nitrógeno (NOx), mezcla que puede alcanzar «los 35 kilómetros desde la superficie», asegura un equipo de científicos australianos. «Los grandes incendios forestales inyectan humo a las latitudes medias de la estratosfera que destruye el ozono, que nos protege de la radiación ultravioleta», señalan Peter Bernath, Chris Boone, Jeff Crousem.

«Los grandes incendios forestales inyectan humo a las latitudes medias de la estratosfera que destruye el ozono, que nos protege de la radiación ultravioleta»

Peter Bernath

investigador de la Universidad de Waterloo

Su estudio se centra en el ‘Verano Negro’ de Australia, el país oceánico vivió entre 2019 y 2020 una serie de incendios que arrasaron con 23 millones de hectáreas, además «se emitieron a las atmósfera más de un millón de partículas de humo», señalan en su artículo publicado en la revista Science. «Los incendios graves pueden crear nubes de pirocumulonimbos que lleguen a afectar al clima terrestre al calentar la estratosfera y enfriar la superficie de la Tierra», advierten. «Es probable que el cambio climático también se acelere con estas nubes», añaden.

«Similares a un volcán»

El seguimiento del rastro dejado por los pirocumulonimbos tras los incendios era motivo de investigación ya en 2017. El verano de ese año, Estados Unidos sufrió una ola de grandes incendios que «provocó que varias de estas nubes inyectaran humo en la estratosfera», señalaban investigadores de la Universidad de Colorado en un informe publicado en 2019. «El humo inyectado fue tan grande que estuvo durante 8 meses en la estratosfera», añadían. Sin embargo, no se calculó su impacto hasta este año.

«Estas nubes gigantes se han comparado con erupciones volcánicas moderadas y con el invierno nuclear debido al aumento de aerosoles estratosféricos del humo», apunta Bernath. «Al igual que las grandes erupciones volcánicas, los pirocumulonimbos pueden disminuir el ozono estratosférico», alerta.

La investigación revela que el humo de los fuegos en Australia desencadenó reacciones químicas en la estratosfera que «contribuyeron a la destrucción del ozono en latitudes medias del hemisferio sur, una capa que protege a la Tierra de la radiación ultravioleta entrante».

Este estudio relaciona el humo de los incendios forestales y el agotamiento del ozono. «El humo de los incendios forestales es una mezcla tóxica de compuestos orgánicos muy compleja», revela la profesora del MIT, Susan Solomon. «Me temo que el ozono está siendo golpeado por toda una serie de reacciones que ahora estamos trabajando frenéticamente para desentrañar», apostilla.

La capa de ozono es una franja de gas muy frágil que protege la vida en el planeta de los efectos nocivos de los rayos solares

La capa de ozono es una franja de gas muy frágil que protege la vida en el planeta de los efectos nocivos de los rayos solares. Desde mediados de la década de los 80, el concepto «agujero de ozono» apareció por primera vez en un artículo científico del British Antarctic Survey.

En 1985, se descubrió que los CFC (clorofluorocarbonos) y los HCFC (hidroclorofluorocarbonos) eran los responsables de la destrucción de la capa de ozono. Así se llegó a la redacción del Protocolo de Montreal para controlar estas emisiones. «En Australia, estos ya han destruido alrededor del 5-8% de la capa de ozono sobre esta zona», apunta la investigación de Salomon. «La creciente frecuencia de grandes incendios tiene el potencial de retrasar la recuperación del ozono estratosférico», añade el texto de Bernath publicado este mes de marzo.

Ambas investigaciones descubrieron que, tras los incendios, la cantidad de dióxido de nitrógeno (NO2) se desplomó, este es uno de los primeros efectos visibles del agotamiento de la capa de ozono. Los investigadores descubrieron que este descenso de NO2 está directamente relacionado con la cantidad de humo que los incendios liberaron en la estratosfera.