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Los efectos a largo plazo de la sequía

Los efectos a largo plazo de la sequía

ODS 15 | Vida de ecosistemas terrestres ·

Las consecuencias de la sequía no se terminan el día en el que por fin llueve. La presión que supone para los acuíferos, para los ecosistemas o para la salud humana duran mucho más tiempo

Raquel C. Pico

Domingo, 6 de agosto 2023, 06:03

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La sequía es ya una vieja conocida, una de las habituales participantes de los veranos españoles. Es también una que en los últimos tiempos se ha vuelto mucho más presente, casi se podría decir que se ha enquistado. España arrastra años de déficit de lluvias. Sin embargo, los problemas causados por las sequías no se acaban en ese día en el que, por fin, llueve. Sus consecuencias también perduran en el tiempo.

De hecho, el efecto sobre los ecosistemas no siempre es inmediato. Desde Creaf Alerta Forestal, acaban de alertar de que los pinos de los bosques catalanes están mostrando ahora los efectos de la sequía del año pasado. Es decir, han sufrido una muerte silenciosa, porque han intentado resistir al máximo a la falta de agua, pero no lo han logrado. Aunque se veían verdes, sí estaban sufriendo la falta de lluvias.

«Cuando esto sucede, los pinos están muertos: no tienen capacidad de rebrotar y no tienen ninguna hoja verde que les permita mantener las funciones vitales», explica en la presentación de resultados Mireia Banqué, coordinadora de Alerta Forestal. «Este 'colapso' de los pinos puede darse meses, o incluso años, después de haber terminado un período de sequía», alerta.

La investigadora postdoctoral en Creaf, Laura Fernández de Uña, acaba de liderar un estudio sobre cómo los árboles más altos se enfrentan a las sequías y qué elementos son claves para permitirles sobrevivir a sus efectos. «Cuando más alto es, más le cuesta llevar agua a la copa y necesita más agua porque tiene más hojas», explica sobre la situación de estos árboles. Lo que han descubierto en el estudio es que se producen algunas adaptaciones en algunas especies que les ayudan a ser capaces de resolverlo.

Pero ¿cómo se enfrentan en general los árboles a la sequía? Fernández de Uña explica que, a corto plazo, durante la sequía cierran estomas para reducir el consumo de agua (no de carbono). Si no lo hacen cierran a tiempo, entonces pueden sufrir embolias. Si bien, cerrándolos limitan el gasto de agua y el riesgo de sufrir embolias. «Le pasa como a un ser humano», señala. «En un árbol, no pasa nada por una embolia, pero muchas antes de que el agua llegue a la copa pueden llevar a que muera», indica.

No obstante, al cerrar sus estomas tienen el inconveniente de que al no hacer fotosíntesis no acumulan carbono durante ese periodo y gastan las reservas que ya tienen, lo cual también puede afectarles en el largo plazo.

Eso es también lo que lleva a que los efectos se prolonguen en el tiempo: puede que el árbol esté resistiendo a esta sequía ahora, pero puede también que lo que vivió en ese período hipoteque su vida futura. «Si el daño por estrés hídrico ya está hecho, al árbol va a costarle mucho recuperarse», señala la experta.

Todo esto no tiene solo consecuencias en la vida del bosque, sino que genera una serie de efectos derivados. Primero, el mecanismo que los árboles usan para sobrevivir a las sequías hace que dejen de ser ese amortiguador de las emisiones, puesto que dejan de comerse el carbono del ambiente. Si queremos que los bosques sean sumideros de carbono, las sequías estarán impidiendo que hagan ese trabajo. Después, no hay que olvidar que los árboles son parte de un ecosistema mucho mayor. Lo que les pasa no solo les afecta a ellos, sino que lo hace con todo el bosque.

El problema de los acuíferos

Otro de los efectos secundarios y prolongados en el tiempo de las sequías es el de alterar las reservas de agua dulce en aquellos territorios sometidos a ese estrés climático. Si no llueve, se secan los ríos o los lagos, como cualquiera puede ver dándose un simple paseo por sus entornos en tiempos de seca. Pero, además, tampoco se recargan los acuíferos.

Y ahí hay un problema grave, porque, a pesar de que no se ven, los acuíferos son la base que sostiene toda la pirámide. De ellos se nutren los ríos, pero también son a donde acudimos para tener el agua que necesitamos para la vida cotidiana. «Deberíamos estar cuidando estos embalses subterráneos», advierte Julio Barea, responsable de campañas de Consumo y Biodivesidad de Greenpeace. El 44% de los acuíferos de España están, calcula la organización, en mal estado. Es una cifra aterradora, pero más cuando se pone en contexto con un dato. «El conocimiento que tenemos sobre los acuíferos es incompleto», apunta el experto.

«Los ecosistemas hídricos son los que están más amenazados en España»

La situación que los episodios de sequía tienen en el agua es importante y es dramática. Como recuerda Barea, los episodios de sequía han formado parte de lo tradicional, por así decirlo, en España. Lo que no es tradicional es el cómo se producen ahora: son mucho más intensos y duran mucho tiempo. «Nos estamos metiendo en unas variantes desconocidas», explica el experto.

Si los episodios de sequía se enquistan, las aguas no tienen oportunidad para recuperarse. Los ríos o los lagos no se rellenan, porque antes no lo han hecho esos acuíferos de los que beben. Barea lo ejemplifica echando mano de Las Tablas de Daimiel o de Doñana.

«Los ecosistemas hídricos son los que están más amenazados en España», recuerda. Se conjugan la mala calidad y la poca cantidad de aguas y el crecimiento de las especies invasoras, que ponen en peligro su equilibrio. Pero, además, «llevamos años así». Si la naturaleza tenía «cierta resiliencia para poder aguantar la sequía», apunta, «cada vez es menor porque no paramos de consumir».

Todo esto tiene efectos en la naturaleza, pero también en la agricultura y, mucho más visible para la población, en el consumo humano de agua dulce. La sequía de hoy es la amenaza de restricciones de agua en el futuro.

La salud humana

Pero, además, la sequía no solo tiene un efecto directo sobre los ecosistemas y la biodiversidad, también impactan en la propia salud de los seres humanos, especialmente en la de aquellos grupos considerados de riesgo.

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Una guía del CDC estadounidense resume su impacto potencial, uno que toca muchas áreas. Así, el empeoramiento de la calidad del aire derivada puede aumentar el riesgo de padecer alguna enfermedad respiratoria —como bronquitis o neumonía— pero también agravar la situación para quienes padecen enfermedades respiratorias crónicas. También puede hacer más intensos los efectos de las olas de calor, reducir la calidad del agua o afectar a las enfermedades transmitidas por insectos como mosquitos. Además, y esto lo han demostrado estudios que parten de la situación española, la sequía tiene efectos directos sobre las cifras de mortalidad.

Igualmente, no solo afecta a la salud física, también puede hacerlo con la mental. Un estudio australiano detectó un patrón entre el empeoramiento de la salud mental de la población rural y los períodos de sequía.

Dado que el cambio climático está agravando y haciendo más habituales los períodos de sequía, sus efectos en la salud irán en aumento. Como escribe en 'Meteosensibles', publicado por Península, Mar Gómez hablando de los efectos que tendrá el cambio climático, «es probable que los eventos relacionados con el calor, la sequía y las inundaciones se relacionen con el aumento de las tasas de trastornos cardiovasculares, respiratorios y gastrointestinales así como de problemas renales».

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