Surfistas en la playa de Zarautz. / Rosa Palo

Zarautz, soy una surfista

De mareas que suben y bajan, de jóvenes felices y de todo tipo de tablas

Rosa Palo
ROSA PALO

Acabo de entrar en la habitación del hotel para coger un jersey de manga larga. Escribiendo y fumando (¡al fin!) en la terraza, me ha dado un poco de frío. Zarautz nos ha recibido, una vez más, como esperábamos, con el cielo cubierto y una playa que aparece y desaparece con la marea. La única diferencia es que ya no están los toldos de rayas azules y blancas, por culpa del coronavirus. Los echo de menos.

Los toldos me llamaron la atención durante el primer viaje que hicimos mi santo y yo al País Vasco. Era la época pre Guggenheim y la época pre currelas, que estábamos los dos sin trabajo y sin un duro. A cambio, teníamos veintipocos años, un amor recién estrenado, una espalda firme que nos permitía dormir en cualquier sitio y un estómago en el que cabía cualquier cosa, sobre todo bocadillos: en cuanto entrábamos en una población, íbamos al mercado a comprar pan y fiambre para echarnos algo al coleto.

Recién llegados a Zarautz, con un mapa pintarrajeado que nunca conseguíamos doblar bien y la firme intención de llamar a nuestros padres desde la primera cabina telefónica que encontráramos, bajamos la ventanilla del coche y le preguntamos a un paisano:

– Perdone ¿nos puede indicar cómo llegar al mercado?

El paisano abrió la puerta, se sentó detrás y dijo: «Sigue recto». «A la derecha». «A la izquierda». Rudo, seco, solo despegaba los labios para dar las indicaciones precisas, como un profesor de autoescuela. Jamás habíamos visto tanta economía léxica. Al llegar al mercado, soltó un «agur» y se marchó. Nos miramos estupefactos, dijimos: «Madre mía, cómo es esta gente», sin saber que acabaríamos teniendo buenos amigos vascos, y compramos un trozo de queso Idiazábal y una barra de pan. Y fuimos felices.

Arriba, terrazas en el paseo marítimo. En medio, Palacio de Narros. Abajo, contador de bañistas en la playa. / Rosa Palo

También lo fuimos haciendo la ruta gastronómica de las puertas de los restaurantes: jóvenes y tontos, nos echábamos fotos a la entrada de Arzak, de Subijana y de Arguiñano como los que van a echarse fotos a la puerta de 'Cantora'; sitios en los que no podíamos comer porque nos sobraba vergüenza y nos faltaba dinero. Por eso, aún fuimos más felices cuando, muchos años después, entramos en Arguiñano para tomarnos una ensalada de bogavante, y yo llegué a Cartagena contando que había visto extraer la pinza de la cáscara de una pieza, limpia, rosada, como si hubiera contemplado un milagro. Desde entonces, seguimos siendo felices cada vez que pisamos esta tierra en las más variadas circunstancias, que al País Vasco hemos venido solteros y casados, solos y con amigos, con niño y sin niño, de festivales y de vacaciones, siendo pobres de solemnidad y burgueses de medio pelo.

Los que faltan

Como no había venido nunca es disfrazada de intrépida reportera. Y con dolor de espalda, que también. Con el piramidal a pique de la contractura, me siento en un bar, me pido unas piparras fritas y, profesional hasta el fin, le doy palique a la familia que ocupa la mesa más cercana a la mía para comprobar si queda algún vasco en Zarautz o se han repartido todos entre Benidorm y Jaca. Y sí, quedan. Amabilísimos, me cuentan que son de Tudela y que tienen casa aquí. Como tenía la reina Isabel II el Palacio de Narros, puesto a su disposición cada vez que le salía de la corona. O como la reina Fabiola tenía Villa María Pilar, propiedad de los De Mora y Aragón de toda la vida antes de que se liaran las perlas a la cabeza y se largaran a Marbella.

«Sí, hemos venido este verano. Pero, con estos brotes que ha habido, está la cosa floja, aunque parece que ya está todo controlado. Al final, llegas aquí y ves que no pasa nada», me dice la señora mientras me termino las piparras. El camarero de un bar de la plaza de la Música nos cuenta algo similar. «Viene gente de Gipuzkoa, del interior, pero faltan franceses, catalanes y madrileños. Y los jóvenes, que antes venían aquí de fiesta, tampoco han venido este año. Y ya no hay cuadrillas a la hora del poteo». Escucho con una oreja al camarero y, con la otra, a los de la mesa de al lado. Ha sido oír «¿os visteis en Nueva York?», y saltarme todas las alarmas. El camarero sigue hablando, pero yo ya estoy en otra conversación: «¿Alma libre? No me digas más. Ella es de las que se enamora de las personas». De repente, me interesa muchísimo más este romance capaz de cruzar los mares que lo que me pueda contar el camarero. Pero nos tenemos que ir. Me quedo sin saber el final.

De camino al hotel, pasamos varias veces por la playa. El aforo está limitado en función de las mareas y, las entradas, controladas. La playa es la vida paralela de Zarautz: hay gente a las siete de la mañana paseando, hay gente a mediodía bañándose y tomando un sol pálido, hay gente a las once de la noche tumbada en una toalla, caminando, pescando. Y, a cualquier hora, hay gente surfeando, que por algo Zarautz es punto de referencia para los surferos de todo el mundo.

Pintones

Está lleno de escuelas, de neoprenos colgados secándose al sol, de chavales que cruzan la calle con los pies descalzos y la tabla bajo el brazo. Que les gusta a los zarauztarras una tabla, ya sea de surf, de skate o de planchar, que van hechos un pincel: por el paseo, caminan señores y señoras impecables, que da gusto verlos, mientras que la chavalada va en monopatín hasta llegar a la pista que hay junto a la terraza de Arguiñano. Allí se dedican a hacer todo tipo de piruetas imposibles y el respetable, con un helado en la mano, se arremolina alrededor para verlos y jalearlos. Críos que no levantan un palmo del suelo pegan unos saltos tremendos, y yo me asusto, y digo ¡uy!, y algunos ¡ay!, y diversos ¡ten cuidado! La maternidad, la propia y la ajena, que no me deja vivir.

Me acabo de levantar de la silla para verlos y soltar interjecciones varias. He oído sus voces sobre el ruido del mar. Es un ruido que no cesa, una ebullición constante. Le oí contar a Chavela Vargas que ella siempre había querido irse a vivir a una isla donde poder escuchar el mar todos los días. Al fin lo consiguió, pero tuvo que marcharse al poco tiempo: el ruido de las olas la volvía loca. Yo, en cambio, creo que podría acostumbrarme a dormirme y despertarme con el sonido del Cantábrico, a pasear por la playa con la marea baja, a hacer la ruta de las esculturas, a ver de lejos al ratón de Getaria guardando los trajes de Balenciaga, a perderme en el parque natural de Pagoeta, a beber chacolí y probar todos los pinchos de todas las barras, aunque ahora te los tenga que servir el camarero. Incluso podría aprender a hacer surf, si es necesario. Sí, estoy convencida de que podría hacerlo. Lo mismo me quedo aquí unos días, y lo intento. Aunque me da que el neopreno me va a quedar regular.