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Hans Langseth, retratado a los 66 años, con el extremo de su barba en la mano derecha. Nils C. Jorgenson
Los cinco metros de Hans y otras barbas históricas
¿Sabías que...?

Los cinco metros de Hans y otras barbas históricas

Pasamos revista a unos cuantos rostros poco amigos de la cuchilla

Sábado, 20 de marzo 2021, 23:07

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Un impuesto por no afeitarse

A lo largo de la historia, la barba ha contado con fervientes partidarios, que van desde el trío de rock ZZ Top (con dos miembros de rostro exageradamente hirsuto y un tercero que se apellida Beard, es decir, barba) hasta los filósofos de la Antigua Roma, que veían lo de no afeitarse como un signo distintivo del oficio de pensar e incluso lucían estilos diferentes en función de la escuela a la que pertenecían. El estoico Epicteto llegó a escribir que se dejaría decapitar antes que rasurarse, aunque no se llegó a comprobar la firmeza de esa convicción. Del mismo modo, tampoco hace falta rebuscar mucho en el pasado para encontrarse con campañas en pro del afeitado. Uno de los casos más llamativos es el del zar Pedro el Grande, que a finales del siglo XVII emprendió la ardua tarea de europeizar Rusia y obligó a cortesanos y militares a prescindir de sus apreciadas barbas. En vista de que sus órdenes no eran bien recibidas, el monarca implantó un singular impuesto sobre la barba, con distinto importe según el nivel social: los mercaderes ricos debían abonar cien rublos anuales, mientras que a los campesinos se les cobraban unas monedas cada vez que entraban a una ciudad. Como prueba de su derecho a lucir barba, debían portar una pieza metálica, que en uno de sus diseños incluía la frase «la barba es una carga superflua».

Abraham Lincoln.
Abraham Lincoln.

La pequeña asesora presidencial

La moda de dejarse barba va y viene, un hecho que se puede comprobar fácilmente observando, por ejemplo, las galerías de retratos de los presidentes o primeros ministros de los distintos países. En ese sentido, es posible que una de las mayores 'influencers' de la historia fuese una niña de 11 años, Grace Bedell, que en 1860 envió una carta al candidato Abraham Lincoln para sugerirle que dejase de afeitarse. Hay que decir que Lincoln poseía unas facciones, ejem, difíciles de olvidar: una vez que en un debate le acusaron de ser un hombre con dos caras, él replicó «si tuviese otra, ¿cree que llevaría puesta esta?». Grace, tras examinar sus carteles electorales, tuvo muy claro lo que le hacía falta para triunfar: «Usted estaría mucho más guapo con barba, porque su cara es muy delgada. A todas las señoras les gustan las barbas, así que convencerían a sus maridos de votarle», le aconsejó en su misiva. Lincoln le hizo caso y se convirtió en el primer presidente barbudo de Estados Unidos. El último, por cierto, fue Benjamin Harrison, que dejó el puesto en... ¡1893!

Madame Devere.
Madame Devere. NKYviews

Un récord con apartado femenino

La barba más larga que consta en los registros pertenecía al noruego Hans Langseth, que falleció en Estados Unidos en 1927. De su mentón brotaba en aquel momento un interminable río de pelo de 5,33 metros, que se donó al Instituto Smithsoniano. Hoy en día tenemos que conformarnos con los 2,49 metros del canadiense Sarwan Singh, un profesor de música nacido en India y de religión sij. Los sijs siempre juegan con cierta ventaja en esta competición, ya que consideran que todo el pelo es un don de Dios y tradicionalmente no se lo cortan. Esos son los récords masculinos, pero el Guinness también cuenta con el correspondiente apartado femenino. Ahí se impone Jane o Janice Devere, una 'mujer barbuda' circense fallecida en 1912 que se anunciaba como 'La Maravilla de Kentucky', con un máximo comprobado de 36 centímetros de vello facial. El mejor registro de una mujer viva son los 25,5 centímetros de otra estadounidense, Vivian Wheeler, que también se ha ganado la vida exhibiéndose en espectáculos.

La barba de Hans Staininger, expuesta en un museo.
La barba de Hans Staininger, expuesta en un museo.

El alcalde que se enredó con su barba

De todas formas, conviene tener un poco de cuidado con las barbas larguísimas. Ahí está el caso de Hans Staininger, burgomaestre de la ciudad bávara de Braunau, de quien se cuenta que murió en 1567 por culpa de su vello facial, si es que se puede llamar vello a una pelambre de casi metro y medio que a menudo llevaba recogida en una especie de funda. Las crónicas recogen que Staininger se tropezó con su barba durante un incendio en la localidad, cuando estaba organizando la evacuación, y se mató al caer por unas escaleras. En cualquier caso, si hacemos un rápido recuento histórico, veremos que es bastante más peligroso afeitarse, ya que en otros tiempos no era tan raro que un corte se infectase y acabase resultando letal. Eso, sin contar casos como el del gánster Albert Anastasia, tiroteado cuando estaba en el sillón del barbero.

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