Ilustración: Fran Salvador

El acelerador de las series: cada vez más gente las ve en reproducción rápida

Factores como el miedo a quedar fuera de la «conversación social» o el propio formato de los móviles contribuyen a la generalización de esta práctica

Carlos Benito
CARLOS BENITO

Si tienes tres cuartos de hora libres, puedes aprovecharlos para ver algún episodio de serie que dure eso. Pero, si solo cuentas con media hora..., pues también, también puedes dedicarla a ver íntegramente ese capítulo de 45 minutos: bastará utilizar el 1,5x, la reproducción rápida, un recurso que los cinéfilos 'tradicionales' ven como una abominación pero que se ha convertido en norma para millones de espectadores en todo el mundo. Cada vez nos encontramos esa opción en más sitios: en YouTube es ya todo un clásico, WhatsApp lo ha introducido este año para sus audios (y se agradece con algunos interlocutores propensos a los rodeos) y las plataformas de streaming lo van abrazando con determinación. A la hora de justificarlo, sus portavoces suelen hacer una simpática pirueta, y nos recuerdan que la posibilidad de ralentizar la reproducción ayuda a que las personas con dificultades de comprensión o que hablan otro idioma sean capaces de seguir la acción, pero todos sabemos que en realidad estamos hablando de pisar a tope el acelerador para que esta vida loca no nos deje atrás.

Los que somos ajenos a esta práctica solemos preguntar qué necesidad hay, qué sentido tiene tanta prisa. Y esa incomprensión nos delata como seres desactualizados. «Hay un elemento antropológico clave para entender este fenómeno: el FOMO o, en español, el miedo a perderse algo, a quedar fuera del discurso colectivo. Tenemos a nuestro alcance tantísimo contenido que el problema no es la oferta, sino la capacidad personal para consumirlo. Es decir, el tiempo. Eso lleva al 'speedwatching'», analiza Pablo F. Iglesias, consultor de presencia digital en PabloYglesias.com. Hace unos años hablábamos mucho de 'binge watching', el hábito de tragarse temporadas enteras de una tacada, pero ahora se añade el factor de la aceleración: «Cada capítulo de serie nos va a ocupar alrededor de 45 minutos…, pero, si lo pongo a 1,5x, puedo verlo en unos 30. Teniendo en cuenta que, de media, las series tienen alrededor de ocho capítulos, estamos hablando de un ahorro de dos horas. Si tenemos una hora al día para disfrutar de series, eso supone que acabaremos dos días antes», hace las cuentas Iglesias.

Como el cine mudo

Tanta impaciencia tiene seguramente una raíz tecnológica. «Yo diría que es herencia del smartphone, pero, además del aparato en sí, de los momentos de consumo. El smartphone nos acompaña en el transporte público, en tiempos muertos, y hemos pasado del 'voy a ver una peli' al 'tengo un rato, a ver qué veo'», reflexiona el creativo y redactor publicitario Óscar Bilbao, que acaba de publicar el libro 'Los secretos del vídeo online, guía transmedia para streamers, blogueros y marcas' (ESIC). «El vídeo o el DVD ya anticipaban el fenómeno –añade–, permitiendo manejar mínimamente los tiempos de la historia a nuestro gusto, avanzando o retrocediendo. La tele lineal no lo permitía, claro, pero llevamos años en los que, por ejemplo, Twitter se incorpora al visionado de, sobre todo, programas tipo reality. La aparición de las plataformas en streaming da al espectador el control total, si no de la historia, que ya hay casos, al menos de los tiempos y el ritmo. Puede ser una mezcla de empoderamiento, momentos de visionado y aceleración de los consumos debido a la sobredosis de información, que nos crea ansiedad por no perdernos nada».

Quienes se han acostumbrado a ver las cosas en 1,5x o incluso en 2x (es decir, al doble de la velocidad normal) aseguran que ya no hay vuelta atrás, que después el ritmo concebido por el director parece exasperantemente lento, que incluso la realidad parece lenta. La aceleración del pulso narrativo parece inevitable. Óscar Bilbao asiente: «El modo actual de consumir audiovisual nos retrotrae a los tiempos del primer cine, el de los Lumière, Méliès, Buster Keaton, Harold Lloyd, el primer Chaplin… Los ritmos eran demenciales, se rodaba a 16 imágenes por segundo y se reproducía a 24, pero no solo eso: pasaban muchas cosas y muy rápido, con planos cortos o muy cortos, y eran mudas, tirando de cartelas o subtítulos, como ahora, que muchas veces tenemos 'muteado' el sonido'. Los smartphones se llevan muy mal con las grandes panorámicas al estilo John Ford, que se hacían para que las salas de cine pudiesen competir con los televisores que empezaban a popularizarse en los hogares. Y, quieras o no, el formato es más incómodo y menos inmersivo. ¿A qué nos lleva eso? A acelerar los ritmos para mantener el interés. 'La casa de papel' es un claro ejemplo. Creo que si un director, un montador, han decidido que un plano dure un tiempo determinado, será por algo. El problema radica en que los contenidos, generalmente, se crean en formato multiplataforma, y no es lo mismo ver 'Avengers' en un cine que en un Samsung».

Leer en diagonal

Iglesias añade otra aceleración que parece definitiva: «Un fenómeno como el vivido con 'Juego de tronos', que se estrenaba a razón de un capítulo cada semana, parece irrepetible en un mercado donde Netflix es, al menos por ahora, quien parte el bacalao y ha apostado casi de forma exclusiva por entregar las temporadas enteras para favorecer los llamados 'atracones'. Por absurdo que parezca, parte de la experiencia de consumir contenido audiovisual hoy en día se basa en la inmediatez, en formar parte de esa conversación social. Hay un círculo vicioso de cada vez más producciones, cada vez más catálogo y la necesidad de que alguno de esos contenidos se viralice, como ha ocurrido con 'El juego del calamar'».

Como ha escrito el teórico de los medios estadounidense Douglas Rushkoff, «cualquier arte que pida a su público bajar el ritmo o, todavía peor, hacer una pausa y reflexionar está haciendo daño a un mercado que depende de los comportamientos automáticos y acelerados». ¿Nuestros expertos pisan alguna vez ese acelerador del reproductor? «No, aunque reconozco que sí leo en diagonal cuando una determinada parte de un libro no termina de engancharme, lo que viene a ser prácticamente lo mismo», apunta Bilbao, que se ubica «a caballo entre los baby boomers y la Generación X». Iglesias, por su parte, establece una distinción: «Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra… Lo hago, aunque no en series y películas, ahí sigo siendo de la vieja escuela. Pero, por ejemplo, es algo que hago casi a diario con los podcasts y también con algunos documentales, lo que podríamos llamar el consumo informativo: dependiendo de la velocidad a la que hablen los participantes, sí tiendo a meterles un 1,25x, 1,5x o incluso un poco más. Me va la marcha, vamos, pero con unos límites bien marcados…, por ahora».

«Como juego tiene gracia, como norma es aberrante»

El crítico cinematográfico Josu Eguren recuerda perfectamente su 'experimento' con la velocidad rápida: «Hace unos cuantos años, antes de que se popularizase esta práctica, vi la película 'La vida secreta de las abejas' a 1,5x, trasteando con la moviola del reproductor digital. Como juego tiene su gracia, pero como norma es aberrante, más aún cuando son las plataformas de 'streaming' las que le han dado carta de naturaleza». Eguren achaca la popularidad de esta costumbre a la suma de varios factores: «Falta de tiempo, porque tenemos pocas horas de ocio; urgencia por estar al día y participar de las conversaciones virales y déficit de atención. Para Netflix, HBO, Hulu o Amazon, las series y las películas son simple contenido con el que engordar sus catálogos, y como tal son percibidas por sus suscriptores, así que no me resulta extraño que se las maltrate de esta forma».