Laura Liedo

¿Por qué es tan difícil superar un trauma?

«No depende tanto de la vivencia, sino del significado que nosotros le damos»

Elena Martín López
ELENA MARTÍN LÓPEZ Madrid

El 'kintsugi' es un arte japonés ancestral que consiste en reparar un objeto roto sellando sus fisuras con polvo de oro. Se utiliza, sobre todo, en piezas de cerámica y requiere tal paciencia y concentración que algunos incluso lo consideran una forma de terapia. Su particularidad, sin embargo, es que en lugar de hacer desaparecer las grietas, las hace brillar. La técnica es comparable, en cierto modo, al proceso de restauración psicológica que necesita realizar una persona tras sufrir un trauma. Aunque, en este caso, las fisuras son las brechas profundas que genera el evento traumático en el inconsciente, y el polvo de oro, las cicatrices.

«Cuando una persona se expone a una situación estresante, tanto breve como prolongada, que amenaza su integridad física o psíquica, se rompen sus esquemas preconcebidos sobre sí mismo, los demás y el mundo», explica Bárbara Zorrilla Pantoja, psicóloga experta en intervención social, forense y violencia de género. Por eso es tan difícil sobreponerse. Sin embargo, «la facilidad o complejidad de superar un trauma no depende tanto de la vivencia como del significado que nosotros le damos a lo ocurrido», aclara. Así, para una persona puede resultar traumática la separación de su pareja, mientras que para otra, una liberación.

De modo que, aunque podemos hablar de situaciones potencialmente traumáticas, como accidentes, guerras, muertes de seres queridos, o abusos físicos, emocionales o sexuales; el hecho de que consideremos una experiencia como traumática dependerá de la interacción de varios factores: la personalidad, el momento evolutivo en el que uno se encuentre, su historia vital, si sucede de forma puntual o reiterada en el tiempo, si se ha sufrido un daño previo, o si se cuenta con factores de protección, como una red social y familiar, entre otros.

«Cuando el trauma se sufre en la infancia o la adolescencia el impacto es mayor y superarlo más difícil»

Bárbara zorrilla pantoja

De ello también depende el tiempo que se tarda en asimilar un hecho traumático y las secuelas que deja. «Las personas que poseen recursos de afrontamiento adecuados superarán el trauma más fácilmente, e incluso pueden salir fortalecidas», expresa Zorrilla. De hecho, cada vez más investigaciones concluyen que muchas personas que pasan por un acontecimiento de esta índole experimentan cambios psicológicos positivos después, como encontrar el sentido de la vida, mayor gratitud y sensación de ser afortunados, o más autoestima, sentimiento de autoeficacia y competencia para afrontar situaciones difíciles». A este conjunto de recursos personales la psicología lo llama resiliencia, una palabra muy repetida durante los meses de confinamiento por la crudeza de las circunstancias vividas por algunas personas.

En el extremo opuesto están aquellos que han sufrido malas experiencias en la infancia temprana, carecen de soporte sociofamiliar, tienen baja autoestima, presentan alguna psicopatología anterior o no saben gestionar sus emociones, es decir, que sufren factores de riesgo que dificultan la superación de un trauma y son más vulnerables a desarrollar trastornos de personalidad.

Trauma infantil

La etapa de la vida en la que se produce el suceso traumático es determinante porque, en la infancia y la adolescencia, su repercusión es mucho mayor. «Es un momento en el que aún estamos construyendo nuestra personalidad y aprendiendo cómo funciona el mundo. Por eso, un hecho, en apariencia menos grave que una guerra o un atentado terrorista, como la negligencia afectiva en la familia o la devaluación, puede resultar mucho más traumático y tener consecuencias más duraderas», señala la experta. «De ahí la importancia de tratarlo adecuadamente para evitar su impacto en el desarrollo de la personalidad y la conducta adulta».

Además, si el trauma es complejo o acumulativo, por ejemplo, abusos repetidos en la infancia, es mucho más dañino que un acontecimiento puntual, por grave que sea. «El motivo es que la persona se mantiene en contextos traumatizantes durante mucho tiempo, lo que cronifica el daño y la sintomatología. O lo que es lo mismo, se produce una multitraumatización», dice Zorrilla.

La frecuencia y la intensidad de los síntomas varían de una persona a otra, pero se suelen revelar de forma similar: pesadillas, trastornos del sueño, evitación, ansiedad o hipervigilancia. Todo ello se debe a una desregulación del sistema nervioso simpático, porque se produce un descontrol en la liberación de adrenalina y noradrenalina. En otras palabras, nuestro cerebro intenta asimilar el suceso traumático reviviéndolo una y otra vez, y eso impide que nuestra actividad fisiológica disminuya, aunque la amenaza haya desaparecido.

Actualmente, existen tratamientos farmacológicos que ayudan a paliar los síntomas pero, «no sustituyen, en ningún caso, la terapia psicológica», advierte la Zorrilla. «Los psicofármacos se centran en paliar los síntomas, pero no eliminan el problema. Es como si tenemos fiebre y nos tomamos un paracetamol, pero no atacamos la infección que nos la produce». Las terapias psicológicas cumplen el objetivo de integrar y resignificar el hecho traumático y construir una narrativa alternativa a las creencias desadaptativas generadas.

Eso sí, no todas las personas que han sufrido un suceso traumático van a necesitar un tratamiento psicológico o farmacológico. Lo que sí recalca Zorrilla es que, sea cual sea y por muy extraña que parezca la reacción de una persona frente a un trauma, todas son legítimas y deben respetarse sin juzgarse, tanto por parte de la víctima como de su entorno familiar y social.