Higinia Garay

Pánico a las agujas

La fobia a las inyecciones lleva a muchas personas a evitar los análisis de sangre o las vacunas, poniendo en riesgo su salud

Elena Martín López
ELENA MARTÍN LÓPEZ Madrid

Alicia no sabe cómo desarrolló su fobia a las agujas (tripanofobia), pero recuerda que fue en la infancia. Desde entonces ha tenido que sobrellevar, como ha podido, los análisis de sangre, las vacunas y otro tipo de inyecciones, como la epidural –anestesia que se aplica antes del parto e implica una punción en la zona lumbar. «Cada vez que me sacan sangre tengo que tumbarme porque me mareo, pero la peor experiencia que he tenido con las agujas fue durante el embarazo. Cuando rompí aguas estuve 24 horas con una vía puesta en el brazo y con la epidural casi me da algo. Aun así, en todo momento intenté pensar que merecía la pena pasar por ello para poder ver a mi hijo», cuenta esta maña de 31 años. Por supuesto, Alicia no es donante de sangre, aunque lo haría si fuese necesario, pero descarta absolutamente hacerse un piercing o un tatuaje. Tampoco se ha planteado buscar ayuda para superar ese miedo, «soy capaz de sobrellevarlo como puedo y en mi día a día no suelo estar en contacto con agujas (trabaja en Recursos Humanos), por lo que no es un gran inconveniente», expresa.

Otros en su misma situación no dicen lo mismo, pues hay quien el pánico a las agujas le lleva a evitar cualquier práctica que requiera una inyección, llegando a poner en riesgo su salud con tal de que no les pinchen. Dos técnicas de laboratorio de un hospital de Madrid cuentan a este periódico que, prácticamente a diario, hay gente que sale llorando de las cabinas de análisis de sangre sin haberse llegado a pinchar. «Una vez nos llegó una embarazada que se iba a hacer su primera analítica y fue imposible porque no estiraba el brazo. Salió de aquí con tal angustia que en nueve meses de embarazo no volvió», dice una. Esto puede poner en riesgo tanto la salud de la madre como la del bebé, pues estas revisiones sirven para detectar anomalías como diabetes gestacional. «También vino un adolescente de unos 12 o 13 años con sus padres cuya reacción al pincharle fue morderme la mano», comenta la otra.

Sin embargo, también están los que no dejan que el miedo les impida hacer lo que quieren. De hecho, hay artistas del tatuaje que han tatuado a personas con dicha fobia. «Muchos nos dicen que una vez empezamos se les olvida el tema de la aguja. De todas formas, las agujas que utilizamos actualmente (llamadas cartuchos) son tan pequeñas que más bien parecen la punta de un bolígrafo», explican desde el estudio de tatuaje toledano Sánchez Tatto.

«Un chico me llegó a morder la mano para evitar que le hiciera un análisis por la fobia que tenía a las agujas»

El miedo a las inyecciones y las extracciones de sangre afecta, en distinto grado, aproximadamente a una de cada diez personas en España. Entre un 2% y un 3% de la población sufre el caso más agudo de esta aversión, que generalmente se manifiesta en forma de descenso del ritmo cardíaco ( bradicardia) y de la presión sanguínea, lo que puede dar lugar a mareos o desmayos. Otros síntomas son: náuseas, sudoración, dificultad para respirar o berrinches y lloros, en el caso de los niños. Es una fobia que suele desarrollarse durante los primeros años de vida y que desaparece progresivamente, aunque en otras ocasiones se mantiene en la edad adulta y puede ser muy incapacitante. A menudo se relaciona también con el miedo a la sangre (hemofobia), a las heridas (traumatofobia) o a los médicos (latrofobia).

Todas ellas son fobias específicas, que se definen como temores intensos y persistentes hacia un objeto o situación que no guarda proporción con el riesgo real. Es decir, que se exagera. «A diferencia del miedo, que responde a un peligro objetivo, real y presente, como cuando estamos frente a un león que nos puede comer, la ansiedad tiene que ver con la anticipación de un peligro, con pensamientos como '¿y si me quedo atrapado en el ascensor?', '¿y si me pinchan y me desmayo?'», explica Cristina Wood, doctora en Psicología y especialista en ansiedad y estrés. En ambos casos el cerebro siente que nos acecha una amenaza y comienza a segregar cortisol y adrenalina, hormonas del estrés, que nos activan fisiológicamente. «Esto es algo muy positivo como respuesta a un miedo objetivo, porque puede ayudarnos a salir corriendo y salvar nuestra vida, pero en el segundo caso solamente se convertirán en sustancias tóxicas a largo plazo para nuestro organismo, que nos provocarán insomnio, pérdida de apetito, menor rendimiento físico y psíquico, mayor irascibilidad o deterioro de nuestras relaciones sociales, entre otros», añade.

«El humor y las distracciones son ideales para reducir la ansiedad y la sensación de dolor»

cristina wood

El problema es, según la psicóloga, que «la población general cree que preocuparse es una estrategia eficaz para evitar el riesgo, porque te lleva a estar más preparado si ocurre algún peligro y a reaccionar más rápidamente, pero la realidad es todo lo contrario. Hay mucha investigación científica que ha demostrado que si eres un optimista inteligente las cosas siempre te van a salir mejor, porque orientas tu atención a lo que sí quieres que ocurra y eso motiva emociones como la ilusión, la seguridad en uno mismo o la tranquilidad».

Desaprender lo aprendido

Este tipo de fobias pueden originarse por: sucesos traumáticos que hemos sufrido o cuando ves, lees o escuchas algo muy impactante. De hecho, se pueden desarrollar fobias muy incapacitantes simplemente porque uno de nuestros progenitores tiene miedo a algo, porque hemos visto ciertas imágenes en la televisión o porque hemos leído un determinado texto. Todo depende de la sensibilidad y sugestión de cada uno.

La buena noticia es que, al ser temores aprendidos, se pueden desaprender. Las estrategias para hacerlo son múltiples, empezando por la más sencilla: buscar distracciones. Por ejemplo, cuando un sujeto con tripanofobia va a hacerse un análisis de sangre, los pensamientos que cruzan su mente suelen ser: «y si me hacen daño», «y si me tienen que pinchar tres veces porque no me encuentran la vena» o «y si me desmayo». «En estos casos sugiero a mis pacientes contrastar esos pensamientos con otros más positivos, como pensar en las veces en las que les pincharon y no les dolió tanto, o distraerse, pues la atención es la gasolina de la ansiedad», declara la psicóloga. Para ello, se pueden poner música mientras les pinchan e incluso cantar, pueden llevar a un acompañante que les de ánimo y motivación o pueden entablar conversación con el técnico del laboratorio. «El sentido del humor también tiene un efecto calmante. Si la enfermera o enfermero te parece amable o atractivo, siempre puedes bromear y decirle: me lo has hecho tan bien que no me queda otra que pedirte el teléfono o, al revés, después del daño que me has hecho tú me tienes que dar el teléfono», agrega.

Otro recurso efectivo es hacer deporte antes de enfrentarse a una inyección. La actividad física permite segregar endorfinas, unos neurotransmisores que nos transmiten bienestar y felicidad y que tienen un efecto opioide sobre el dolor y el estrés.

Dado que se ha notado un aumento considerable de las fobias a raíz de la pandemia, la especialista recomienda que ante cualquier preocupación que dure más de dos minutos y nos incapacite en el desarrollo de nuestra vida pidamos ayuda profesional.

El experimento del cubo con hielo

La psicóloga Cristina Wood nos invita a realizar un experimento para comprobar que nuestra tolerancia al dolor se puede modificar. Consiste en coger un cubo y llenarlo de agua con hielo, meter la mano y cronometrar cuánto tiempo aguantamos. Esperar unos minutos y volver a intentarlo, pero ahora poniendo de fondo su canción favorita y cantando o mientras conversamos con algún familiar. La distracción nos hará aguantar más tiempo con la mano sumergida. La tercera vez que lo intentemos debemos hacer 30 minutos de ejercicio antes de hundir la mano y cronometrar. En este caso aguantaremos todavía más porque las endorfinas habrán aumentado nuestra tolerancia al dolor.

'Imagina que puedes'

Hace un año, la Fundació Banc de Sang i Teixits de Baleares lanzó la campaña 'Imagina que puedes', una terapia basada en el uso de gafas de realidad virtual. Con ellas, se expone al paciente, gradualmente, a un entorno sanitario controlado en el afronta diferentes situaciones, como una extracción de sangre. El proyecto, que actualmente está parado y pendiente de reanudación, lo desarrolló la psicóloga Cristina Alcover y utiliza un software de Psious, una plataforma mundial de tratamiento de trastornos de ansiedad y fobias mediante realidad virtual.