IVÁN BRAVO

Arrepentidos del tatuaje

Porque son una chapuza o un recuerdo indeseado, un 11% lamenta haberse marcado con tinta y aguja

Solange Vázquez
SOLANGE VÁZQUEZ

En su momento, siempre parece una buena idea. Algo eterno, maravilloso, inapelable... un recuerdo para toda la vida. Pero, con el paso del tiempo, quizá ya no pensemos lo mismo y ese tatuaje que mostrábamos con orgullo y que nos costó algunos euritos, además de sangre, sudor y lágrimas (casi, casi literalmente), se convierte en una pesadilla que queremos eliminar de nuestro cuerpo. Unas veces, porque llevar el nombre de un amor fallido en nuestra piel nos escuece como una herida abierta; otras, porque esa frase que nos parecía tan evocadora se nos antoja ahora ridícula o porque ese diseño de moda y rompedor ha acabado siendo una horterada que, además, lleva todo quisqui. En estos casos, sólo nos queda entonar el 'mea culpa'.

Pero es todavía peor cuando nosotros no somos responsables de tener un tatuaje que nos asquea. Muy a menudo, la gente no está arrepentida de tatuarse, sino del mal trabajo que les ha hecho el profesional, palabra que a algunos chapuceros les queda grande. El caso es que a muchos tatuados les encantaría rebobinar en el tiempo y no dejar que la aguja y la tinta tocasen su piel. Según un estudio de la plataforma de arte urbano Kaosystem, realizado a tres mil clientes de estudios de tatuajes, el 11% lamenta haberse hecho alguno, aunque sólo un 6% de ellos dan el paso de borrárselos con láser. El resto lo llevan como un castigo, con disgusto y resignación... u optan por hacerse encima un 'cover', es decir, un tatuaje que lo oculta. «Es que la gente se ralla mucho. Los hay que no quieren ir con ropa corta en pleno verano para que no se les vean los tatuajes que odian. Justo se quitan la ropa para meterse al agua», explica Enriko Puente, del estudio zaragozano 62 Rosas Tattoo. Sabe de lo que habla, porque no es tatuador: su trabajo es borrar los tatuajes que la gente ya no quiere. O incluso algo más enrevesado: a veces sí los quieren, pero se ven obligados a quitárselos. «Tenemos a muchos aspirantes a la Guardia Civil y al Ejército que se los quitan porque las bases de la oposición indican que no se pueden llevar tatuajes visibles... aunque en este asunto hay controversia –apunta–. ¡Y una vez que están dentro vuelven a tatuarse lo mismo y en el mismo sitio!».

En este caso no se puede hablar de arrepentimiento, sino de necesidad. Pero el caso de los tatuajes románticos es distinto, la gente no se los quita 'forzada', quiere hacerlo, ¿no? «Bueno... a decir verdad, a la mayoría de los que tienen el nombre de su ex les suele dar bastante igual, incluso hay quien considera que es parte de su vida, haya salido bien o mal la relación. Así que se lo dejan. El problema suele surgir cuando encuentran una nueva pareja a la que no hace ninguna gracia ver el nombre de otra persona», desvela. Y les hacen quitárselo. «Es que alguna gente se obsesiona mucho», reitera.

Pero, según recalca, estos casos son los menos. Lo que realmente pone su láser a trabajar como loco son las fechorías de algunos tatuadores. A su juicio, de los sesenta sitios donde se tatúa en su ciudad, sólo hay media docena que lo hagan bien. Quizá por ello, quienes se quieren hacer uno de estos trabajos con todas las garantías suelen informarse antes a través de las redes sociales sobre dónde se encuentran los mejores artistas. Y no dudan en desplazarse a otra ciudad si es necesario. Tal y como recoge el estudio de Kaosystem, casi el 40% de las personas que se tatúan van a una ciudad que no es la suya en busca de profesionales de nivel y cerca de la mitad de ellos aprovechan ya para pasar unas vacaciones, algo que podemos bautizar como 'turismo de tinta y aguja'. «Falta cultura del tatuaje y criterio... y luego, claro, a veces sale lo que sale», dice Enriko, cuyos ojos ven desastres día sí y día también. «Y no son fáciles de quitar –explica–. La extensión del tatuaje no es lo que más importa a la hora de eliminarlo. La clave es la cantidad de tinta que se haya usado y su composición. Yo con el láser tengo que romper las cápsulas de pigmento y fragmentarlas para que el cuerpo las elimine. Pero a veces no es un proceso rápido, depende de muchas cosas, hasta del sistema linfático e inmunológico del tatuado. Así que unas veces vale con una sesión y, en otras ocasiones, son necesarias veinte». Además, cada una cuesta un mínimo de 60 euros, aunque se hacen precios especiales en procesos largos.

A veces, es tal el horror del tatuaje que los 'afectados' no reparan en gastos. «He visto cada cosa...», suspira Enriko. Desde una mujer que acabó con unas «cejas bífidas, como una serpiente» después de tatuárselas mal y corregírselas aún peor, a una pobre chica envuelta en una relación destructiva a la que su pareja obligó a tatuarse su nombre en la barbilla, pasando por un joven que quiso ponerse en el pene el nombre y los apellidos de su amada con tan mala suerte que el tatuador se equivocó en tres letras. «Tuve que borrárselas para que se las pusieran bien –recuerda Enriko–. Cuidado con los nombres y frases. ¡Hay muchas confusiones!», advierte. Erratas, faltas de ortografía... si el tatuador no tiene buen día, el desastre está servido.

Un pene con alas

Arturo de Miguel, que abrió hace tres años el estudio de tatuajes El Salado en Madrid junto a su hermana, coincide con su colega de Zaragoza en que mucha gente vive «avergonzada» por un tatuaje mal hecho o indeseado. En su local son especialistas en 'covers': primero rebajan con láser el tatuaje que se quiere ocultar y luego tatúan encima para que no quede ni rastro. «En nuestro caso, el 70% del público es femenino. Suelen venir abiertas de mente, porque lo importante es tapar, pero siempre se busca un estilo o un diseño que coincida con sus gustos», apunta Arturo, quien indica que han tenido que 'camuflar' muchos 'tatus' «de esos horribles de los 90 hechos con tintas malas» y sustituirlos por nuevos modelos, con colores más vivos y más definidos. «Este mundo ha evolucionado un montón», asegura el mánager del local.

Aunque, a veces, también tienen que 'disfrazar' tatuajes impecables. «Sí, una clienta se tatuó el nombre de su chico y un año después se lo quiso quitar. Le dije: '¿No te gusta? Está perfecto'. Pero ese no era el problema, habían roto», recuerda. Así que... ¡fuera! Por historias como esta, en este local, cuando los enamorados les piden nombres o fechas, ellos tratan de explicarles sutilmente que es un «riesgo tremendo». Pero, ay, a nadie que esté en pleno subidón pasional le gusta que le recuerden que eso puede acabarse. «Sabemos asesorarles con delicadeza y les proponemos alternativas. Por ejemplo, hacerse un tatuaje en pareja, como un yin y un yang decorados, con la mitad cada uno, que en caso de ruptura siguen siendo bonitos», detalla. Para ellos, es muy importante que quien acude a pedir un tatuaje tenga las ideas claras y sea consciente del paso que está dando. De hecho, si ven a alguien borracho, «pasado» o, simplemente, inseguro –como una chica a la que le dio un ataque de ansiedad sólo al ver el diseño–, no se lo hacen. Quieren que sea algo meditado porque, especialistas como son en hacer 'covers' para arrepentidos, saben que este es un proceso complicado y nada barato. «Un 'cover' casi duplica el precio de un tatuaje», desvela.

Aun así, la gente sigue tatuándose. Según el estudio, en grandes ciudades como Madrid o Barcelona, cada año aumenta alrededor de un 3% el número de clientes de los estudios, sobre todo entre los menores de 30 años. De hecho, el que se hace uno suele repetir. Y varias veces. Un tercio de los encuestados para el informe tiene más de seis tatuajes; otro 26%, entre tres y seis, e incluso hay un 21% que aspira a superar en el futuro la veintena. La mayoría, a un precio de entre 100 y 150 euros, aunque un 2% de los trabajos pueden costar hasta 500. «El tatuaje es un fenómeno que va a más y ahora, después del verano, estamos en pleno pico», señala Arturo. Así que están trabajando a toda máquina y con peticiones, a veces, algo difíciles de entender. Una vez, un hombre les pidió que le tatuasen en el muslo un pene de veinte centímetros con un par de alitas. «Le preguntamos si estaba seguro –recuerda–. Y, a ver, tenía 50 años y la cabeza bien asentada. Así que de aquí salió todo contento con su pene con alas...».

Los diseños más demandados

  • 12% es el porcentaje de tatuajes con motivos animales que se hacen actualmente, según el estudio de Kaosystem. Son los preferidos, seguidos de cerca (11%) por los de frases y los nombres de persona (9%). Letras, símbolos, el nombre de algún hijo o las rosas son otros de los motivos más demandados (entre el 5 y el 7%).