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¡Me da dentera!

¿Por qué desagrada el sonido de las uñas contra la pizarra o de un globo al frotarse?

Elena Martín López
ELENA MARTÍN LÓPEZ Madrid

Hay sonidos desagradables... y luego están los que dan dentera. Una uña o una tiza chirriando contra una pizarra, un cuchillo al arañar una botella, un globo al frotarse con las manos, una suela de goma al caminar por un determinado terreno. Quizás solo pensar en ello le provoque ese escalofrío o erizamiento del vello tan característico de este fenómeno. ¿Se ha preguntado alguna vez a qué se debe?

La teoría más sólida lo relaciona con nuestros ancestros. «Existen especies de animales que emiten chillidos cuyo sonido es similar al de los ruidos que producen la dentera. Entre ellos algunos monos. Es una forma de generar alarma dentro de una manada por si hace falta salir corriendo y escapar de un peligro. La dentera parece ser un resto evolutivo del hombre primitivo pues, dentro del desarrollo cerebral, fue una de las primeras formas de comunicación social para avisar al resto de compañeros de una amenaza», explica José Manuel Moltó, neurólogo y miembro de la Sociedad Española de Neurología (SEN).

Varios estudios en humanos han demostrado una mayor activación en la amígdala y la corteza auditiva en respuesta a sonidos desagradables frente a sonidos neutros. La amígdala es una de las partes más antiguas del cerebro. Procesa todo lo relativo a nuestras reacciones emocionales y está íntimamente relacionada con el sistema nervioso autónomo, encargado de regular la respiración, la dilatación de las pupilas, la frecuencia cardíaca, la presión arterial o la sudoración, entre otros. Todos ellos aspectos que se activan ante una situación de peligro. Es un área del cerebro que también controla el miedo. Por eso, la reacción corporal que se desencadena cuando escuchamos el sonido de un cuchillo al raspar una botella y cuando vemos una película de miedo es similar. Es decir, nuestro organismo se prepara ante una circunstancia que registra como peligrosa por si tenemos que salir huyendo (sudoración, pulso acelerado, pupilas dilatadas...) y se relaja y corta dichas reacciones de alerta cuando detecta que estamos a salvo. Es parte de ese instinto de supervivencia que todos tenemos.

Sentido y sensibilidad

El oído humano puede escuchar un rango determinado de frecuencias sonoras que oscila entre los 20 y 20.000 hercios (Hz). A partir de una determinada frecuencia e intensidad, los sonidos nos resultan desagradables. Concretamente entre los 2.000 y los 4.000 Hz, según descubrieron unos investigadores de la Northwestern University (Chicago) en 1986. Para ello, clasificaron una serie de ruidos según el nivel de perturbación que causaban en el oyente.

Este hecho fue corroborado, más tarde, por los musicólogos Michael Oehler, de la Universidad de Colonia (Alemania), y Christoph Reuter, de la Universidad de Viena (Austria), quienes también dieron una explicación al hecho de que algunos sonidos, especialmente el de las uñas o la tiza chirriando en la pizarra, resultasen «dolorosos». Según su teoría, la causa está en que la forma del canal auditivo humano amplifica los tonos dentro de ese intervalo sonoro, causando las molestias. Aunque también se contempla que sea la corteza auditiva la responsable de que el sonido se perciba de forma más penetrante y se intensifique la reacción emocional.

Más recientemente, el proyecto 'Bad Vibes' del científico inglés Trevor Cox, desarrollado en la Universidad de Salford (Manchester, Gran Bretaña), ha confirmado que, además de los sonidos, la imagen juega un papel fundamental. De modo que cuando la percepción del sonido desapacible se refuerza con una imagen visual del mismo, la sensación de desagrado aumenta.

El neurólogo Moltó aclara que, afortunadamente, «la dentera en sí no es patológica, sino natural. Provoca un desagrado momentáneo, pero no va más allá». En el caso de que alguno de estos sonidos llegase a incapacitar a una persona en el desarrollo de su actividad diaria hablaríamos de fobia, no de dentera.

Lo que sí puede ocurrir es que a algunas personas la molestia que les provoque la dentera sea mayor. «Este puede deberse a una mayor sensibilidad del individuo o a cuestiones culturales. Hay situaciones que nos provocan angustia prácticamente a todos, pero en determinadas circunstancias pueden provocar más o menos dentera en algunas personas, especialmente si no tenemos posibilidad de escapar escapar inmediatamente de la fuente del ruido que nos desagrada», destaca Moltó.

Así pues, queda claro que las mejores herramientas para espantar a alguien son tan rudimentarias como una tiza y una pizarra o un tenedor y un plato.

Sonidos desagradables, de más a menos

  • Los más desagradables El sonido catalogado como más desagradable fue el de un cuchillo raspando una botella, seguido de un tenedor rayando un cristal, una tiza chirriando en una pizarra, una regla raspando una botella, uñas arañando una pizarra, un grito de mujer, los frenos de una bicicleta chirriando, el llanto de un bebé y el sonido de un taladro eléctrico, según un estudio de la 'Journal os Neuroscience'.

  • Los más agradables En el extremo contrario, el de los sonidos que nos resultan más agradables y apacibles están: los aplausos, la risa de un bebé, los truenos, y el fluir del agua.