Ilustración: Tomás Ondarra

No me llames, ¡mándame mensajes!

La resistencia de los introvertidos a hablar por teléfono se ha convertido hoy en tendencia social

Carlos Benito
CARLOS BENITO

Ya va habiendo personas adultas que no recuerdan la época del teléfono fijo, cuando comunicarse mediante una llamada exigía la presencia simultánea de ambos interlocutores en sus casas (o, como mucho, en sus puestos de trabajo, si se trataba de tiendas u oficinas). En la mayoría de los casos, los 'impactos' telefónicos que recibíamos a lo largo de la jornada eran escasos y restringidos a ciertos momentos del día. Pero todo eso, claro, se desmandó con la generalización de los móviles a partir de los años 90, cuando cualquier actividad podía verse interrumpida por un timbre (peor, ¡un politono!) insistente y perentorio.

Los móviles echaron abajo los compartimentos temporales de la jornada y se convirtieron en un instrumento de tortura para un grupo de personas que siempre había existido: los introvertidos nunca apreciaron mucho eso de hablar por teléfono, que implicaba la irrupción imprevista en su intimidad de otra persona cargada de exigencias. Con el tiempo, aquel rechazo visceral se ha ido extendiendo y hoy caracteriza a buena parte de la sociedad: habiendo, como hay, modos menos impertinentes de comunicarse, muchas personas se rebelan contra las llamadas por inoportunas, intimidatorias, indiscretas... 'Manda mensajes, no llames', tituló su «guía ilustrada de la vida introvertida» el historietista estadounidense INFJoe. Y Pavel Durov, fundador de Telegram, lo dejó claro hace cuatro años: «Jamás hago llamadas, es obsoleto e intrusivo».

«Contestar a una llamada comporta dedicar unos minutos a algo que no habían previsto, y algunas personas lo viven como si les estuvieran robando su tiempo»

Ferran Lalueza

«El factor que estas personas consideran más molesto de las llamadas es su imprevisibilidad, el hecho de que sean algo inesperado que puede acontecer en cualquier momento, incluso en los menos oportunos. Contestar a una llamada les comporta dedicar unos minutos a algo que no habían previsto y lo viven como si les estuvieran robando su tiempo», analiza Ferran Lalueza, investigador y profesor de Comunicación en la Universitat Oberta de Catalunya (UOC). «Esta sensación de perder el control sobre la propia agenda –añade– se suma a la inseguridad que les genera el hecho de que requiera respuestas instantáneas. Lo perciben como un riesgo, porque apenas hay tiempo para decidir qué queremos contestar, no hay posibilidad de ensayarlo y, si cometemos un error, no tenemos la opción de suprimir lo dicho». A eso se suman otros factores, como la molesta sensación de que la llamada implica cierto componente de abuso («tienen la percepción de que quien llama tiene más necesidad que quien recibe», resume Enric Soler, también profesor de la UOC) o el pudor ante todos esos oídos curiosos que uno suele tener alrededor.

Cada vez menos minutos

Entre quienes ya han crecido con móvil, estas prevenciones se acentúan, hasta el punto de que se ha dado en hablar de la 'generación muda', que evita llamar por teléfono y también contestar si alguien tiene la ocurrencia de hacerlo. El 75% de los jóvenes de Estados Unidos que han participado en un estudio considera que las llamadas son una intromisión que consume demasiado tiempo. Es más, el 81% siente ansiedad antes de pulsar el botón de llamada. «De acuerdo con las proyecciones de Ericsson y The Radicati Group, el número de 'smartphones' subirá de 6.370 a 7.330 millones para 2025, pero, a pesar de este incremento de usuarios, el número de minutos de llamada sigue en declive», explica a este periódico Ash Turner, de BankMyCell y autor del estudio estadounidense. De hecho, la etiqueta en las telecomunicaciones empieza a exigir el envío de un mensaje previo para comprobar si se puede llamar, sobre todo si al otro lado hay una persona con quien no hemos mantenido contacto previo.

Esta actitud tan extendida entre los millennials permite intuir que, en el futuro, el cambio de mentalidad está llamado a imponerse y generalizarse. ¿Para qué quedarán las llamadas? «Es previsible que, efectivamente, esta tendencia a rehuir la comunicación síncrona se perpetúe, dado que la generación que viene detrás de los millennials, la llamada generación Z, también está adoptando hábitos similares. Con todo, hacer pronósticos en este ámbito es arriesgado, dado que serán las nuevas herramientas que vayan surgiendo –apps, plataformas, dispositivos…– las que acaben configurando nuestra manera de comunicarnos con los demás en el futuro. Proyectando el escenario actual, podemos imaginar un mundo en el que las llamadas e incluso otras modalidades de comunicación síncrona como las videoconferencias quedarán relegadas a tres ámbitos: un uso impuesto por obligaciones laborales que lo requieran, un uso para situaciones de emergencia y un uso demodé, mantenido en otros contextos por pura inercia por parte de las personas de más edad».

Orales, pero en diferido: los audios de WhatsApp

Los audios de WhatsApp suponen un retorno a lo oral frente a lo escrito, pero sin la exigencia de simultaneidad que tienen las llamadas. El profesor Ferran Lalueza considera que su uso irá seguramente a más: «Primero, porque las notas de voz son una modalidad de comunicación asíncrona, que es precisamente la tendencia que se está imponiendo entre los más jóvenes. Segundo, y pensando en el emisor, porque un mensaje de cierta extensión o complejidad siempre será más fácil y rápido grabarlo en audio que escribirlo, por más habilidad que tengas tecleando. Y tercero, pensando ahora en el receptor, porque hay estrategias que permiten optimizar el tiempo cuando escuchamos estas notas de voz: por ejemplo, oyéndolas a velocidad acelerada y/o mientras llevamos a cabo otra actividad, como hacer deporte, cocinar, vestirnos...».