Su huida al sol español destrozó sus resorts tradicionales

Toca reencontrarse con la belleza y las ruinas de su litoral

IÑIGO GURRUCHAGA

El pionero del paquete de vacaciones que llevó millones de británicos a las costas españolas, Vladimir Raitz, fue un exiliado ruso de la revolución bolchevique que describía como «revolución social» las consecuencias de su idea, según citaba su necrológica en 'The Guardian': «El hombre de la calle adquirió el gusto por el vino, la comida extranjera, comenzó a aprender francés, italiano, español, hizo amigos en tierras extranjeras que había visitado. Se hizo más cosmopolita, con todo lo que eso conlleva».

La pandemia no ha exterminado al turista británico en las playas españolas, pero las circunstancias han permitido acuñar un neologismo, 'staycation' (quedacación), el plan de pasar las vacaciones estivales no muy lejos de donde uno reside.

El destino del primer viaje, en 1949, del creador de Horizon fue Córcega. En la década de los cincuenta se multiplicó el número de viajeros y de operadores, pero en los sesenta y setenta se expandió la construcción de hoteles en las costas e islas españolas, que arruinó a resorts turísticos británicos, que nunca podrían competir con el sol y, desde entonces, tampoco con el precio.

La secuela es un litoral británico con puntos grises. En las vacaciones de una semana en mitad del trimestre escolar, abuelos y nietos van a Skegness, en la costa de Lincolnshire, las despedidas de soltero y juergas de amigos prolongan la agonía de Blackpool, los jubilados de Essex pueblan Clackton-on-Sea, y a pocos kilómetros, Jaywick, que era un conjunto de casas de playa, es uno de los lugares más pobres y quebrados del país.

Algunos viejos resorts, como Scarborough, en el nordeste, o Margate, en el sudeste, inspiran melancolía porque es evidente que tuvieron un tiempo de esplendor. Son también la Inglaterra de una corriente del 'Brexit', la de las ciudades que viven una larga decadencia y dicen 'no' como una petición de socorro.

Pero el litoral británico tiene lugares muy bellos. En una reciente encuesta de la revista de los consumidores 'Which?', sus lectores puntuaron la pequeña población de St. Mawes, con unos 700 residentes, como la villa costera más bonita de Reino Unido. Cuando eligen sus lugares de ensueño vacacional, los británicos no parecen inclinarse por las aglomeraciones o el bullicio.

De patrón a patrón

St. Mawes está en la costa sur de Cornualles, al otro lado de Falmouth, la ciudad más poblada, unos 20.000 habitantes, en la boca del río Fal. Son rías, playas y acantilados típicos de la bellísima región. Está cerca del finisterre inglés. Un poco más al oeste, Dartmouth es otro lugar predilecto. Otra ría, que en este caso acoge la academia naval.

Dartmouth está en la región de Devon. Es un lugar sin pretensiones, tranquilo, desde el que se pueden trazar buenas caminatas, y regresar a la villa para degustar helados con el sello regional -muy inferiores a los italianos, francamente- o cenar 'fish and chips', pescado con patatas, que alcanza aquí el nivel insuperable.

Avanzando hacia el norte y cruzando la desembocadura del río Severn, el más largo de Reino Unido, se entra en Gales y, rehusando los atractivos de su capital, Cardiff, y otras urbes se llega a Pembrokeshire, con una costa encantadora. En el extremo más occidental, St. Davids es una sorpresa. Una pequeña población de menos de dos mil habitantes, abierta a los mares, tiene catedral, donde yacen los restos del santo patrón del principado. Y una bahía para la práctica de deportes acuáticos.

Del patrón de Gales al de Escocia, St. Andrews. Quizás es más conocida en el mundo por ser la capital histórica del golf -un deporte cuyas reglas son dictadas por el club local, Royal & Ancient-, pero la ciudad ya tenía su prestigiosa universidad en el principio del siglo XV y una catedral visitada por reyes y autoridades eclesiásticas. Y sus largas playas. Un lugar con solera, por sus casas y edificios de piedra.

Encanto norirlandés, añejo y plácido

Atravesar Escocia desde St Andrews, ignorar la asombrosa belleza de su costa occidental, tomar el ferry de Stanraer a Larne, al norte de Belfast, y recorrer el más inocente secreto de Irlanda del Norte: la costa de Antrim. Abierta, sin grandes playas, pero con poblaciones y hoteles con el encanto de lo añejo y plácido. Avanzando por esa costa se puede llegar al peculiar paraje de la Calzada de los Gigantes y la destilería de Bushmills (en la imagen), que tiene la licencia más antigua de Irlanda: 400 años de historia del whisky.

Contrastes

St. Mawes, en el litoral sur de Cornualles, es la villa costera más bonita de Reino Unido, según una reciente encuesta. A la izquierda, calles vacías en pueblos del condado de Lincolnshire.