Nathaniel Hawthorne y Herman Melville / R. C

Su corazón en mis costillas

Por las cartas, se sostiene un enamoramiento u obsesión de Herman Melville por Nathaniel Hawthorne, a quien dedicó 'Moby Dick'

Rosa Belmonte
ROSA BELMONTE

Nathaniel Hawthorne tenía 46 años y Herman Melville, 31. El primero era un autor de éxito; el segundo, no tanto (aunque destacara con las exóticas 'Taipi' y 'Omú'). 'Moby Dick' lo consagró después de morir. El 5 de agosto de 1850 (ese día nació Maupassant) se habían conocido en Monument Mountain, en Massachussetts, donde ambos vivían en casas separadas por nueve kilómetros. Una tormenta les hizo refugiarse entre las rocas y allí estuvieron horas. El 7 de agosto de 1850 Melville fue a visitar a Hawthorne. Le llevó unas botellas de champán del señor Mansfield, según cuenta Didier da Silva en 'La noche del 4 al 15' (Periférica). Congeniaron. Hay quien sostiene que lo que Melville sentía por Hawthorne era más que un simple congeniar. No sólo porque dedicara 'Moby Dick' al autor de 'La letra escarlata' (esas son las obras más célebres de ambos, pero prefiero 'Bartebly, el escribiente', del primero, y 'Wakefield' del segundo).

La amistad se desactivó cuando Hawthorne marchó a vivir a Concord y luego a Liverpool, donde fue cónsul estadounidense. Se vuelven a ver allí en 1956, con un Melville enfermizo y el único equipaje de un camisón de dormir y un cepillo de dientes.

La Uña Rota publicó las cartas conservadas. Diez de Melville y una de Hawthorne (Melville las destruía tras leerlas). La obsesión o enamoramiento que algunos ven en Melville los deducen de cartas como esta a propósito de 'Moby Dick': «Me entregaron su carta anoche camino de la casa del señor Morewood y allí mismo la leí. De haber estado en casa, me habría sentado de inmediato a responderla. En mí, las magnanimidades divinas son espontáneas e instantáneas: hay que atraparlas mientras se pueda. El mundo gira y asoma su otra cara. Por tanto, ahora no puedo decirle lo que sentí entonces. Pero me sentí panteísta: el latido de su corazón en mis costillas y el mío en las suyas, y el de ambos en las de Dios. Que usted haya entendido el libro ha producido en mí un sentimiento de inexpresable seguridad. He escrito un libro endiablado y me siento puro como un cordero. Tengo la inefable sensación de ser el hombre más sociable del mundo. Me sentaría a cenar con usted y con todos los dioses en el antiguo Panteón de Roma. Es un sentimiento extraño: no hay esperanza en mí, tampoco desesperación. Regocijo, eso sí, e irresponsabilidad, pero nada que ver con un deseo licencioso. Estoy hablando de mi más profundo sentido de la existencia, no de un sentimiento pasajero. ¿De dónde sale usted, Hawthorne? ¿Con qué derecho bebe de mi jarra de la vida? Y cuando la acerco a mis labios, son los suyos y no los míos». Bebe de mi jarra. Parece Garzón diciendo que Lola Delgado bebe de su copa.

El verano de 1850 se estrenó 'Lohengrin', murió Balzac y Levi Strauss cosió los primeros vaqueros.