¿Las canciones de nuestra vida? ¡Las que escuchábamos a los 14!

La música que acompaña nuestra adolescencia nos deja huella para siempre: «Es un periodo clave en la formación de nuestra identidad y la cristalización de nuestros gustos»

Carlos Benito
CARLOS BENITO

Si buscamos en cualquier plataforma una lista de éxitos de cuando teníamos 14 años (y en nuestro caso, de fondo para estas líneas, ya están sonando Duran Duran, Madonna y Depeche Mode), es muy probable que las canciones espoleen de forma inmediata nuestra memoria, porque ya se sabe que la música es una poderosa máquina del tiempo. Si tenemos edad para ello y probamos ahora con la lista de cuando andábamos por los 24 (aquí a nosotros nos toca Mariah Carey, Céline Dion, Los Del Río...), seguramente ese mecanismo funcionará con menos intensidad, solo en algún tema especialmente significativo para nosotros. Y no hablemos ya de los treinta y tantos o los cuarenta y tantos. Esto es un reflejo de lo que los académicos llaman 'el bulto del recuerdo', el fenómeno por el que tendemos a abarrotar nuestra memoria allá por la adolescencia y la primera juventud, como si estuviésemos almacenando víveres para el largo invierno de la vida adulta. A menudo se trata, además, de recuerdos más nítidos y precisos que los que preservamos en otras etapas.

Un equipo de investigadores de la universidad británica de Durham y la francesa de Lyon han estudiado ahora la vertiente musical de esta peculiaridad de nuestra memoria y ha comprobado que alcanza su pico máximo a los 14: es la edad a la que las canciones del momento, las que definen el ambiente sonoro de cada época, se imbrican de manera más estrecha con nuestra propia biografía y se nos quedan grabadas como algo significativo. Para ello han interrogado a medio millar de personas de entre 18 y 82 años acerca de 111 canciones que triunfaron entre 1950 y 2015, con unos resultados que solo se apartan un poco de la norma entre los entrevistados de más edad: en su caso, ese momento en el que la música se liga de manera más indisociable con la vida llegó un poco más tarde, entre los 15 y los 19, quizá por las diferentes maneras de escuchar música de aquellos tiempos. Hay otra peculiaridad: existe el 'bulto hereditario', es decir, también nos dejan huella las canciones de cuando nuestros padres eran jovencitos, ya que después suelen machacarnos con ellas de manera ineludible.

Existe el 'bulto hereditario', es decir, también nos evocan recuerdos las canciones de cuando nuestros padres eran jovencitos, ya que después suelen machacarnos con ellas de manera ineludible.

La investigación confirma las conclusiones de estudios anteriores. Hace cuatro años, una encuesta académica pidió a personas de más de 40 años que citaran cinco canciones que considerasen personalmente valiosas, con un resultado que escoraba de manera clara hacia el material publicado cuando tenían entre 10 y 19 años. Es algo que también percibimos en nosotros mismos y en nuestro entorno: las canciones de nuestra adolescencia nos sirven a menudo de refugio, como un souvenir del paraíso perdido, y de hecho hay gente que se queda de algún modo atrapada en ellas, escuchando una y otra vez lo que le gustaba en la época del instituto. El nuevo análisis, al centrarse en las canciones del 'hit parade', amplifica de alguna manera ese efecto, ya que los 13, los 14 o los 15 años constituyen un periodo en el que somos permeables a lo que triunfa y, a la vez, estamos definiendo nuestros propios gustos.

Biología y hormonas

¿La música se vuelve menos relevante para nosotros a medida que nos hacemos mayores? «La adolescencia es un periodo clave en la formación de nuestra identidad, el momento en el que empezamos a ser quienes seremos el resto de nuestra vida, también en cuanto a la cristalización del gusto musical. Esto no significa necesariamente que la música se vuelva menos relevante con la edad, sino que preferimos volver a escuchar música de nuestra adolescencia en lugar de mantenernos al día con lo que se lleva», explica a este periódico Kelly Jakubowski, profesora de la Universidad de Durham y una de las autoras del estudio. «Hay varias teorías sobre por qué los estímulos de la adolescencia, incluida la música, se recuerdan mejor: desde que se trata de un periodo de la vida con muchas experiencias nuevas hasta que los cambios biológicos y hormonales pueden provocar una codificación mejor de los recuerdos», añade. Algunos investigadores han apuntado que es el punto de inflexión en el que pasamos de los 'oídos abiertos' de la infancia, cuando escuchamos cualquier cosa que elijan nuestros padres o los programadores de la radio, a los 'oídos cerrados' de la juventud, cuando nos volvemos muy celosos de nuestro particular y excelente gusto.

No es la primera vez que se citan los 14 como un momento decisivo en nuestra banda sonora personal. Hace un par de años, el economista y experto en 'big data' Seth Stephens-Davidowitz analizó los hábitos de los usuarios de Spotify y descubrió que volvían una y otra vez a los éxitos de un determinado momento de su vida: los 13 para las mujeres y los 14 para los hombres. Citaba como ejemplo ilustrativo la canción 'Creep' de Radiohead, un himno para quienes la 'vivieron' en el momento preciso pero ausente del 'top' de otros grupos generacionales. Hay personas a las que les basta escuchar el crujido de guitarra de esa canción para que se les abran de par en par las compuertas del recuerdo.

«Destiny's Child o Backstreet Boys me traen recuerdos muy fuertes»
Kelly Jakubowski.

¿Y qué hay de los propios autores del estudio? ¿Se confirman en ellos estas conclusiones? «Cuando yo tenía 14 años –responde Kelly Jakubowski–, mis hábitos musicales se dividían entre el pop de las listas y la música clásica, porque empezaba a practicar seriamente como violinista. Soy de Estados Unidos y era 1999, así que artistas como Destiny's Child, Backstreet Boys, Britney Spears o Christina Aguilera me traen recuerdos muy fuertes de bailes del colegio, de fiestas y de estar en los coches de amigos. A la vez, la música orquestal que aprendía entonces, como el 'Capricho español' de Rimsky-Korsakov o el segundo movimiento de la Séptima de Beethoven, me hace evocar algunas actuaciones y a los buenos amigos que hice en la orquesta».