Una secuencia de la película 'Hannah y sus hermanas'.

Al amor por la frustración

'Hannah y sus hermanas' y la infelicidad

ÓSCAR BELTRÁN DE OTÁLORA

Hay una forma simple de definir a Woody Allen: ha cogido todas las crisis posibles de una persona media y las ha convertido en obras de arte. En 'Hannah y sus hermanas' lleva este talento hasta cotas difíciles de repetir. Hay amor, soledad, desesperación, miedo a la muerte... y humor. Probablemente, sin el humor nadie soportaría ese mundo hipocondríaco y lamentable de Allen. Y mucho menos, las relaciones conflictivas de personas que, como afirma el psicólogo y terapeuta Jaime Burque, están atrapadas «en una búsqueda de la felicidad a lo grande que se ha convertido en una carga, en una obligación».

La historia de 'Hannah y sus hermanas' –película que ganó tres Oscar en 1987– es una telaraña de pasiones y frustraciones. Hannah (Mia Farrow) está casada con Elliot (Michael Caine), que, a su vez, está enamorado de la hermana de su esposa, Lee (Bárbara Hershey). Ella también siente algo por Elliot, pero vive con un anciano pintor (Max von Sy¬dow). La segunda hermana de Hannah, Holly (Dianne Wiest), es un catálogo de fracasos: ha sido adicta a la cocaína, actriz a la que nadie contrata, empresaria de 'catering' con una socia a la que no aguanta y, sobre todo, una solitaria incapaz de encontrar el amor. Y ahí está Woody Allen, que interpreta a Mickey, el exmarido de Hannah, un hipocondríaco en busca del sentido de la vida que incluso abandona su trabajo tras creer que padece un tumor mortal.

La gran historia de amor de este filme se desencadena al final, cuando dos personajes frustrados como Mickey y Holly superan sus traumas y se descubren el uno al otro –tras una primera cita de cortarse las venas– y se casan. Y aquí van un par de guiños para cinéfilos: en la película tiene una de sus primeras apariciones –ape¬nas unos segundos– Julia Louis Drey¬fuss, una de las mejores actrices cómicas norteamericanas, conocida por sus papeles en las series 'Seinfeld' y 'Veep'. Y, además, la madre de Mia Farrow en la cinta lo interpreta su madre real, Maureen O'Sullivan, la Jane del Tarzán clásico, el de Johnny Weissmuller. Woody Allen la representa como una mujer mayor que se niega a asumir su edad y coquetea con jovencitos, al tiempo que bebe como una adolescente en pleno botellón.

Porque toda la película, según afirma Burque, nos habla de la aceptación de nuestras limitaciones como pasado imprescindible para encontrar el amor, el talento o la calma. «Estamos ante un universo de personas que se sienten obligadas a ser felices y dan palos de ciego para ello. Sienten una obligación, definida por la sociedad, de ser felices de una determinada manera, a lo grande», asegura. Desde su experiencia como terapeuta, revela que muchos de los pacientes a los que trata son «personas que lo tienen todo pero son infelices. Entre otras cosas, están tiranizados por esa imposición social de alcanzar la felicidad extrema, cuando a veces lo natural es aceptar que estar triste o descorazonado es normal».

El sentido de la vida

Mickey, el personaje al que da vida Woody Allen, representa en este sentido el prototipo de persona que solo aprenderá a vivir dichoso cuando acepte la muerte. «Tras pasarse toda la película buscando un sentido a la vida por miedo a morir, se da cuenta de que está dejando pasar oportunidades y que tiene que aceptar que algún día desaparecerá. Holly, que se convertirá en su esposa, ha vivido un viaje similar. Tras unos cuantos fracasos, decide apostar por su carrera de escritora y olvidarse de caminos que no le conducían a ningún sitio». Hay una frase que resume esta situación y que pronuncia Allen al comienzo de la trama: «Esta mañana estaba muy contento pero no lo sabía».

El castigo de la obligación de ser feliz

El castigo de la obligación de ser felizEl aburrimiento puede ser aceptado y bueno. Para el psicólogo y terapeuta Jaime Burque, en 'Hanna y sus hermanas' puede verse a un grupo de personas atrapadas en la búsqueda de algo que no saben qué es. «Esta es una de las enfermedades de nuestra época. No sabemos estar tranquilos con nososotros mismos porque nos han hecho creer que necesitamos alcanzar una especie de felicidad suprema. Necesitamos estímulos constantes que, en algunos casos, nos imponen ensimismarnos con el móvil para no enfrentarnos a nuestros pensamientos».

Somos como somos, y eso es bueno. Los personajes de la película se ponen en cuestión continuamente y no dudan en afirmar que la falta de confianza en ellos mismos les lleva a sufrir. «Cuestionarse a uno mismo es positivo, pero de ahí a convertirlo en una obsesión hay una gran diferencia. Uno de los grandes logros de la aceptación es entender que somos como somos», afirma el experto.

El futuro, ese enemigo. Burque destaca la actitud del personaje interpretado por Woody Allen: «Se pasa la mitad de la película imaginándose su muerte y experimentando enfermedades que no padece. Su visión del futuro es dañina, porque consiste en adelantar males que no han sucedido».