«Me he caído a un pozo, tengo el agua al cuello y no sé dónde estoy»

Policías locales de Estepona (Málaga) rescatan a un joven de 19 años que pudo contactar con ellos gracias a un teléfono móvil que llevaba en una riñonera

JUAN CANO Málaga ALVARO FRÍAS

Medianoche del domingo, Estepona (Málaga). Dos policías locales patrullan por la zona de Cancelada. Al pasar por la urbanización Park Beach ven a varios jóvenes junto a un antiguo almacén de venta de fruta. El inmueble está abandonado actualmente.

A los agentes les llama la atención el grupo por la zona y por el horario. Se trata de un punto caliente del narcotráfico de la Costa occidental. Hay seis chavales. Cuando se acercan a ellos, observan que están muy alterados, dando voces.

«Estamos buscando a un amigo que se ha perdido. Dice que se ha caído a un pozo», confiesa a los policías uno de los jóvenes, que está hablando con él por teléfono. El chico llevaba el móvil en una riñonera, lo que hizo que no se mojara al caer al agua.

Los agentes aparcan el coche y la sospecha del narcotráfico para dedicarse de lleno al rescate. Explican al grupo que su prioridad es localizarlo. Uno de los funcionarios le pide al amigo el teléfono del desaparecido y empieza a hablar con él para conocer su ubicación exacta.

El joven le cuenta que es de La Línea de la Concepción y que no conoce la zona; como única pista, indica al agente que anduvo poco tiempo desde la autovía A-7 hasta que cayó al pozo. «No sé dónde estoy», le explica por teléfono, antes de describir, gráficamente, que el agua le llega al cuello.

Con la escasa información con la que contaban y con el apoyo de otra patrulla, empiezan a buscar. Dividen la zona en dos cuadrantes. Una pareja busca al norte de la autovía -la única ubicación que él pudo proporcionar- y la otra, al sur. También alertan a los bomberos y a la Policía Nacional.

El agente que sigue con el joven al teléfono trata de que mantenga la calma y le pide que siga hablando con él. Que dé voces para que ellos puedan escucharlo en el silencio de la noche. El chico está muy nervioso y jadea. Dice que está aguantando agarrado con la yema de los dedos a un saliente de hierro de la parte seca del pozo, porque no hace pie. «Me queda un 10% de batería», exclama.

Los policías locales caminan por el campo dando voces. «¡Oiga! ¡Me escucha! ¡Hola!», repiten. Uno de los agentes que peinaba el lado norte cree oír un ruido. Se acerca al lugar con la linterna, pero no ve absolutamente nada.

Al cabo de unos minutos empieza a escuchar los gritos del joven. Sin embargo, en el suelo sólo se ven cañas y más cañas. Desde el exterior, el pozo es completamente invisible porque está oculto bajo un denso cañaveral.

Tras avisar a su compañero, apartan juntos la vegetación y localizan un pozo de riego de metro y medio de diámetro recrecido con ladrillo. Un par de metros por debajo de la boca está el joven, que tiene el agua a la altura del mentón. «No puedo más, no puedo más», acierta a decir cuando escucha a los policías pedir apoyo a los bomberos.

Los agentes, viendo el estado de hipotermia en el que se encontraba, deciden no esperar. Uno de los policías locales sujeta al otro del cinturón para que éste meta medio cuerpo dentro del pozo y con ello alcance la yema de los dedos del joven. Así logran rescatarlo.

Los funcionarios lo tapan con una manta térmica mientras esperan la ambulancia. En las manos aún sostiene el teléfono que lo ha salvado. El chico, de 19 años, apenas puede hablar por el frío. Balbucea un gracias antes de que lo lleven a un centro de salud, donde comprueban que tiene hipotermia, pero nada grave.

Calculan que pudo permanecer hora y media en el agua, entre los tres cuartos de hora que estuvieron buscándolo los amigos y los 45 minutos que tardó la Policía Local de Estepona en encontrarlo. Los agentes le dicen que ha vuelto a nacer. Que probablemente lo salvó ese saliente de hierro al que se agarró y la riñonera que impidió que el móvil se mojara. Pero también la diligencia de los funcionarios.

El joven no da una explicación lógica de qué hacía allí y cómo cayó al pozo, aunque los agentes ya lo intuyen. Buena parte de su grupo, los chavales que lo buscaban al principio de la noche, tiene antecedentes policiales por tráfico de drogas. Él también. Curiosamente, ninguno de ellos lo espera en la puerta del centro de salud. Los policías lo convencen para avisar a sus padres y que vengan a recogerlo desde La Línea.