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Rodolfo Martín, en Arrecife. J.L. Carrasco

«La vida me cambió cuando le puse nombre a lo que me pasaba: Asperger»

Día Mundial de la Concienciación sobre el Autismo ·

El informático lanzaroteño Rodolfo Martín descubrió de adulto la causa de sus dificultades sociales

Carmen Delia Aranda

Las Palmas de Gran Canaria

Sábado, 1 de abril 2023

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«Me daba cuenta de que era distinto. Sí, no te falta inteligencia, pero funcionas distinto; te cuesta salir con amigos, participar en reuniones, cosas de esas que los demás hacen pero tú no eres capaz», relata el informático lanzaroteño Rodolfo Martín.

La explicación a sus dificultades sociales y sus intereses restringidos la tuvo con 38 años, ahora tiene 50 y se llamaba síndrome de Asperger, un trastorno incluido en el espectro del autismo.

«Lo más importante para mí fue saber que lo que me pasaba tenía un nombre y que muchas personas compartían mis mismas características. Me puse a ver películas sobre el tema y vi que esa gente era igual que yo», comenta sobre aquella revelación que le ayudó a superar una leve crisis matrimonial.

«Mi casa es mi castillo. Donde no veo a nadie. Eso me da tranquilidad. Cuando venía gente de fuera, me enfadaba porque sentía que invadían mi espacio. Mi mujer, la pobre, sufría. Se tiende a pensar que eres una mala persona o variable. Con el diagnóstico, logró entender que no era deseo mío enfadarme», recuerda sobre los momentos previos a aquel descubrimiento.

«El diagnóstico cambió mi vida totalmente. Empecé a salir más y he hecho algunas amistades. Sabiendo qué tienes, lo entiendes y te sientes más seguro de ti mismo», afirma satisfecho.

Rasgos

Dice que quienes tienen síndrome de Asperger suelen fallar en lo mismo, las habilidades sociales. «Se nota en que no sabes interpretar el lenguaje no verbal, los gestos, las caras», explica Martín. Sin embargo, con tiempo y esfuerzo ha aprendido a descifrar estas expresiones corporales. «No es una habilidad intrínseca en ti. Nos hacemos una especie de bloc de notas mental para manejarnos socialmente», comenta durante una conversación telefónica fluida.

Además de las dificultades para interpretar las emociones ajenas, Martín señala que las personas con este trastorno del espectro autista tienen intereses restringidos. En su caso, leer con avidez y los ordenadores, que se convirtieron en su trabajo. «Ahora nos valoran. Se dan cuenta de que invertimos toda nuestra capacidad cerebral en una cosa», sostiene.

Sin embargo, tras cotizar durante 17 años, en 2020, a consecuencia de la pandemia, perdió su trabajo en un establecimiento dedicado a los juegos de azar. Desde entonces, está en paro.

Discriminación laboral

Su dificultad para encontrar empleo puede que tenga que ver con el hecho de que se le haya reconocido una discapacidad psíquica del 33% y que las implicaciones del síndrome de Asperger sean desconocidas para la mayoría de la población.

«Cuando ven un currículum, les asusta menos la discapacidad física que la psíquica. Tienen miedo», sostiene. Basa su afirmación en su experiencia durante la búsqueda de empleo. «He ido a entrevistas de trabajo y me han dicho: '¿Asperger? ¿Eso qué es? ¿Te pones a gritar?' Creen que tengo esquizofrenia o ataques de epilepsia. Ni se informan ni tienen interés. Prefieren pagar multas a contratar a alguien con discapacidad psíquica», se lamenta.

Esos prejuicios no tienen nada que ver con su realidad. Su trastorno aflora con rotundidad en las aglomeraciones. «Me pongo nervioso y huyo», reconoce.

Otro aspecto curioso es que le es más fácil comunicarse con las mujeres. «Las personas neurotípicas machos no son tan abiertos a la hora de expresar sus emociones», dice con sorna Martín, que sostiene que su escasa vida social le ha evitado enfrentarse a su condición.

«Viví con mi madre, que no fue diagnosticada pero también lo tenía. Luego me casé y me vine a mi casa actual donde estuve 20 años cuidando a mi mujer hasta que falleció de una enfermedad rara». En cualquier caso y pese a todo, dice sentirse afortunado.

Más conocimiento, más diagnósticos

«Ahora se conoce mucho más la condición del autismo, contamos con herramientas para identificarlo y diagnosticarlo de forma segura y hemos mejorado su abordaje, pero queda mucho por avanzar», asegura Sol Fortea, una de las máximas autoridades de Canarias en el ámbito de este conjunto de trastornos del neurodesarrollo.

De hecho, estos avances han propiciado que los trastornos del espectro autista se diagnostiquen más y de forma más precoz. «Podemos detectar síntomas de autismo en bebés de doce meses o incluso antes. En ese momento no podemos hacer un diagnóstico seguro pero, si sospechamos de un probable autismo, se ponen en marcha los programas de atención temprana de forma preventiva y su pronóstico, en caso de confirmarse, mejorará muchísimo», comenta la psicóloga e investigadora de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, quien sostiene que los menores tratados desde los dos años y medio presentan una evolución favorable que les permite escolarizarse en aulas ordinarias.

Además, también crecen los diagnósticos en personas adultas que no fueron identificadas en su infancia porque no existía el conocimiento actual. «Hay muchos papás y mamás que, cuando reciben el diagnóstico de sus hijos, empiezan a estudiar qué es el autismo y, en muchos casos, se reconocen en la sintomatología». En general, dice Fortea, estas personas que descubren su condición autista de adultos tienen un nivel de severidad muy bajo, pero presentan los rasgos básicos del trastorno. «Han aprendido a vivir con estos comportamientos y a desarrollar estrategias para defenderse en el mundo», explica la directora del departamento de Psicología, Sociología y Trabajo Social de la ULPGC. «A los adultos el diagnóstico les hace feliz, entienden el por qué de cosas suyas que no entendían y, para ellos, es una liberación», añade Fortea.

Este doble aumento de los diagnósticos, tanto en bebés como en adultos, ha contribuido a incrementar la incidencia de los trastornos del espectro autista (TEA), sostiene la experta. «Antes, no es que no existieran, es que no se diagnosticaban», recalca.

En 2011, una investigación suya cifró la incidencia del autismo en Las Palmas en un 0,68%. Ahora, la prevalencia nacional y europea ronda el 1% y un último estudio publicado por el Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de Estados Unidos eleva la incidencia de estos trastornos a una de cada 60 personas. «Son datos muy elevados. Parece que se tiende a eso», apunta la psicóloga.

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