Imagen de archivo de una fiesta ilegal. / C7

Las «raves»: música, excesos y ninguna prevención

A la ausencia de un protocolo de emergencias o personal sanitario, entre otras medidas de seguridad, se le suma el excesos de alcohol y droga que multiplican los riesgos para la salud

JOSE F. SÁNCHEZ/EFE Madrid

Las conocidas fiestas ilegales o «raves», asociadas históricamente a la música electrónica y a los excesos de alcohol y drogas, son eventos clandestinos en los que los riesgos para la salud de los asistentes se multiplican aún más al no haber siguiera ningún protocolo de seguridad, emergencias o prevención de riesgos.

En una de estas «raves», que ha empezado a desalojarse en las últimas horas a orillas del embalse de Almendra, donde se ubicaba el desaparecido pueblo zamorano de Argusino, una mujer suiza de 32 años falleció el pasado lunes por la tarde sin que su novio, el resto de participantes o, en última instancia, el personal de emergencias (Sacyl) pudiera salvarle la vida.

El cuerpo de la víctima, que padecía una patología cardíaca previa, no presentaba aparentes signos de violencia, aunque cuando el personal médico llegó al recóndito lugar ya era demasiado tarde.

Joaquín, Sara y Carlos (nombres ficticios) son usuarios asiduos de este tipo de fiestas que suelen celebrarse en enclaves de difícil acceso y alejados de los núcleos de población, y que no se comunican a las autoridades, sino que se difunden a través de las redes sociales, donde los organizadores detallan el plan de desarrollo del evento y facilitan la ubicación secreta, según explican en una entrevista concedida a Efe.

El consumo abusivo de drogas, el calor u otras inclemenciascomo la que desató también la tragedia en el Medusa Festival de Cullera (Valencia), son un factor de riesgo añadido que pueden poner en peligro la salud y hasta la propia vida de los asistentes, un escenario al que se suma la ausencia de un protocolo de emergencias o personal sanitario, entre otras medidas de seguridad.

¿Quiénes las organizan?

Una de las últimas «raves» multitudinarias celebradas en España antes de la que ha tenido lugar en la provincia de Zamora, se prolongó en una cantera abandonada del almeriense desierto de Tabernas durante cuatro días, desde Nochevieja hasta el día 4 de enero, cuando la Guardia Civil, tras 96 horas de vigilancia, pudo desalojarla.

Raúl Aguilera, portavoz de la Comandancia de Almería de la Benemérita, en declaraciones a Efe, subraya que en este tipo de concentraciones ilegales prima la «seguridad» de agentes y asistentes. Los segundos pueden encontrarse bajo los efectos de sustancias estupefacientes, lo que supone un grave peligro si son desalojados por carretera.

Otra de las prioridades de las fuerzas de seguridad es identificar a los organizadores, en plural, que están detrás de la preparación de unos eventos que a nivel de infraestructuras -múltiples escenarios, potentes equipos de sonido y barras con venta de bebida y comida- bien podrían tratarse de festivales autorizados.

La determinante diferencia, según destaca este guardia civil, es la «absoluta ausencia» de protocolos de seguridad, emergencias o prevención de riesgos, dejando en manos de la improvisación la atención de cualquier tipo de incidente que pueda ocurrir, como el que le costó la vida a la participante en la «rave» de Argusino.

Cuando se apagan los altavoces y se desmontan los escenarios, comienza la búsqueda de los clandestinos organizadores, un trabajo de investigación «como el del narcotráfico», del que se encargan los agentes de Información y Policía Judicial. Los infractores se enfrentan a multas de hasta 600.000 euros.

Cuando «se va de las manos»

Sara es una aficionada a la música electrónica y al ambiente de las «raves», donde asegura que se producen «muchísimos menos» problemas que en una discoteca de música comercial en el centro de cualquier ciudad. «Hay muy buen rollo», remarca.

Pero en estas fiestas, a las que acude «todo tipo de gente» de distintas nacionalidades, el consumo de drogas, que se pueden adquirir en el propio lugar, y la concentración de asistentes pueden hacer que a alguien «se le vaya de las manos» y se convierta en una amenaza para el resto de personas.

Cuando esto ocurre, Sara relata que es habitual expulsar directamente «y a la fuerza» a quien esté generando problemas. Avisar a la policía o a los servicios de emergencias supondría reventar la «rave».

Todo un negocio

En las últimas fiestas ilegales a las que han asistido Joaquín, Sara y Carlos existían puntos de venta de alcohol y comida, incluso elaborada in situ en vehículos o puestos particulares. «Te preparan desde paella hasta carne con tomate», comenta Sara.

Son, según explican, personas o colectivos que «se ganan la vida» recorriendo los lugares en los que se celebran «raves» multitudinarias, las cuales llegan a financiar mediante la aportación de equipos de sonido o la venta de bebida y comida.

La otra cara del negocio de estas fiestas es la del tráfico de drogas. Las más habituales son las psicodélicas (LSD), las estimulantes (speed o anfetamina) y las depresoras (alcohol), además de una de las sustancias reinas en estos ambientes, la ketamina, señala el especialista en sustancias psicoactivas Antón Gómez-Escolar.

Como en los festivales autorizados, numerosos vendedores acuden a las «raves» para hacer su agosto: largas jornadas de oferta compulsiva sin ningún tipo de amenaza policial.