«El Gobierno ha maquillado las cifras para que parezca que no ha pasado nada»

Referente mundial en epidemiología, el catedrático de Salud Pública Miguel Ángel Martínez-González lamenta la falta de autocrítica en España y la ausencia de un comité de expertos que gestionara la pandemia

Álvaro Soto
ÁLVARO SOTO Madrid

Solo quienes estuvieron en la primera línea de la lucha contra la covid-19 en la primavera del año pasado saben hasta qué punto el sistema estuvo al borde del colapso. Uno de aquellos profesionales fue Miguel Ángel Martínez-González (Málaga, 1957), catedrático de Salud Pública de la Universidad de Navarra, catedrático visitante en la Universidad de Harvard y referente mundial en epidemiología. Junto con su hermano Julio, internista en el Hospital Universitario de Málaga, ha escrito 'La sanidad en llamas' (Planeta), un libro crítico con la gestión de la pandemia.

–Usted contrapone la actuación de países como Taiwán, donde la covid-19 fue controlada desde el primer momento, con la de España.

–Las medidas que se tomaron en Taiwán fueron exhaustivas y, sobre todo, precoces, en enero de 2020. En Medicina Preventiva hay que llegar antes porque o se llega antes o se llegará mal. Las decisiones de Taiwán fueron apoyadas por un Gobierno con prestigio (el vicepresidente era catedrático de epidemiología) y se trataban de acciones bien fundamentadas en la mejor epidemiología: control estricto de fronteras y de entradas en el país, uso de tecnologías informáticas, muchos test, rastreo exhaustivo de contactos, cuarentenas y aislamientos. Fue una política de contención. Su Gobierno proporcionó en enero 44 millones de mascarillas, con asignación nominal del ciudadano al que iba destinada cada una. En cambio, en España se retrasaron mucho las medidas, fueron incompletas, erráticas y contradictorias consigo mismas. Lo peor es que se permitieron imprudentemente eventos de amplificación de la transmisión (manifestación del 8M, partidos de fútbol, mitin de Vox, etc.). Incluso algunas de ellas se fomentaron desde el gobierno por motivos ideológicos y desatendiendo la salud pública. No se le puede pedir a un gobierno o a unos técnicos del CCAES que sean adivinos, pero sí que sepan leer las recomendaciones que venía dando desde mucho antes la OMS.

–Si, como se decía, España tenía la mejor sanidad del mundo, ¿qué ocurrió?

–Tenemos la mejor sanidad del mundo, pero solo hasta cierto punto. Funciona excelentemente para agudos, para atender un infarto o hacer un transplante. Pero no tiene suficientes recursos de salud pública, ni había un plan de preparación de pandemias. Además, llevábamos años desmantelando y descuidando la Atención Primaria. Decir que esto es Alicia en el País de las Maravillas es una gran mentira, como muchas de las que se nos han contado en estos meses desde un gran aparato publicista, que parece estar dirigiendo el país e incluso censura a quien le rebate. Hay una falta de respeto a la verdad. Prima el afán triunfalista de ponerse medallas y enseñar narcisistamente lo maravillosos que somos, en vez de pedir perdón y hacer la imprescindible autocrítica. En todo momento daba la impresión de que la prioridad era ganar elecciones y no arreglar los gravísimos problemas que la sociedad estaba padeciendo.

–¿Por qué no se reclutó al principio de la pandemia a los mejores expertos españoles en epidemiología o en salud pública y se dejó la gestión en manos de un pequeño grupo de personas dirigidas por Fernando Simón?

–Para mí, esto es incomprensible. El 1 de abril de 2020 yo hice un vídeo y lo subí a mi cuenta de Facebook. Indicaba cómo darle seis frenazos al coronavirus. Tomé las ideas de Harvey V. Fineberg, un gurú estadounidense de la salud pública. El primer frenazo vendría precisamente de establecer cuanto antes a una persona realmente profesional y experta que tenga prestigio y autoridad y se comunique directamente con el presidente de Gobierno y tome todo el mando dirigiendo un gran equipo muy profesionalizado y ajeno a los intereses y banderías políticas. Pero esta persona debe ganarse el respeto, la admiración y la confianza de todo el país. No puede estar a las órdenes de los bandazos y el politiqueo barato, ni puede servir de escaparate publicitario de un partido. Debe ser independiente. Tenemos en España catedráticos de salud pública que han lidiado con epidemias de infecciones y tienen cientos de publicaciones, se merecen el respeto nacional e internacional, el de sus ex-alumnos (ahora médicos) y el de sus colegas. Tenemos grandes epidemiólogos. Han hecho la especialidad vía MIR. Tienen suficiente criterio y autoridad moral como para poder dirigir la orquestación conjunta de las medidas de contención con fundamento científico.

–¿Cree que algunas de las decisiones erróneas que se tomaron se debieron a la incompetencia de las personas que estaban al cargo de la pandemia o a que hubo intereses políticos en no generar alarma?

–Ambas razones contribuyeron. Sobre todo, la prepotencia de no contar con un verdadero comité externo e independiente de expertos reales. Por eso, me sumo a la petición que hicieron en 'The Lancet' en agosto de 2020 muchos colegas míos (de diverso signo político) pidiendo una auditoría absolutamente independiente de la gestión (muy mala gestión) que hizo el Gobierno.

–Ustedes son muy críticos con los datos que difunde el Gobierno, por ejemplo, con el número de muertos.

–El máximo interés parece ser darle a la población la impresión de que aquí no ha pasado nada y que el Gobierno ha tenido todo siempre bajo control. Es como vender humo. Para eso se recurre al maquillaje y auténtico lavado de cifras. No lo decimos solo nosotros. Muchas fuentes coinciden en lo mismo. Es difícil tapar tanto cadáver.

–¿Cómo definirían lo que ocurrió en las residencias de ancianos?

–La mayor negligencia fue no hacer ni caso al mantra del director de la OMS que decía «test, test, test». No se hicieron test a los cuidadores y las residencias se convirtieron en focos de contagio. Se me podría decir que desde la distancia que da el tiempo es fácil criticar, porque no se podía saber lo que iba a pasar, pero sí que se sabía lo que decía la OMS y sí que le podía haber hecho caso al director de la OMS y a su mantra que estaba ahí una y otra vez. El otro error fue protocolizar que a los ancianos contagiados no se les sacase de las residencias para llevarlos al hospital cuando estaban enfermos de covid-19.

–¿Está aprendiendo España y se está preparando bien para futuras pandemias?

–No nos estamos preparando bien. Seguimos siendo erráticos y pensando más en las elecciones o en el fútbol o en las celebrities que en los graves riesgos que corremos para nuestra salud y nuestra supervivencia. La pregunta no es sí va a venir otra pandemia terrible, sino cuánto tardará en llegar. Porque es seguro que otra vendrá. El aumento de viajes, las macro-ciudades, la abundancia de mascotas de todo tipo, las modas de comer animales exóticos, la deforestación, los experimentos con virus para darles «ganancias de función», los cambios climáticos. Todo esto es una mezcla explosiva. Hay que redimensionar al alza la Atención Primaria, la salud pública y la prevención en el Sistema Nacional de Salud. Hay que ser más eficientes, más profesionales en la gestión y despolitizar y desburocratizar el sistema. Hay que tener un plan bien dotado de preparación ante pandemias en el Sistema Nacional de Salud. Hemos escrito el libro como una denuncia, pero no para buscar culpables, porque a las personas singulares hay que respetarlas y quererlas siempre, sino para buscar soluciones. Cada error cometido es una lección que hay que aprender. Si no se sabe hacer autocrítica, iremos al desastre.