Una sanitaria pone la vacuna contra la covid-19 a una mujer en Madrid. / R. C.

Cuando la ciencia acudió al rescate del mundo

El desarrollo de las vacunas muestra la utilidad y la rentabilidad de la investigación, que en España lucha por escapar de su precariedad estructural

ÁLVARO SOTO | MELCHOR SÁIZ-PARDO

Hace justo un año, mientras el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, decretaba el estado de alarma en España, en el laboratorio de Moderna en Cambridge (EE UU) se preparaban para comenzar a probar su vacuna contra el coronavirus. Sin perder ni un segundo, los científicos de esta compañía biotecnológica habían diseñado dos meses antes, en cuanto unos científicos chinos publicaron el 13 de enero la secuencia genética del virus, un prototipo de vacuna que utilizaba una novedosa tecnología, ahora ya popular, el ARN mensajero, diseñada a su vez, trece años antes, por dos investigadores alemanes de origen turco, Uygur Sahin y Özlem Türeci. Rapidez, innovación, colaboración internacional... En este año de pandemia, la ciencia se ha convertido en la gran esperanza del mundo.

«Nunca en la historia se había visto un desarrollo tan importante y efectivo de las vacunas», cuenta Fernando Moraga-Llop, vicepresidente de la Asociación Española de Vacunología. «En Europa ya tenemos cuatro vacunas aprobadas, más la rusa y otras dos en revisión. Podemos encontrarnos en junio con siete vacunas efectivas y seguras. Ha sido una sorpresa impresionante», se congratula Moraga-Llop. Antes de la pandemia, la aprobación de una vacuna podía llevar entre cinco y diez años: las primeras inmunizaciones contra la covid-19 recibieron el visto bueno de los reguladores menos de un año después de ser concebidas.

La ciencia, que casi por definición, se fundamenta en el avance de los conocimientos, ha dado con el coronavirus un paso de gigante. « Con el ARN mensajero se ha abierto una nueva era en el diseño de las vacunas que puede servir, en el campo de la medicina, para hallar descubrimientos útiles en otras enfermedades», corrobora el físico, historiador de la ciencia y miembro de la Real Academia Española José Manuel Sánchez Ron.

No sorprende que las primeras inmunizaciones se hayan desarrollado en Estados Unidos, Alemania, Reino Unido, Rusia o China. En esos países, la ciencia es una profesión respetada, bien financiada y segura que ofrece resultados. En España, solo el talento de los investigadores palia la precariedad a la que se enfrentan en su día a día. «Nosotros seguimos diciendo aquello de '¡Que inventen ellos!», lamenta Salvador Macip, director de un laboratorio en la Universidad de Leicester (Reino Unido) y autor de 'Lecciones de una pandemia' (Anagrama).

«La ciencia se valora de un modo diferente en cada país. En España tenemos una inversión muy baja y cambiarlo es muy complicado. Pero ahora hemos descubierto que la ciencia es necesaria y hasta da dinero al país, gracias a las patentes. ¿Qué habría que hacer? Aumentar la dotación de los presupuestos. Es una deficiencia estructural que tenemos respecto a Reino Unido o Alemania y eso que en España se hace muy buena investigación, con grupos de trabajo potentes, y que los científicos no estamos preocupados por nuestro sueldo, sino por tener aseguradas líneas de trabajo que puedan mantenerse diez años», continúa Macip.

Al borde del colapso

El microbiólogo Ignacio López-Goñi avisa de que «en España la situación de la ciencia roza ya el colapso». La inversión en I+D+i supone el 1,24% del PIB, frente a la media del 2,06% en la Unión Europea. «Se sigue contemplando como un problema de gasto, cuando estamos viendo que la investigación es una inversión de futuro», recuerda López-Goñi, que acaba de escribir 'Preparados para la próxima pandemia' (Destino). Este profesor de la Universidad de Navarra ofrece un dato más: al 84% de los españoles no les interesa la ciencia, según la encuesta bianual de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (Fecyt). «Si a la gente no le interesa la ciencia, se entiende que no sea un tema prioritario en los medios de comunicación que prácticamente no esté en la agenda de los partidos», opina López-Goñi.

Transmisión del virus SARS-CoV-2. / Reuters

Pero de repente, las mujeres y hombres de las batas blancas, olvidados en la oscuridad de sus laboratorios por los políticos y por el conjunto de la sociedad, han ocupado los periódicos y la televisión explicando a los ciudadanos por qué tenían que quedarse en casa y cómo debían ponerse una mascarilla. ¿Puede ser la crisis del coronavirus la oportunidad para necesitaba la ciencia para hacerse visible y mostrar su utilidad?

«Nunca antes se ha hecho más patente la fragilidad de un país que tienen a los servicios –el turismo– como una de sus grandes, seguramente la mayor fuente de riqueza. Pero el conocimiento científico también da riqueza, una riqueza estable que permite mejorar la condición de los ciudadanos en todos sus aspectos (educación, sanidad). Si no aumenta la inversión en I+D+i, continuaremos siendo un país de 'sueños perdidos'», subraya Sánchez Ron, que precisamente acaba de publicar un libro titulado así, 'El país de los sueños perdidos' (Taurus). «Eso sí, subirse al vagón delantero de la ciencia llevará tiempo, y resulta imprescindible un pacto de Estado», añade.

Estrategias para afrontar la próxima pandemia

Los científicos no tienen ninguna duda: habrá más pandemias y podrán ser mucho más mortíferas que la de la covid-19. La relación entre los humanos y los animales, cada vez más estrecha en mucho lugares del mundo por la deforestación y el cambio climático, es una amenaza que, sin duda, se concretará. ¿Y qué se puede hacer para minimizar los daños? «Debemos replantear nuestra relación con el ecosistema, pero me temo que hemos adquirido unos hábitos privilegiados a los que no vamos a renunciar», pronostica Salvador Macip. «Tenemos que grabarnos la idea de 'One health', una salud óptima de personas, animales y medio ambiente», amplía Fernando Moraga-Llop. «Como sociedad, estaremos mejor preparados», cree, por su parte, José Manuel Sánchez Ron.