El prior que mira a las estrellas

Superior de un monasterio de cuatro monjes, pasa las noches enseñando el cosmos a los huéspedes que buscan la paz en este apartado convento de Teruel. Correr por el campo al filo del alba es una de sus tentaciones

JOSÉ ANTONIO GUERRERO

El norte de Teruel está bendecido por un cielo cuajado de estrellas bajo el que se asienta un monasterio del siglo XVII (Santa María del Olivar, cerca de Estercuel) con cuatro frailes mercedarios que atienden la hospedería del convento y se han labrado fama por sus observaciones del firmamento. Su prior, Fernando Ruiz, un ingeniero barcelonés de 56 años que lleva 30 de sacerdote, ha vivido en Roma y ha sido misionero en Venezuela y Guatemala, es el guía de esta actividad de proporciones cósmicas. «Una experiencia inolvidable».

Lunes

06.00 horas. Salgo a correr y veo el espectáculo de la noche que se apaga y del día que comienza. Ahora está Venus muy alto, precioso, bellísimo. Y Marte, muy arriba, también me acompaña. Voy despacito. Estoy reponiéndome de una operación de rodilla que me ha tenido un año en el dique seco. Me atropelló un mulo en la fiesta mayor de Estercuel y me rompió el ligamento cruzado.

07.00 horas. Regreso al monasterio, a encender los fogones, calentar la leche y preparar café para los huéspedes.

07.45 horas. En el monasterio vivimos cuatro monjes. Fray David, que tiene más de 80 años y sigue cocinando; fray José Antonio Lacasa, de 78 años, que es párroco de varios pueblos, conduce el tractor y se encarga del huerto y de cuidar los 430 olivos y 120 almendros que tenemos; y fray Juan Nieves, de 68 años, que lleva las visitas guiadas al monasterio. Nos saludamos y empezamos la oración, las lecturas, los laudes... Son momentos de meditación, de recitar los salmos, de poner delante de Dios lo que somos. Algún huésped nos acompaña.

Martes

09.00 horas. La estrella del desayuno son los choricitos y las longanizas de la tierra. Ponemos tostadas con aceite de aquí y las mermeladas de ciruela, melocotón y albaricoque que hace fray David con los frutos del huerto.

10.00 horas. Se ha quemado una bomba de la depuradora de agua y hay que arreglarla. Yo llevo las gestiones de mantenimiento y limpieza del monasterio y de las reservas de la hospedería. Salvo unos días en Navidad, estamos abiertos todo el año. Los grupos buscan desde yoga, coaching de empresas o ejercicios espirituales, hasta la observación de estrellas.

Miércoles

12.00 horas. Recibo a un huésped que llega al monasterio para acompañamiento espiritual. Me reúno con él en la capilla para hablar, compartir y rezar un poquito buscando luces para mejorar como persona. Poco después quedo con otro que se pregunta qué hacer con su vida; tiene que tomar una decisión difícil. Cuando alguien te expone sus dificultades, sus sufrimientos, sus dolores… es un momento de luz en el que ves cómo pasa la ternura de Dios por muy complicada que sea la vida.

Jueves

22.00 horas. Tenemos observación de estrellas. Sacamos los telescopios y los colocamos entre pinos, cedros y cipreses. La parte principal de la observación es a ojo desnudo y con el puntero láser señalando planetas, estrellas, constelaciones... Luego miramos por los telescopios, hacemos unas fotos y acabamos con un brindis final con cava en verano y chocolate caliente en invierno. ¿Sabías que el carbono, el oxígeno, el nitrógeno, el fósforo que han hecho posible ese cava vienen del corazón de las estrellas que vemos?

22.15 horas. Empieza el momento de compartir el cielo, lo que para mí ha sido un descubrimiento… Casiopea, Andrómeda, Perseo… O señalar a Arturo, una de las estrellas más brillantes del cielo nocturno, o explicar que aquel puntito como amarillento es una estrella vieja.

22.45 horas. Tras la explicación, invitamos a los huéspedes a observar por los telescopios nebulosas, galaxias, planetas… y ahora en verano Júpiter y Saturno. Nunca olvidas la primera vez que ves Saturno con un telescopio. Es una experiencia maravillosa. Cuando lo ven, oyes '¡Andaaaa!', sueltan tacos de admiración, levantan la cabeza, miran hacia donde está dirigido el telescopio, vuelven a mirar, lo comentan… Saturno no defrauda.

Sábado

00.00 horas. Acaba la observación y lo celebramos sirviéndonos el cava y un bizcocho. Se invita a asimilar la inmensidad de lo que hemos visto y el valor de lo que somos. Porque somos infinitésimamente pequeños, pero al mismo tiempo somos inmensamente valiosos… si has ayudado a otra persona, si has escrito un poema o cantado una canción, si has dejado un mundo mejor… eso da valor a la existencia. Observar el cielo multiplica el poder de seducción de las estrellas para poder afrontar los reveses de la vida.

10.00 horas. Somos párrocos rurales y oficiamos misas en los pueblos, pero los sábados celebramos la eucaristía en la cárcel de Teruel con algunos internos. En teoría vamos a dar esperanza, pero muchas veces son ellos los que nos la transmiten. Recuerdo a un interno, Rodolfo, que en las peticiones de la misa siempre pedía 'por los que nos esperan fuera'. Ahora que él ha salido, sus compañeros dicen 'y como decía Rodolfo, pedimos por los que nos esperan fuera', jajaja.

Domingo

18.00 horas. Me interno en los bosques con la bici de montaña. Son dos horas de pedaleo, de estar solo, de escuchar el susurro del viento, el rumor de los arroyos. Me encuentro con manadas de cabras montesas, algún corzo. El domingo rescaté un águila herida en un ala. Llegué tarde a misa y mis compañeros me lo recriminaron. Les dije que estaba ayudando a una damisela en apuros.

03.00 horas. Me pongo el despertador a las tres de la madrugada. Empieza una hora mágica. Abro la ventana, miro al cielo y apunto con la cámara para ver paisajes con la Vía Láctea o fotografiar una nebulosa…

04.00 horas. Vuelvo a la cama pensando en cómo uno puede pasar de la inmensidad del firmamento a la experiencia de la intimidad. ¡Quién no se ha besado bajo las estrellas! Con 17 años recién cumplidos encontré a Katrin en una tormenta en Playa de Haro… yo en aquel tiempo era profesor de windsurf (me pagué la carrera dando clases), y la rescaté del mar y allí surgió el amor. Era francesa. Besarla bajo las estrellas fue una experiencia, jajajaja. Pero para mi vocación fue más importante otra noche que participé en la Regata Dragonera. Una noche de calma absoluta estaba de guardia en el crucero. Recuerdo ver el cielo inmenso sobre mí y cómo se reflejaban las estrellas sobre el mar en calma. Fue la primera vez que tomé conciencia de la inmensidad y del sentido de la creación. Ya no me dediqué más a navegar y empecé a buscar más seriamente a Dios. Y aquí estamos.