Pero ese acento... ¿de dónde es?

03/06/2020

Un repaso a nuestras formas de hablar, que todo se pega

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En su pueblito de Toledo todos los niños contaban así: uno, ‘doh’, ‘treh’..., «con la ‘h’ aspirada y la ‘o’ y la ‘e’ muy abiertas». Nunca oyó que nadie lo hiciera de otro modo, ni pequeños ni mayores. Pero esa «peculiar pronunciación», tras la sorpresa, dio paso a la broma entre sus nuevos compañeros del colegio de Madrid. Así que la fue quitando: ‘Uno, dos, tres...’, que así contaban aquellos chavales y él no quería ser «el raro» de la clase. Hoy a Florentino Paredes, doctor en Filología Hispánica y catedrático de la Universidad de Alcalá, ya no le sale eso del ‘treh’, pero cuando vuelve al pueblo «la melodía» se le pega enseguida: «’¿Ya has ‘venío?’, dicen. O palabras ‘propias’ como ‘alicate’ para referirse a un chaval que es un trasto».

Porque el acento y las expresiones, igual que se pierden, se pegan –Juan González, riojano, dice ‘graciñas’ tras haber vivido en Galicia–. Y se transforman, que Susana Muñoz, almeriense de 43 años, madrileña de adopción y bilbaína ‘de vocación’, tiene un habla «mezclaíca». «La gente me pregunta si soy extremeña, murciana...». Aunque no haya pisado por allí. Hoy se declara orgullosa ‘vallecana’ y cuenta que en su barrio no es inusual esa entonación más propia del sur, de donde ella viene. Y viene de Almería, que nada tiene que ver, en esto del acento, con sus compatriotas de las provincias vecinas. «Los almerienses somos más murcianos en el habla que andaluces, la verdad. Pero incluso dentro de la provincia hay diferencias, que el acento de la capital no tiene que ver con el de pueblos como Adra, donde si te hablan ‘cerrado’ no lo entiendo ni yo. En Huelva, por ejemplo, ‘cecean’, te dicen ‘Zuzana’. Granada y Málaga no tienen ese acento que detectas de inmediato como el sevillano. Y el que le mola a la gente es el gaditano, que es como es su gente, humilde, dicharachero... Se ríen hasta de ellos mismos, por algo tienen los carnavales».

Esas diferencias tan enormes que perciben entre ellos los andaluces se nos hacen chiquitas a los de fuera. Aunque reconoceríamos a uno del sur entre mil personas con solo abrir la boca. «El acento andaluz es especialmente persistente y resistente, un poco como el argentino, que también tiende a conservar muchos de sus rasgos. Por cierto que son dos de los acentos que ‘mejor caen’ en el mundo hispanoblante en general». Lo de la ‘persistencia’ lo habrá visto si tiene un vecino andaluz de tantos que emigraron en los años 60 y 70 a otras regiones. ¿A que mantiene el acento intacto? «Es que, para alguien que dice ‘cosina’, pasar a decir ‘cocina’ parece una impostura consigo mismo. Que adoptara otro acepto sería algo así como traicionarse a uno mismo», advierte el especialista.

Otra cosa es que, si estás fuera de tu tierra, la manera de hablar de tus nuevos vecinos se acaba «pegando». «Cuando hablan dos personas de diferentes lugares tienden a asemejar sus modos de hablar, de manera que cada uno ‘pierde’ un poco de su acento. Le pasaría a un madrileño que se mudara a Sevilla, por ejemplo. Acabaría hablando ‘un poquito’ como allí».

Aunque eso le deje a uno, a veces, «en tierra de nadie». «Llevo casi veinte años en Barcelona, pero la gente identifica enseguida que soy vasca», cuenta Ixone Rozas. Y al revés cuando vuelve a casa, que le dicen «que menudo acentazo catalán». «Así que yo ya no sé de dónde lo tengo. Muchas personas me dicen que es un habla extraña, como de ninguna parte». Ella no se lo nota tampoco, pero «es que el acento es como el olor propio, que por lo general uno no lo aprecia en sí mismo», explica Florentino Paredes: «Siempre pensamos que no tenemos mucho acento, pero es porque nos relacionamos con gente que habla igual. Cuando el acento aflora y se nota más es cuando se habla con alguien que lo tiene diferente. El acento es un rasgo imposible de eliminar, y nos sirve además para sentirnos parte del grupo».

Y no hay ninguno ‘neutro’, aunque nos lo parezca el nuestro. «El canario y el caribeño son similares, igual que el riojano y el vasco. Por eso a uno de San sebastián igual le parece que el de Logroño no tiene apenas acento, porque, cuanto más ‘vecinos’ seamos, más nos cuesta distinguirlo». Hemos dicho que no había acentos neutros, pero sí lo hay, uno, el de las películas de Walt Disney. «Tú ves ‘Bambi’ y ‘La Sirenita’ y notas que hablan raro. A ningún hispanohablante le molesta, pero tampoco a nadie le agrada del todo, porque nadie se siente identificado con ese tono».

La forma de hablar es parte de nuestro ADN y ocurre a veces que, consciente o inconscientemente, lo remarcamos, en una suerte de reivindicación de nuestro origen; mientras que otras lo ‘censuramos’. Le pasa al propio Florentino, que en la Universidad no se le escapa una ‘h’ aspirada. «En los informativos de televisión, durante mucho tiempo, se impuso el modelo castellano, el que antiguamente se hablaba en la escuela, que tendía a homogeneizar y a eliminar los rasgos dialectales. Llegaba el maestro castellano y les decía a los alumnos que pronunciasen ‘ce-ni-ce-ro’, y allí los niños sevillanos o cordobeses sudando la gota gorda. Hoy, afortunadamente, ya no es así». Que se entiende ‘se-ni-se-ro’ igual de bien que ‘cenicero’. «El acento se pega, pero lo que más se pega es el tono, la melodía. Conozco españoles que llevan años viviendo en América Latina y ninguno ‘sesea’, porque ese es un rasgo muy difícil de adquirir».

Otras cosas que sí se pegan de manera natural son «las buenas maneras de hablar», aunque sobre esto «habría mucho debate sobre quién habla bien y quién no». El ejemplo de María Revilla, cántabra y desde hace quince años vecina de Albacete, es muy ilustrativo. «Desde que vivo aquí se me ha quitado el ‘laísmo’ tan propio de mi tierra. En Cantabria decimos: ‘la dije’ y eso en Albacete no se oye, así que yo no lo digo».

Y sucede también al revés, que emigras y detectas fallos en el habla de tus nuevos vecinos. «En el País Vasco a veces se usa mal el condicional. Dicen ‘si tendría que ir’ en lugar de ‘si tuviera que ir’...». Y eso aún le choca a Carmen Varela, gallega emigrada a Bilbao hace dos décadas largas. Claro que sus amigos bilbaínos se quedan ojipláticos cuando les dice que le «quiten una foto». «En Galicia no distinguimos entre sacar y quitar, de manera que decimos indistintamente ‘sácame una foto’ o ‘quítame una foto’».

Antes de seguir ahondando en las diferencias dialectales y de vocabulario, Florentino Paredes zanja el debate por si alguien tuviese la tentación de iniciarlo, que esto es solo un repaso curioso sin ánimo de comparar: «Históricamente todos los acentos son igualmente válidos», insiste el experto, a quien después de media hora de conversación ponemos a prueba. A ver si es verdad que tiene entrenado el oído...

– ¿Adivinaría de dónde soy yo?

– Se nota que eres del norte...

– ¿Ah sí?

– ¿Ves? Es esa entonación final del ‘¿ah sí?’, la cadencia final de las frases. Si se lo preguntas a uno de Burgos, igual te dice que tienes pocas marcas dialectales, pero un granadino sabría que eres del norte nada más oírte.

‘Mi experiencia’ lejos de mi tierra
Inma Benedito (Murcia). Vive en Madrid:

«La gente se sorprende cuando digo que soy murciana: ‘¡No se te nota nada!’. Como si nuestro acento no saliera del ‘acho, pijo’ o del ‘picoesquina’. Las amigas que hice al llegar a Madrid y que mantengo son la mayoría de Canarias y usamos expresiones habituales como ‘fleje’ y ‘chacho loco’. La primera vez que volví a Murcia de visita tenía deje canario».

María Revilla (Santander). Vive en Albacete:

«Llevo 15 años en Castilla-La Mancha, prácticamente todo el tiempo en Albacete, pero el acento no se me ha pegado mucho, aquí no es tan marcado como en otras regiones. Expresiones como ‘ea’ y algunos ‘mancheísmos’ sí digo. Lo bueno es que ya no soy laísta. Ya no digo ‘la dije’. Ni uso mal el condicional. Cuando vuelvo a Santander eso me choca».

Carmen Varela (A Coruña). Vive en Bilbao:

«Cuando vine a Bilbao con 18 años traje mucho acento y la gente decía: ‘Gallega, qué riquiña’, así un poco condescendiente. Pero, como no me relaciono con gallegos, se me ha ido quitando y a mis hijos no me sale hablarles en gallego. Con mi madre sí, claro. Es curioso pero a mí solo me llaman ‘Carmiña’ en el País Vasco».

Sergio Zapico (Mieres, Asturias). Vive en Zaragoza:

«Creo que después de tantos años fuera de casa ya no tengo tanto acento. Pero es cierto que, esté donde esté, rápidamente localizo si alguien es de mi tierra, y entonces sí. Entonces, cambia la cosa y me sale el acento de siempre. Me pasó que con 18 años entré en el Ejército y me marché de Asturias a Cáceres. ¡Nadie me entendía cuando hablaba!».

Ixone Rozas (Bilbao). Vive en Barcelona:

«Llevo en Cataluña 17 años y todavía me detectan enseguida que soy vasca, aunque cuando vuelvo a Bilbao todo el mundo me dice que tengo mucho acento catalán. Mucha gente dice que tengo acento extraño, como de ninguna parte. Y ahora, como hago videollamadas cada día con mi madre, mi padre y mi hermana, igual se está ‘suavizando’».

Luis Anarte (Extremadura). Vive en Madrid:

«Con el acento extremeño resulta complicado que te noten de dónde eres. Suelen suponer que eres del sur, pero siempre apuestan por Andalucía, por Sevilla especialmente. En mi caso parece que he adoptado un acento mixto. Los extremeños dicen que pronuncio las jotas y las eses ‘a lo madrileño’, de forma ‘muy fisna’, en tono de broma».

Marta Bazaco (Valladolid). Ha vivido en Valencia, Navarra y Madrid:

«En Valencia y Navarra tuve comentarios sobre ‘lo bien’ que hablaba, la dicción y claridad. No tanto el tono pero sí la pronunciación. Y de esos sitios se me pegó un poco su entonación, aunque cuando me iba de allí volvía a mi tono habitual. En Madrid con tanta mezcla las diferencias de acentos se acaban difuminando».

Juan González (La Rioja). Ha vivido 30 años en Galicia:

«Como estamos en medio, los riojanos tenemos un poco de acento vasco, otro poco maño... Yo gano y pierdo enseguida el acento y hasta la propia gente de Galicia me decía que tenía bastante acento gallego. Y es verdad porque todavía a veces me sale ‘graciñas’. Los gallegos parece que buscan la melodía y luego acomodan las palabras en la frase».

Susana Muñoz (Almería). Vive en Madrid:

«A mí me gusta mucho cómo hablan los vascos, así que creo que se me hizo el oído de cuando viví allí. Volvía a Almería y me decían: ‘Madre mía, qué finolis, desde que te has ido a Bilbao...’. En Madrid, sin embargo, no hay acento común, cada barrio tiene su acentillo y en Vallecas, donde vivo ahora, es como muy extremeño y andaluz».