Nacho Dean, caminante y nadador en favor de la salvaguarda del planeta. / Guillermo Pérez

Nacho Dean: «La gran aventura es construir el futuro»

Rebelde con causa, este aventurero ha recorrido el mundo a pie y enlazado a nado sus continentes / Ha conocido la bondad y la maldad, pero no ha perdido su confianza en el género humano.

Miguel Lorenci
MIGUEL LORENCI Madrid

Comparte apellido con James Dean, pero Nacho Dean (Málaga, 1980) es un rebelde con causa. Caminante y nadador, ha recorrido de punta a cabo nuestro maltrecho planeta. Cree que la gran aventura es conocerse y construir un futuro mejor para todos. Le robaron, esquivó machetazos y casi acaba en la cárcel, pero tras circundar el mudo a pie, este tenaz andarín no ha perdido un ápice de su confianza en el género humano.

–¿Cómo se convirtió en el hombre que camina?

–En un proceso de muchos años. Me gustaban el viaje y la aventura. Había hecho rutas como la Transpirenaica, del Cabo de Creus a Irún, variantes del Camino de Santiago, y recorrido parte del Círculo Polar Ártico en Laponia. En esas travesías me sentía fenomenal caminando y me dije que por qué no soñar a lo grande y dar la vuelta al mundo a pie. Necesité dos años para decidirme. No fue fácil. Dejé todo: casa, trabajo, familia, y amigos. Tardé nueve meses con los preparativos: visados, vacunas, redes sociales, patrocinadores....

–¿El primer paso?

–El 21 de marzo de 2013 desde el kilómetro cero de la Puerta de Sol de Madrid. En una caminata de tres años recorrí cuatro continentes, 31 países y 33.000 kilómetros para documentar el cambio climático.

–¿Qué le enseñó el viaje?

–Que el planeta no es tan grande como creemos –razón de más para cuidarlo–, y que el ser humano merece la pena. Atravesé países de todo tipo de etnias, idiomas, ideologías y religiones. En todos sus gentes me tendieron la mano, me abrieron sus casas y me sentaron a su mesa como uno más de la familia. Caminar es el medio más lento y expuesto de viajar. Si la humanidad fuera mala, mi viaje hubiera sido imposible. No habría llegado ni a Francia.

–También las pasó canutas.

–Sí. Hubo momentos muy complicados, más allá de atravesar un desierto y ascender una montaña buscando tu límite. Me pilló un atentado terrorista en Daca, capital de Bangladés. Cinco tipos me asaltaron en el puerto del Callao, en Lima. Los miembros de las maras lo intentaron con machetes en El Salvador. Contraje la fiebre chikungunya en Chiapas y estuve a punto de acabar en prisión acusado de espía por tomar fotos en la frontera entre Armenia e Irán.

–¿Perdió la fe en el ser humano?

–Todo lo contrario. Son hechos puntuales en tres años. La balanza se inclina claramente hacia el lado bueno. No pierdo ni la confianza ni la esperanza en mis semejantes.

–¿Qué es la aventura?

–La vida. Es la gran aventura, que en su significado más puro y literal es adentrarte en lo desconocido; en el futuro, que lo es por definición. Todos tenemos un gen explorador en nuestro ADN. Conocernos y construir ese futuro que queremos es la aventura definitiva.

–¿Qué tenemos en común con un esquimal o un aborigen australiano?

­–Depende de dónde mires, pero somos muy parecidos. En el más acá somos idénticos. Da igual dónde hayas nacido, tu idioma o tus creencias, todos necesitamos alimento, salud y felicidad en compañía de los nuestros. Luego está el más allá, el mundo de las ideas y lo intangible, donde todos somos diferentes, discutimos creemos tener la verdad y rechazamos lo diferente.

Dean en su travesía del desierto australiano. / R. C.

–Además de caminante, es un nadador aguerrido.

–No me quedó más remedio. En la vuelta al mundo a pie constaté el deplorable estado de playas y litorales. Sentí la necesidad de iniciar otra expedición para denunciar el crítico estado de los mares. No era nadador. El primer día en la piscina no pasé de cuatro largos. Entrené durante un año e hice más de 2.500 kilómetros. Uní nadando los cinco continentes. Europa y África por el estrecho de Gibraltar. América y Asia por el estrecho de Bering, con el agua a tres grados. Europa y Asia en travesía Meis-Kas de Grecia a Turquía. Asia y Oceanía por el mar de Bismarck, al norte de la isla de Papúa, y África con Asia nadando de Egipto a Jordania en el Golfo de Áqaba.

–¿Estamos a tiempo de salvar los océanos?

–Quiero creer que sí. La salud de los mares es nuestra salud, pero vamos por mal camino. Además de plástico y basura, rebosan vertidos químicos. Creemos que el pulmón del planeta es el Amazonas, pero el mar es el mayor emisor de oxígeno y el que más CO2 captura. Tanto, a causa de la acción humana, que el agua se acidifica, blanquea y mata a los corales e impide a los crustáceos fabricar sus conchas. Acaba con la biodiversidad con ayuda de la sobrexplotación pesquera.

–Acabó hablando con su carrito de trekking. ¿La soledad enloquece?

–Casi. En Australia bauticé a mi carro de material como Jimmy águila libre, y hablé mucho con él. Caminé más de 4000 kilómetros por el desierto, entre Darwin y Sídney. Pasaron semanas sin ver ni hablar con nadie. Hablas contigo, te inventas papeles en películas, das discursos, pones en orden el mundo y añoras a los tuyos. A veces te cuentas chistes.

–¿Se ve caminando por Marte o por la Luna? Y no es broma.

–No me importaría. Pero no todo el mundo tiene la fortuna y la capacidad y la formación que exige ser astronauta. Preparo una expedición navegando a vela por la sostenibilidad de los océanos. Si puedo, sería otra la vuelta al mundo.

–¿Come de todo?

–Sí. No me puedo permitir rechazar alimentos que me ofrecen en cualquier rincón del mundo. La base de mi dieta es la fruta y la verdura, pero como pescado y carne.

–¿Se gana la vida con sus aventuras?

–He conseguido hacer de mi pasión mi profesión. Vivo de la divulgación de mis expediciones. De libros como 'Libre y salvaje' sobre la vuelta al mundo a pie, y 'La llamada del océano', que publiqué en junio, sobre el desafío a nado para unir los cinco continentes. Doy conferencias y charlas.