Theodore McCarrick, en una imagen de archivo. / AFP

Medio siglo de errores de la Iglesia por los abusos sexuales

El Vaticano publica un detallado informe sobre el excardenal pederasta estadounidense Theodore McCarrick al que protegió Juan Pablo II

DARIO MENOR Roma

Durante cerca de medio siglo, Theodore McCarrick consiguió ir ascendiendo en la jerarquía eclesiástica hasta convertirse en uno de los más influyentes cardenales, mientras ocultaba una doble vida de abusos sexuales y de poder tanto con adultos como con menores de edad. El antiguo arzobispo de Washington, al que Francisco expulsó el año pasado del estado clerical tras retirarle la birreta cardenalicia, se benefició durante décadas de una cadena de errores y omisiones que salpican a Juan Pablo II y a Benedicto XVI y que facilitaron el encubrimiento de su conducta criminal.

El Vaticano publicó este martes un amplio informe sobre McCarrick, fruto de dos años de trabajo en los que se entrevistó a más de 90 personas y en el que se recorre la trayectoria de este astuto abusador. No fue cesado hasta que, en 2017, llegó a Roma una denuncia por un caso de pederastia acaecido en los años 70, cuando el acusado era un simple sacerdote. Francisco lo fulminó después de ser considerado culpable en un proceso canónico.

El nuevo documento publicado por la Santa Sede refleja bien cómo reaccionaba la Iglesia católica hasta hace bien poco ante estos dolorosos episodios. Excepto algunas honrosas excepciones, lo habitual era que se creyese a los abusadores cuando proclamaban su inocencia y se ignorase en cambio a la víctimas, tachando de calumnias sus denuncias.

«Nunca tuve relaciones sexuales»

En su larga carrera eclesial, McCarrick, que hoy tiene 90 años, se comportó como un auténtico depredador sexual. Se acostó con sacerdotes y jóvenes y acosó a sus seminaristas, a los que obligaba a dormir con él en una casa en la costa de Nueva Jersey. Cuando circulaban rumores sobre su conducta los negaba echando mano de su «palabra de obispo». Incluso le escribió una carta al Papa polaco en la que le aseguraba que «nunca había tenido relaciones sexuales con ninguna persona, fuera hombre o mujer, joven o viejo, clérigo o laico». Juan Pablo II, con el que mantenía una estrecha relación personal, le creyó y le nombró arzobispo de Washington en 2000, creándole cardenal al año siguiente.

De notable inteligencia y gran habilidad para las relaciones sociales, McCarrick supo hacerse imprescindible. Tejió una nutrida red de relaciones con las que conseguía recaudar abundantes fondos para la Iglesia católica y sus organizaciones, lo que le abrió muchas puertas en Roma y contribuyó a silenciar algunas voces. Entre ellas destaca la del cardenal John O'Connor, que en 1999 aconsejó a Juan Pablo II que no ascendiera a McCarrick a la archidiócesis de la capital estadounidense por los rumores de acoso sexual a los seminaristas de las diócesis por las que pasó.

Una «herida» en la Iglesia

Benedicto XVI no se decidió a abrir un proceso canónico al excardenal, aunque le negó la prórroga como arzobispo de Washington después de que, en 2005, saliera a la luz una denuncia de abuso a un sacerdote. También le pidió que mantuviera una vida reservada, algo que McCarrick nunca hizo, continuando con sus viajes internacionales.

Cuando Francisco fue elegido Papa en 2013 no adoptó en un principio nuevas medidas contra el polémico exprelado. Sólo le habían llegado «voces relativas a una conducta inmoral con adultos» y afrontó el caso únicamente en dos «breves conversaciones» con sus colaboradores, asegura el informe vaticano. La denuncia sobre un caso de pederastia en 2017 cambió el escenario y acabó propiciando la dimisión de McCarrick del estado clerical, el castigo más duro contemplado para un presbítero.

El cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado, consideró que este caso, que ha provocado tantas «heridas» en la Iglesia católica, ha servido para tomar mayor conciencia del problema de los abusos sexuales, como reflejan las medidas para combatir la pederastia adoptadas en los últimos dos años. Entre ellas destaca el levantamiento del secreto pontificio y la obligación impuesta a sacerdotes y religiosos para que denuncien estos casos.

«Ningún procedimiento, incluso el más perfeccionado, está libre de error porque involucra las conciencias y las decisiones de hombres y mujeres», escribió Parolin al comentar lo sucedido con McCarrick, que espera que contribuya a ser «más conscientes del peso de las decisiones u omisiones», al tiempo que propicia una «profunda reflexión».