Secuencia de la brutal agresión a un joven en Amorebieta.

Jóvenes enfurecidos

La sucesión de actos violentos protagonizados por grupos juveniles hablan de un repunte de este tipo de hechos que según los expertos no refrendan las estadísticas. Ellos los atribuyen al estrés de la pandemia y la crisis de autoridad familiar e institucional en el país

ISABEL IBÁÑEZ

Varios actos de violencia extrema protagonizada por jóvenes han sobrecogido al país en este mes de julio que acaba de terminar. El primero en hacer saltar las alarmas fue el cometido contra Samuel Luiz, el chico de 24 años asesinado a puñetazos y patadas al grito de «maricón» en A Coruña el pasado día 3, un crimen con tintes homófobos en el que participaron seis jóvenes -dos de ellos menores-, de los cuales tres están en prisión. Brutales son las imágenes del chico de 19 años que el día 15 golpeó a un sanitario que le había increpado por no llevar mascarilla en el metro de Madrid, agresión por la que puede acabar perdiendo un ojo. Como sobrecogedor es el vídeo que muestra la paliza sufrida el pasado fin de semana por un chaval que se debate entre la vida y la muerte por los golpes propinados por una veintena de jóvenes -cinco de ellos menores y con antecedentes penales- en la localidad vizcaína de Amorebieta, en el contexto de un botellón cuando los bares ya estaban cerrados por las restricciones de la pandemia. Botellones que se están saldando con agresiones a los agentes que tratan de disolverlos para hacer cumplir la ley.

Ejemplos distintos de hechos violentos cometidos por jóvenes que sirven para que haya quien pueda pensar en un repunte de esta lacra. Aunque recuerda el catedrático de Sociología Javier Elzo, que ha dedicado su vida al estudio del comportamiento de la juventud, que en 2018 escribió en estas mismas páginas un artículo de opinión que comenzaba así: «El asesinato de dos mayores octogenarios en su domicilio en Bilbao, tres semanas después del homicidio de Ibon Urrengoetxea, de 43 años, en el centro de esta ciudad -sin olvidar no pocos episodios de peleas y robos perpetrados por menores de edad-, ha generado la lógica alarma en la sociedad. ¿Cómo entender y explicar que menores de edad cometan semejantes barbaridades? ¿Estamos viviendo un repunte de violencia juvenil?». Este salto en el tiempo le sirve a Elzo para explicar que es «recurrente encontrarnos con picos así».

Sostiene el sociólogo que son hechos puntuales que coinciden en el tiempo, y se apoya en la dificultad de sacar conclusiones al no disponer de datos que las enmarquen. El Instituto Nacional de Estadística (INE) cuenta con tablas donde es posible comprobar la evolución de las infracciones penales cometidas por menores según la edad (de 14 a 17 años) entre 2013 y 2019, porque hasta ahí llegan los datos, excluyendo el potente efecto de la pandemia que sirve para explicar en parte, según los expertos, estas últimas situaciones. Los estadísticas muestran que el total apenas ha aumentado, desde las 25.814 de ese primer año a las 26.049 de hace solo dos ejercicios. En el caso de los menores condenados, en 2013 fueron 14.744 mientras que en 2019 incluso descendieron, 14.112. Se constata que el perfil de menor violento es, de forma abultada, un varón de nacionalidad española.

Los datos del INE sobre los delitos cometidos por menores de edad desde 2013 hasta 2019 muestran que los homicidios experimentaron apenas un levísimo crecimiento, de 49 a 52. Asusta ver que las cifras de lesiones casi se multiplicaron, de 2.149 a 7.701, pero este aumento parece estar muy condicionado por la reforma del Código Penal de 2015, cuando las faltas contra las personas desaparecieron y fueron convertidas en delitos, pasando a engrosar este capítulo.

A pie de calle, un agente de la Ertzaintza que prefiere mantener el anonimato se expresa de esta manera: «Antes no nos tiraban botellas y objetos en los botellones, ahora es habitual. Y también vemos más peleas en los bares». Dice que es difícil saber si se trata de un repunte de la violencia, aunque sin datos él pueda tener la impresión de que «han aumentado los comportamientos violentos en los jóvenes, pero también en toda la población en general». A su juicio, lo que está ocurriendo es fruto de la pandemia, «de esta situación extraña que vivimos y que alienta las crisis mentales y personales». Y compara el momento, con todas las precauciones, con la crisis de los años 80, cuando el paro y las drogas asfixiaban a buena parte de la población, lo que alentó ciertos comportamientos violentos.

El foco puesto

El antropólogo Jesús Prieto Mendaza no cree que estemos ante un «auge especialmente significativo de los actos violentos en la juventud». «Hemos puesto mucho el foco en este comportamiento irresponsable, violento, incluso con agresiones a fuerzas policiales, pero creo necesario subrayar que este sector de la juventud es absolutamente minoritario y no representa a la gran mayoría». Eso sí, es partidario de «hacer un llamamiento al bien común y a la solidaridad, con la situación que vivimos, con gente sufriendo en los hospitales y un sistema sanitario cansado». Recuerda que este comportamiento no es «significativamente distinto al que podía verse hace dos o tres años en ciertos polígonos y situaciones».

Homenaje a Samuel Luiz, asesinado en A Coruña. / Cabalar

Para el antropólogo, una de las causas es, sin duda, la pandemia y sus restricciones: «Finaliza el curso escolar y parte de la juventud esperaba disfrutar de este verano, y se han encontrado que no es así. De ahí esas ganas de disfrutar y volver a la supuesta normalidad sin tener en cuenta las consecuencias, desde esas imágenes en los hoteles de Mallorca hasta lo que estamos viendo ahora, con una incidencia de más de 700 por cada 100.000 habitantes» en España.

Cita la «banalización» de esta situación por determinados sectores de la juventud. Y añade otro segundo factor, «nada nuevo, pues lo arrastramos desde hace tiempo: el descrédito de las instituciones, familia, profesorado, judicatura, Policía, Iglesia, etc. Lo que lleva aparejado esa sensación de impunidad cuando se agrede a la autoridad o se contravienen las normas».

Esta es también para Javier Elzo una de las causas que explican los comportamientos violentos en determinados jóvenes: «Siempre hablamos de los fallos de la educación y de la necesidad de poner límites». Apunta cinco aspectos para él muy relevantes: «Primero, el hecho de que vivimos en una sociedad de la protesta, lo normal es protestar. Segundo, la educación actual ha sido demasiado permisiva, de no exigir al niño, de pensar que es autónomo y que hay que respetar su libertad sin coaccionarle. Tercero, el peso que han tomado las redes sociales como agente socializador, el hacer caso más a los 'youtubers' que a la familia. Cuarto, la mencionada pérdida de autoridad, el desprestigio de la obediencia. Y, por último, el problema de la acción policial, ya que por un lado exigimos a los agentes que nos protejan mientras les decimos que lo hagan con tacto, sin acciones fuertes, y no me refiero evidentemente al policía estadounidense que apretó el cuello de aquel chico hasta matarlo».

Agresión a policías en la localidad vizcaína de Arrigorriaga.

Concluye que no estamos ante un problema de los jóvenes sino de toda la sociedad: «Solo hay que leer los comentarios de los lectores en las noticias amparados en el anonimato, es terrorífico leer tantas barbaridades».

Opina también Amaya Prado, psicóloga educativa y vocal en la Junta de Gobierno del Colegio Oficial de la Psicología de Madrid, que ha crecido la violencia en general, en todos los niveles y grupos de edad, «aumentada por la pandemia y sus consecuencias. Determinados jóvenes han vivido situaciones muy complicadas».

- ¿Cómo puede haberles afectado las afirmaciones de que son insolidarios o culpables de poner en peligro a sus abuelos?

- Sienten frustración y rabia y se han sentido criminalizados, igual que con estas afirmaciones de que ha aumentado la violencia juvenil, o que las olas de covid son provocadas por ellos. Esto no justifica las agresiones, pero hay que ser más flexible con los acontecimientos puntuales actuales. Los jóvenes necesitan salir y relacionarse en la calle con sus iguales. Y puntualmente se han producido noticias muy negativas protagonizadas por ellos. Pero los jóvenes han notado más desigualdades provocadas por la pandemia, por situaciones económicas difíciles, problemas familiares y fracasos educativos.

Sobreexposición a la violencia

- Suele ponerse también la diana en el impacto de los videojuegos violentos a edades demasiado tempranas, el exceso de culto a la fortaleza física, la influencia de las redes sociales... Aunque otros consideren que ello supone estigmatizar asuntos que no tienen por qué ser definitorios de estas conductas.

Julio de violencia extrema

  • 26.049 fueron las infracciones penales cometidas por menores de entre 14 y 17 años en el año 2019, el último disponible. En 2013 fueron 25.814. Casi números idénticos

  • 577 episodios de atentados contra la autoridad protagonizados por menores hubo hace dos años, un centenar más que seis años antes.

  • 6.923 robos cometidos por menores en 2019, 2.200 más que en 2013. Los robos con violencia pasaron de 2.454 a 3.623 en ese período de tiempo.

  • El dato El perfil de menor violento es, de forma abultada, el de un varón de nacionalidad española.

- La sobreexposición temprana a situaciones de violencia, en videojuegos, en casa o en vídeos hace que esta se normalice y que puedan reaccionar de manera agresiva ante estímulos que les hagan sentir frustración y rabia, disminuyendo la empatía. Habría que hablar de violencia en su entorno, consumo de alcohol y otras drogas, dificultades para relacionarse y resolver conflictos, y la combinación de otros factores estresantes en la familia.

Para el antropólogo Jesús Prieto se debe destacar el papel «fallido» de la sociedad adulta, «que no ha sabido transmitir a los jóvenes, y la educación no es ajena a esto, que no solo hay que prepararlos para aprobar o sacar sobresalientes, sino para superar las frustraciones y los momentos de fallo, de error... Se ha banalizado la cultura del esfuerzo, se ha hablado mucho de 'ay, no vayan a suspender a mi niño porque se va a traumatizar', y no hemos sabido hacer que afronten situaciones problemáticas como la que estamos viviendo, que exigen sacrificio. No todo es placer y disfrute».

«Hablamos de un comportamiento hostil e impulsivo, no de algo frío y premeditado»

En junio, los especialistas reunidos en el II Congreso Digital de la Asociación Española de Pediatría (AEP) dejaron constancia de cómo la pandemia ha duplicado las urgencias psiquiátricas en niños y adolescentes, los trastornos de conducta alimentaria, los casos de ansiedad, los trastornos obsesivo-compulsivos, la depresión y las autolesiones e intentos de suicidio. También aumentó la violencia sobre los menores, el maltrato y los abusos, y se disparó el consumo de horas ante las pantallas.

Juan Pablo Pizarro es un investigador en Psicología Social de la Universidad de Burgos que realizó un estudio sobre cómo el confinamiento estricto había afectado a los menores: «Y encontramos un aumento de la conducta desafiante a las figuras de autoridad; contestaban mal a padres o profesores, desobedecían y no les importaba el castigo. Y tenían una peor salud mental, más ansiedad y depresión». Sin embargo, señala, la mayoría «se ha recuperado, y solo en algunos casos esto se ha cronificado en el tiempo».

Pizarro no se atreve a afirmar que hay un repunte de violencia: «Quizá es que ahora el foco está más sobre los jóvenes». Destaca que estas agresiones «son sucesos que, por desgracia, siempre han ocurrido. Gran parte de la repercusión del caso Samuel puede deberse a la identificación del colectivo LGTBI con situaciones similares que les han ocurrido en el pasado, aunque sin estas trágicas consecuencias. Tanto la violencia contra Samuel como contra la Policía son comportamientos de agresión hostil, reactiva. Es decir, impulsivos, con una fuerte carga emocional y con el objetivo de hacer año, no son agresiones frías o premeditadas». Considera que, aunque el confinamiento y las restricciones tengan su peso, los motivos de estos hechos «que han ocurrido siempre son sociales y estructurales, más allá de la pandemia».