Hermigua, tenemos un problemón

Un año del primer caso de coronavirus en España. Cuando las alarmas saltaron en La Gomera, la epidemia parecía muy lejana. Los implicados en esa crisis se tragaron el miedo para hacer lo que estaba en sus manos y más

Carmen Delia Aranda
CARMEN DELIA ARANDA

El coronavirus deja ya más casos en China que la epidemia del SARS. La neumonía de Wuhan ha causado al menos 132 muertos y 5.974 contagios en el país asiático». Decía el locutor desde el televisor.

Mientras cenaba, Adela Schmid lo miraba de reojo y pensaba: «Qué suerte vivir en el culo del mundo. Esto no llegará hasta aquí». La vecina de Hermigua jamás imaginó que, esa misma noche, a poca distancia de su casa, dos turistas alemanes atendían la llamada que pondría fin a sus recién iniciadas vacaciones en La Gomera. Aquel 28 de enero de 2020, el Ministerio de Sanidad de su país les alertó de la posibilidad de haber contraído el nuevo coronavirus, algo que se confirmó el 31 de enero, tal día como mañana.

Ambos habían estado en contacto con el primer caso detectado en Alemania, quien coincidió en un curso de trabajo con una colega procedente de China. Les dijeron que estuvieran localizables y que recibirían indicaciones en breve.

Así fue. Las autoridades alemanas, a través de su embajada en España, alertaron al Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, que a su vez dio la voz de alarma a la Consejería de Sanidad canaria, Salud Pública comunicó el asunto al gerente de los Servicios Sanitarios de La Gomera, Manuel Brito, y este llamó al centro de salud de Hermigua. «Tienes que ir al domicilio de unos alemanes. Quiero que vayas y los valores. Nos han notificado un contacto estrecho con un positivo de coronavirus». Esas palabras, un año después, aún resuenan en la mente de la doctora Myriam Medina Darias. «En ese momento, pensé, esto es una broma. Hacía escasamente una semana que habíamos recibido por whatsapp un primer protocolo para casos de coronavirus. Conocíamos las noticias de Wuhan, pero estábamos muy lejos. Me quedé en shock», comenta la médico que acto seguido contactó con el jefe de Epidemiología de Salud Pública, Domingo Núñez, para recibir instrucciones sobre cómo abordar el asunto. «Me transmitió sosiego y tranquilidad. Todavía no nos habían dispensado los EPI pero por allí teníamos trajes de cuando el ébola. Fueron los que usamos», explica Medina sobre la agitada mañana del 29 de enero.

«¿Dónde están los EPI? Hay que ir a recoger a unos alemanes con sospecha de coronavirus», escuchó Adela mientras se preparaba el desayuno en el office del centro de salud. «No me lo podía creer. No quería. Tremendo miedo. No puede ser que esto pase y, encima, en Hermigua. ¿Y a quién le va a tocar ir? ¿A la alemana?», pensó la enfermera, en cuyo pasaporte figura su nombre de pila alemán, Adelheid.

Efectivamente, la doctora le pidió que la acompañara. Ella podía comunicarse con aquellos turistas; los dos sospechosos y sus cuatro amigos. «Sabía que debía ir, pero tenía miedo y no podía decírselo a nadie», confiesa un año después la enfermera que tardó unos minutos en reaccionar. Le esperaban unos días intensos en los que se convirtió en la traductora de los turistas, la interlocutora entre las autoridades sanitarias canarias, el consulado alemán y los servicios médicos de Baviera, además de la primera rastreadora de España. «Tengo muy presente aquel miedo para ser más humana y no juzgar tanto la debilidad», reconoce Schmid sobre su terror.

Forradas de arriba a abajo, la médico y la enfermera fueron al alojamiento donde estaban los alemanes acompañadas de los dos técnicos de la ambulancia. «Estaban en un adosado con vistas espectaculares. Llegamos a 1 o las 2 de la tarde y les cortamos las vacaciones», relata la doctora. De los seis, cinco presentaban febrícula. Uno de ellos, el que no tenía fiebre, se quedó en el apartamento en régimen de aislamiento y bajo la supervisión de la doctora Medina, encargada también, junto a la enfermera Schmid, de prestarle ayuda durante el confinamiento. Los otros cinco fueron trasladados al hospital de La Gomera. «Cuando me vi entre ellos en la parte de atrás de la ambulancia, entre risas nerviosas, pensé: ¿y si es un simulacro?», recuerda Schmid.

Pero no lo fue. La confirmación llegó dos días después, el viernes 31 de enero, cuando se constató que uno de ellos resultó positivo, el primero de España. Los otros cuatro, en las reiteradas PCR que se les hizo, siguieron resultando negativos. «Teníamos medios para tomar las muestras, pero no para hacer la PCR. Mandarlas a Madrid fue una odisea. En Rodeos no las querían llevar», explica el gerente del hospital de La Gomera, Manuel Brito, sobre aquellos días de tensión.

Aunque las PCR se hicieron en el Instituto Carlos III de Madrid, otras muestras nasofaríngeas de los alemanes estaban siendo analizadas con métodos caseros en el hospital de La Candelaria de Tenerife. «Los resultados coincidieron», recuerda el jefe de Microbiología del centro sanitario tinerfeño, Oscar Díez, que a partir de ese momento tuvo que idear fórmulas para paliar la escasez de los cotizados kits para PCR que se disputaba medio planeta.

Ahora, un año después, las cosas han cambiado mucho. En Canarias se realizan del orden de 4.000 PCR al día y el científico está centrando en saber cómo y en qué proporción se mueven por el archipiélago las distintas variantes del Sars-Cov-2 a través de la secuenciación genómica.

Pero en aquellos días aún se sabía poco de lo que algunos atrevidos calificaban como una extraña gripe. «No tenían síntomas, incluido el positivo. A saber si la febrícula del primer día era por haber tomado mucho sol», sostiene el gerente del hospital de La Gomera, que se sintió muy respaldado por los colegas del HUC y de La Candelaria, en Tenerife. «Al ser los primeros en tener un caso, nos empezaron a llegar EPI de todos lados», recuerda sobre aquellos días en los que el entorno del hospital fue un hervidero. «Nos impactaba la presencia de los medios. Esto era como si estuvieran rondando una película», dice Manuel Brito.

La noticia del positivo saltó el viernes por la noche. A la mañana siguiente, Schmid recibió otra llamada. La reclamaban desde el hospital para entrevistar a sus compatriotas y hacer el primer rastreo de un caso de coronavirus en España con las instrucciones de Domingo Núñez. «Fue una suerte que yo fuera de Hermigua y que hiciera el rastreo. Me contaron que habían estado en una bodega de la parte alta del Valle. No hice de detective. Conozco el pueblo y, por lo que contaron, di con los nombres de quienes habían estado con ellos. Lo hicieron todo súper rápido. Dije: descríbeme al taxista del aeropuerto y, dos o tres horas después, dieron con él», recuerda la improvisada traductora quien fue testigo del nerviosismo de los aislados. «Seis hombres encerrados tantos días necesitaban un psicólogo. Era mucha tensión. Todos aprendimos y crecimos», cuenta Schmid, que a raíz de esta experiencia creó un lazo muy fuerte con la doctora Medina y que mantiene el contacto con uno de los turistas.

Hubo suerte. De aquel positivo no surgieron más casos. «Cuando se fueron, les di la mano. Nunca pensé que llegáramos a los extremos en los que estamos ahora», confiesa Brito sobre aquellos inolvidables pacientes.