Don Benito a la izquierda y Villanueva de la Serena a la derecha.

La «gran ciudad» que nace de un pacto secreto

Extremadura. Los alcaldes de Don Benito y Villanueva de la Serena acuerdan la fusión de sus municipios y convocan a los vecinos para que voten en un referéndum, mientras unos y otros recuerdan todavía las viejas riñas por el fútbol

Doménico Chiappe
DOMÉNICO CHIAPPE Madrid

En un café y con «máxima discreción», los alcaldes de dos municipios de Extremadura se citaron sin intermediarios ni testigos para poner en marcha la hoja de ruta que uniera sus dos pueblos. En septiembre de 2019 pactaron crear una sola «gran ciudad» de más de 60.000 habitantes en el más absoluto secreto. Ni José Luis Quintana, reelegido para la alcaldía de Don Benito, ni Miguel Ángel Gallardo, alcalde por quinta vez de Villanueva de la Serena, llevaban este proyecto en su programa electoral para los próximos cuatro años. Ambos militantes del PSOE sostuvieron ese «encuentro informal» un día laboral fuera de sus ayuntamientos. Todavía hoy ocultan en qué lugar se citaron y quién llamó a quién. Habían acordado total «confidencialidad», convienen los dos. «Sabíamos que teníamos que hacerlo sin que se enterara nadie y que, cuando presentáramos nuestra decisión, fuera ya irrevocable y dejara el ámbito político inmediatamente», sostiene Quintana sobre el acoplamiento de «dos ciudades muy interrelacionadas que han vivido de manera paralela».

Aquella primera reunión la recuerda Gallardo como «distendida, entre dos compañeros y amigos con la misma opinión» y con un apretón de manos refrendaron dos pasos iniciales. El primero, personal: ninguno de los dos podría aspirar a gobernar el nuevo municipio. El segundo consistía en encargar un informe a la Universidad de Extremadura sobre las consecuencias de la fusión para tener un respaldo «científico» cuando mostraran sus cartas sobre este «camino desconocido que nadie ha recorrido», dice Quintana.

Situadas en la provincia de Badajoz, a unas tres horas en coche de Madrid, ambas localidades están separadas por casi cuatro kilómetros de una carretera que hace una larga frontera entre los campos de las Vegas Altas del río Guadiana. En esta tierra de nadie que separa los dos cascos urbanos se levantan un hospital de uso compartido, un parque de bomberos, el instituto Luis Chamizo, un polígono comercial de grandes superficies y un par de pequeñas urbanizaciones residenciales. Aunque existe un «sendero» para excursionistas y ciclistas, no hay aceras que unan ambas poblaciones de 37.000 vecinos en un lado y 25.000 en el otro.

Ese trecho de la autovía autonómica EX-206 funciona como un muro, tanto mental como material, para los «calabazones» y los «serones», como se les conoce popularmente a los de Don Benito y Villanueva, respectivamente. En un sondeo informal, los estudiantes de segundo de Bachillerato del Luis Chamizo mostraron incredulidad «hasta que las dos ciudades no estuvieran unidas físicamente» y demandaron una mayor «intercomunicación», explica Dori Dávila, directora de este centro de 260 alumnos en turnos diurnos y nocturnos.

Hija de un hombre que «murió en la guerra» y de una mujer «que estuvo casada siete años y tuvo cinco hijos», Dávila emigró hasta la confluencia de Villanueva y Don Benito, y ha vivido en ambos. «No hay diferencias sustanciales entre ellos. Los tiempos cambian y la generación de mis hijos no le da tanto valor a las tradiciones o al arraigo. Son más libres».

Con el informe de la Universidad de Extremadura en la mano, hace seis meses los alcaldes se volvieron a sentar «en la mesa camilla», recuerda Gallardo. «Decidimos trazar un acuerdo político». Las líneas de aquel pacto contemplaron la construcción de una «ciudad administrativa» en medio de las dos urbes; la promesa de que el nombre no será una conjunción del de ambos; una transición burocrática hasta 2031 (que ahora adelantan cuatro años) y la realización de una consulta popular, en la que el 'sí' debía ganar con al menos el 66% de los votos y sin un mínimo de participación. De momento, las encuestas les son favorables.

Al convertirse en una ciudad de más de 50.000 habitantes -algo que logra menos del 2% de los municipios españoles, según el Ministerio de Hacienda-, «la suma de uno más uno no es dos. Es diez», resume Gallardo. En cifras, los economistas que firman el informe extremeño señalan que el empleo aumentará un 5% y la renta familiar, un 2,75%.

Mostrar las cartas

En julio de este año los alcaldes decidieron revelar el proyecto y buscar «complicidades» en el terreno político. Primero se lo contaron al presidente de la Junta de Extremadura, el socialista Guillermo Fernández Vara; después a los dos expresidentes Juan Carlos Rodríguez Ibarra y José Antonio Monago. Antes que ellos, no conocían el plan de fusión ni siquiera los concejales del propio partido. Cuando los reunieron y dieron la noticia, cuentan, se quedaron «estupefactos» y «perplejos». A pesar de la sorpresa, el proyecto recibió el apoyo unánime de las fuerzas políticas y ningún movimiento asociativo ha mostrado su desacuerdo.

La propuesta de fusión se hizo pública frente a los directores de los medios regionales el 15 de septiembre, un encuentro sin declaraciones oficiales de ninguno de los alcaldes, para «no contaminar». «Se vio que la decisión era firme e irrevocable», mantiene Quintana.

En la calle, sin embargo, hay cierta reticencia. «Me parece bien, pero no», responde Nuria Pajuelo, joven de Villanueva con «campo en Don Benito». «Será muy grande pero falta por hacer muchas cosas. Por ejemplo, si vivo allí abajo cómo hago para ir hacia arriba», reclama, señalando en el aire dos extremos opuestos.

Hay también resistencias individuales más viscerales. «Es una bobada pensar en esa fusión», afirma enfático, J. M., hijo del «único farmacéutico que hacía fórmulas magistrales» y cuyo apellido prefiere que no se publique por miedo a las represalias de los «comunistas». «¿Cómo Don Benito, al que le sobra dinero y tiene más coches y de todo, va a cargar con Villanueva? Que la coja como un barrio. Cada uno en su casa». En el otro extremo, Paco, jefe del céntrico bar Kaprano de Villanueva, se encoge de hombros: «Habrá gente que quiere que sí, y otra que no. Pero si no estamos juntos es por culpa de los políticos».

Para el referendo, a celebrarse en el primer trimestre de 2022, los alcaldes lanzan una oferta difícil de rechazar: se cumplirán «todos los sueños que la gente puede soñar», promete Quintana. Una sede de la universidad, tren de mercancías, llegada de empresas, más carreteras, efecto llamada para la inversión privada... «Es ponerse en el mapa y hacer algo que no hacen los demás. Donde hay desacuerdo y separación en la política nacional; nosotros, lo contrario».

Amores e identidades

Con la caída de la dictadura y el auge de la movilidad surgieron las historias de amor entre la gente de uno y otro pueblo. Una de ellas fue la del dombenitense Pedro Aparicio, que en 1977 acudió a la limítrofe discoteca Los Robles con sus amigos, y conoció a una mujer que estaba en otro grupo. Ella era villanovense. Quedaron en salir el siguiente fin de semana pero, cuando acudió a la cita, la sobrina de la mujer le dijo que ella se había marchado a Benidorm. «Empezó a gustarme la sobrina», dice ahora con 62 años, después de casi cuatro décadas de noviazgo y matrimonio.

Hoy, él y Rufi, su mujer, tienen un hijo. Con 29 años, Juan Pedro Aparicio trabaja como asistente en el Círculo de Artesanos de Don Benito, donde su padre es conserje «desde hace 46 años». Sabe de los planes de fusión entre ambos municipios y, aunque «en términos de trabajo saldremos ganando», hay un punto que le preocupa. «Estoy bautizado en Villanueva, pero en cuestiones de fútbol soy de Don Benito. Dicen que van a hacer un solo equipo con Villanueva y no me gustaría. Somos eternos rivales».

Más allá de la anécdota, la identidad conjunta de la población de este corazón agroindustrial de España se extiende a la cotidianidad de aquellos que no tienen edad para votar en la consulta popular sobre la fusión. «Mi hijo juega al ajedrez en Don Benito porque no hay equipo en Villanueva», relata la educadora social Amparo Pineda. «En el blog pusieron que él era de Don Benito. Yo llamé para que aclararan que juega allí aunque es de Villanueva. Pero a él le daba igual».

Tras el pacto «confidencial» de los alcaldes Gallardo y Quintana que allanó el camino político, y que prometen concretar más líneas de acción en los próximos meses, los vecinos comienzan a hablar de que sus destinos, por fin, van a unirse.

«Mucho viejo de la pedrada está de acuerdo con la fusión»

En los días que se celebran las fiestas de 'La velá' en la iglesia de Santiago de Don Benito, las mujeres guardan silencio ante el altar y cuidan de cambiar de flores y vestido a la patrona del pueblo. Afuera, sentados al sol en la Plaza de España, los hombres conversan. José Rodríguez, de 92 años; Santiago Ruiz, de 83; Jacinto García, de 82, y Gregorio Lozano, de 87, sostienen con sus anchas y curtidas manos sus bastones.

Algunos vivieron «la guerra» y recuerdan «los bombazos». Los cuatro se ganaron la vida cuando «sólo había carros y mulas». «Hace 60 o 70 años si iba el (equipo de fútbol) Don Benito para Villanueva, nos recibían a pedradas, y nosotros les hacíamos lo mismo», rememora Ruiz. «Íbamos andando hasta el estadio, que estaba en el campo. Ahora hay mucho viejo de la pedrada que está de acuerdo con la fusión, aunque no vayamos a estar aquí».

«Me da igual que no la vea», dice García. «Es bueno para los que dejamos atrás, los hijos».

- Esto ya se habló hace 30 años -asegura Rodríguez-. Se quería llamar Don Serena.

- ¡Y el nombre qué más da! -opina Ruiz.

- Ahora estamos más fusionados familiarmente -asegura Rodríguez, que trabajó en la ciudad vecina durante «veinte años en una fábrica de muebles»-. Tengo una hija casada en Villanueva.

- Y yo, un hijo. Ahora se conocen en la universidad y de ahí salen los matrimonios.

- Ha cambiado mucho el país -resume Lozano.

- ¡Una jartá! -asiente García.