Un grupo reducido de monjas se dispone a asistir al Ángelus del Papa en la plaza de San Pedro. / efe

La difícil relación del Vaticano con el virus

La pandemia vacía de turistas y peregrinos el centro del cristianismo y obliga al Papa y al resto de miembros de la Curia romana a cambiar su modo de trabajar

DARÍO MENOR

Antonio es el termómetro de la plaza de San Pedro. Lleva cerca de 40 años vendiendo rosarios, llaveros, estampitas y otras fruslerías religiosas junto a uno de los accesos de la valla que separa el ágora del catolicismo con el territorio de la República italiana. «Nunca habíamos vivido un período tan malo», cuenta con su fuerte acento romano. «Nos faltan los turistas extranjeros. Ya no vienen los grupos de americanos, japoneses y rusos, que solían gastarse mucho en la ciudad, ni tampoco los españoles y franceses, que llegaban con los cruceros. Sólo vendemos algunas cosas a los italianos, pero están un único día de visita en Roma». Antonio, que debe de estar ya cerca de poder jubilarse, interrumpe la charla cuando se le acerca una pareja de policías locales y se pone a saludarles. «¡Aquí estamos, sobreviviendo!», les dice a gritos.

La situación de este vendedor es común en el Vaticano desde que el coronavirus comenzó a enseñar los dientes. Aunque en el pequeño Estado sólo se ha producido un puñado de contagios, la pandemia ha cambiado profundamente la vida cotidiana del centro del catolicismo. Durante las largas semanas de confinamiento, hubo un parón casi total en la Santa Sede. «Casi todo el mundo trabajó desde casa, quedamos pocos en las oficinas», recuerda el cardenal Gianfranco Ravasi, presidente del Pontificio Consejo de la Cultura.

Aunque este dicasterio de la Curia romana, como tantos otros, se vio obligado a cancelar los eventos que tenía previsto celebrar este año, en septiembre ha reanudado la actividad casi habitual y espera que los actos aplazados estos meses puedan retomarse en 2021. Según este purpurado italiano, uno de los grandes intelectuales con que cuenta hoy la Iglesia católica, la relación de la Santa Sede con el mundo «continúa» durante la pandemia, aunque forzosamente se hayan reducido los contactos personales.

El Papa ha cancelado sus viajes internacionales durante 2020 y, probablemente, también para el año que viene, y en su agenda sólo tiene una salida de Roma durante unas pocas horas en la tarde del próximo 3 de octubre. Irá a Asís, donde celebrará la misa en la tumba del santo para firmar a continuación su nueva encíclica, titulada 'Hermanos todos' y dedicada a la fraternidad en el mundo pospandemia.

Audiencias sin público

Su visita a esta ciudad del centro de Italia será sin público, como ha ocurrido igualmente durante los últimos meses con los Ángelus de los domingos y las audiencias generales de los miércoles. Sólo desde la semana pasada pueden participar los fieles en estos últimos eventos, que se han trasladado al patio de San Dámaso del Palacio Apostólico. Únicamente se permite el paso a 500 feligreses, a los que se les toma la temperatura y deben llevar la mascarilla puesta en todo momento. «Después de tantos meses, retomamos nuestros encuentros cara a cara y no pantalla a pantalla, y es hermoso», dijo el Pontífice al inicio de la primera audiencia general en la que volvió a permitirse el acceso al público.

A diferencia de lo que era habitual en él antes de la pandemia, ahora Francisco se muestra más cauto y mantiene la distancia de seguridad en las catequesis. En las entrevistas privadas, en cambio, no evita el contacto. «No lo he visto nunca con la mascarilla puesta y siempre que me recibe me estrecha la mano», cuenta un miembro de la Curia romana que se reúne habitualmente con el Papa y pide mantener el anonimato. «No creo que esté particularmente preocupado por su salud. Lo que sí le inquietan mucho son las consecuencias sociales y económicas de esta crisis una vez que se haya superado la fase de emergencia sanitaria». Aunque Bergolio esté tranquilo, en la Santa Sede genera inquietud el peligro de que se infecte de coronavirus, pues tiene 83 años y patologías previas ya que, cuando era joven, tuvieron que extirparle un lóbulo del pulmón derecho. «Rezo cada día para que no se contagie», confiesa el religioso argentino Arturo Zampini, nombrado por el Papa para liderar el grupo de trabajo vaticano contra el coronavirus y secretario adjunto del dicasterio para el Desarrollo Humano Integral.

Bienes inmobiliarios

La inquietud en la Santa Sede es también económica. La financiación del pequeño Estado se sostiene en buena parte gracias a los bienes inmobiliarios que gestiona la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica (APSA). Se trata de unas 2.400 viviendas, localizadas en su mayoría en Roma y en Castel Gandolfo, y de alrededor de 600 bajos comerciales y oficinas. «Hay muchos que no están pagando el alquiler o que pagan lo que pueden. Sobre todo ocurre con los comercios, que están sufriendo por la falta de turistas», reconoce el alto funcionario vaticano que exige no ser citado.

El agujero económico se agranda por la caída en la venta de entradas de los Museos Vaticanos, principal fuente de ingresos de la Gobernación del Estado de la Ciudad del Vaticano, que cada año aporta unos 30 millones de euros a los presupuestos de la Santa Sede. Los Museos han pasado del peligro de masificación a echar de menos a los turistas: desde que reabrieron sus puertas, el pasado 1 de junio, reciben un flujo de visitantes mucho menor de lo que era habitual. «Es una de las pocas cosas buenas del coronavirus: no hemos tenido colas ni aglomeraciones», cuenta con una sonrisa Stefania, una moldava que vive a las afueras de Roma y aprovecha un día libre de trabajo para, junto a su compañero, conocer por fin los Museos Vaticanos tras años viviendo en Italia. «Estábamos casi solos en la Capilla Sixtina y hemos podido disfrutar de todo si prisas. Ha sido un lujo».