Una pareja recobra fuerzas frete a la catedral tras haber concluido el Camino. / Sergio García

Cirugía contrarreloj para la catedral de Santiago

La restauración más ambiciosa que se acomete en España desvela los males que aquejan a la tumba del apóstol en vísperas del Año Xacobeo que atraerá a cientos de miles de peregrinos. Ni el coronavirus ha conseguido detener la obra

SERGIO GARCÍA

Cómo ves eso. Está muy mal», dice Rajoy. «Mal no, peor. Está lloviendo», le responde Feijóo, ambos sentados frente al altar mayor de la catedral de Santiago de Compostela durante una ceremonia oficiada en 2014. Ambos con la gotera encima. Las grandes decisiones a menudo tienen su origen en anécdotas triviales. Como ésta que rescataba el presidente de la Xunta durante un acto con empresarios gallegos previo a las elecciones en las que revalidó el pasado domingo su mayoría absoluta. En 2015, el Gobierno central aprobaba una partida de 17 millones de euros para hacer frente al arreglo del templo, algo más de la mitad de lo que se calcula costará el que es, probablemente, el proyecto de restauración más ambicioso de cuantos se acometen en la actualidad en España.

Una obra colosal, con muchos frentes abiertos -la cubierta, las bóvedas, el altar, naves y fachadas- y el compromiso de las partes implicadas de tenerlo todo en perfecto estado de revista para 2021, Año Xacobeo, que derramará sobre la capital gallega ese maná de peregrinos llegados de todo el planeta, si el coronavirus no dicta lo contrario. Una avalancha mayor incluso que la registrada este año pasado, récord absoluto con 347.000 'compostelas' selladas.

Daniel Lorenzo, canónigo de la catedral de Santiago y director de la Fundación creada para su preservación, es uno de los principales valedores del Plan Director que «ya en 2009 alertaba sobre el deterioro del emblemático templo, en particular el que afectaba a las cubiertas, incluida la del Pórtico de la Gloria». Si esto hubiera ocurrido en otra parte, quizá el problema se hubiera perpetuado en el tiempo. Pero Galicia, con 130 días de precipitaciones al año y una media de 1.200 litros de agua por metro cuadrado, es otra historia. O tomas cartas en el asunto o te expones a visitar al Santo en góndola. Así, es fácil imaginar cuál es el principal problema que aqueja a la catedral: la humedad.

«El edificio había crecido de manera desordenada en los últimos siglos -explica Lorenzo-, lo que en muchos casos obstaculizaba el discurrir del agua. Eso ha acabado originando excrecencias calcáreas y una auténtica invasión de líquenes, algas y hongos. Si a esto le sumamos que hay zonas de la cubierta donde se han depositado sustratos de humus, es comprensible que hayan crecido zarzas que con el tiempo han llegado a levantar cornisas y hasta sillares».

El origen del problema se remonta a muchos años atrás, cuando se acometieron reformas puntuales que a la postre se han revelado parte del mal. «La solución es multidisciplinar. Implica a ingenieros, biólogos, especialistas en medio ambiente, arqueólogos... Obliga a incluso a adecuar la iluminación a las condiciones imperantes para mejorar el mantenimiento», abunda el canónigo. El desafío es enorme. Lo suscribe José Francisco Yusta Bonilla, uno de los arquitectos embarcados en un proyecto al que dan forma más de 60 subcontratas, entre los que trabajan dentro de la iglesia, en la cubierta o en las canteras de donde salen los sillares ligeramente dorados con que se arma este puzle.

«Organizar una obra así ya es un reto en sí mismo, porque hasta mediados de marzo hemos convivido con las visitas a la catedral, que seguía abierta aunque no hubiera culto (volvió a abrir sus puertas el 1 de julio)» . Este arquitecto, que comparte labores con Alberto García Martínez, se ha centrado en los paramentos -muros- de las naves central y laterales, así como en el triforio -la galería que rodea la nave central de una iglesia sobre los arcos laterales- que las sobrevuela.

Esponja, agua y alcohol

El día a día le ha revelado el estado agónico de una estructura que ahora evoluciona favorablemente. «La catedral ha sufrido muchas intervenciones, algunas de las cuales nadie aconsejaría en la actualidad. Las juntas de los sillares se habían sellado con resinas y cemento, que han dañado el granito». Un pormenorizado estudio de la situación ha obligado ahora a sustituirlas todas.

Tamaña empresa no se limita a la restauración, exige recuperar soluciones constructivas del pasado. Un ejemplo. Las obras que se llevan a cabo están sustituyendo el mortero de cemento por el de cal, mucho más eficaz contra las humedades. «Métodos tradicionales con materiales actuales», añade Yusta Bonilla. «Hemos descubierto que había mallas debajo porque se caían los revoques, la pintura para enlucir la estructura. Las bóvedas habían sido construidas con encofrados de madera que eran visibles. Las saneamos y aplicamos capas de mortero de cal que es más transpirable».

Idéntica minuciosidad merecen la cubierta, el baldaquino, las verjas. O los capiteles, nada menos que 440, sometidos a un proceso de limpieza tras años acumulando polvo en cada imposta, cada espacio plano, cada oquedad. «Empleamos para limpiarlos esponjas y una solución de agua con alcohol, para que la evaporación sea más rápida y la piedra no se empape», relata. Los operarios -45 sólo a sus órdenes- son auténticos maestros: canteros, restauradores, herreros especializados en la rejería... «La mayor parte del presupuesto la consume la mano de obra», resume.

Entre las sorpresas que se han encontrado los arquitectos destaca la deformación de los arcos que dividen la bóveda a lo largo de la nave. «Se abrieron por el empuje que ejercía ésta. Alcanzan los 20 metros de altura, los muros son muy esbeltos y el edificio está construido sobre una ladera. Todo eso contribuyó a que el muro sur girara hacia afuera, hundiendo la bóveda. La reparación nos ha permitido descubrir tacos de madera y piezas de bronce para frenar esa tendencia. La prueba del carbono 14 sitúa esa intervención en hace al menos 300 años».

Seguridad frente al Covid-19

«Si podemos mantener los cronogramas, confiamos en que la obra esté acabada para 2021 -porfía Daniel Lorenzo-. Como la catedral ha estado cerrada desde la víspera de que se declarase el estado de alarma, los trabajos han ido a buen ritmo». Yusta Bonilla prefiere mostrarse más cauto y advierte que «hay trabajos que acumularon retrasos porque algunas contratas prefirieron esperar a que la emergencia sanitaria diese una tregua. Aquí se ha trabajado siempre con mascarilla y con buzo debido al polvo, incluso con pantallas cuando se hacen microproyecciones. Pero hay cosas que se tienen que hacer entre dos personas y así no se pueden respetar las distancias de seguridad».

El arquitecto pone como ejemplo la reparación del pavimento en el triforio, que ha obligado a cargar con pesadas losas de granito. Aún así es optimista. Mientras los operarios desmontan el andamio del transepto -el corredor que corta la nave principal, donde vuela el botafumeiro-, otra contrata se afana en devolver todo su esplendor a las pinturas del altar mayor, donde está la cámara que alberga la estatua del Santo, bruñida por los abrazos de millones de fieles.

Hasta que estallara la crisis del Covid-19, los peregrinos que seguían llegando a Santiago en oleadas no podían evitar un gesto de decepción. «Hombre, no es lo mismo ver la catedral en todo su esplendor que cubierta de plásticos y andamios», concede Daniel Lorenzo. Pero eso no impide que la gente haga cola para entrar, «y más en los últimos tiempos que no había liturgias que respetar». El Pórtico de la Gloria, encapsulado para que no le afecte el polvo de las obras, observa con resignación el trasiego incesante de trabajadores. Sabe que no hay mal que dure cien años y que saldrá de éste como un pincel.