Animales y humanos, ¿quién salva a quién?

12/06/2020

El contacto con otras especies mejora nuestra salud... y garantiza su futuro

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Quienes tienen pueblo han visto toda la vida a sus familiares ‘hablando’ con los animales. Para empezar, con los domésticos, que forman parte de su microcosmos vital: broncas a la vaca que tira de una patada el cubo lleno de leche, ánimos a la cabra que pare, palabras de cariño a los cerditos recién nacidos, frases de consuelo al animal enfermo... Para ellos no era ninguna locura ni una moda ‘hippie’, sino algo natural: al fin y al cabo, personas y ganado nacían y morían en la misma casa, a pocos metros de distancia. Esta ‘familiaridad’ también se extendía de alguna manera a los animales salvajes. «Qué querrá decirnos», se decía en el mundo rural cuando un pajarillo se posaba cerca y cantaba casi como exigiendo respuesta. Esa ‘conexión’ entre humanos y animales fue a menos, aunque sobrevivió de alguna manera en las infancias urbanas de hace décadas, que no andaban escasas de bichos y descampados. Hoy casi no existe.

¿Cuál es la principal consecuencia de esta pérdida? Que los humanos cada vez estamos más solos (la ‘soledad de la especie’, como la llaman los estudiosos de tema). Mal para nosotros... y también para los animales, que al sernos más indiferentes corren un mayor riesgo de no ser respetados e incluso de ir desapareciendo. Así lo explica el estudioso norteamericano Richard Louv en su último libro, ‘Nuestra llamada salvaje: cómo conectar con los animales puede transformar nuestras vidas y salvar las suyas’, todavía no editado en España. Según explica este experto –famoso por acuñar el concepto de ‘falta de vitamina N’ (de naturaleza) en las personas–, estrechar nuestros lazos con los animales «mejora nuestra salud mental y física». Y no se refiere sólo a los aspectos más conocidos de esa relación, como las terapias con animales para distintas dolencias y trastornos –por ejemplo, caballos y perros para los niños con autismo–, los beneficios de tener una mascota o el ‘alquiler’ por horas de gatos en Japón para dar y recibir cariño. Louv subraya la importancia de ‘reconectar’ también con los animales que viven en la naturaleza.

De hecho, invita a hacer lo siguiente: sentarse en un lugar, en medio de un entorno mínimamente natural (un ‘sit spot’, algo así como un mirador o un punto de observación), y esperar. Quietitos y con paciencia. Enseguida veremos que se nos acercan pájaros, insectos volando... y, si hay suerte, más animales. Y pone como ejemplo las ranas. Si te sientas junto a un estanque, al principio todas se esconderán. Pero, si no te mueves y observas, muy pronto verás cómo van saliendo de su escondrijo y empiezan a saltar. ¿Por qué hacer esto, que parece un juego de niños? «Nuestras relaciones con seres no humanos pueden tener un impacto profundamente positivo en nuestra salud y en nuestro sentido de la integración en el mundo», asevera.

Como apoyo para esta tesis, en su libro incluye las experiencias de varias personas que han tenido encuentros con animales salvajes y han quedado ‘marcadas’ de alguna manera por ellos. La del ecologista marino Paul Dayton es una de sus preferidas. Este hombre estaba buceando en la costa de Washington en los años sesenta. De repente se topó con un pulpo enorme que le ‘abrazó’ y empezó a asfixiarle. Él forcejeaba con todas sus fuerzas, pero no podía librarse de los tentáculos.Entonces, en un alarde de sangre fría, dejó de luchar. En ese momento, el pulpo relajó la presión y le soltó. Se miraron. Dayton dice que el animal clavó los ojos en él «con curiosidad»... y casi con arrepentimiento. De hecho, luego nadaron juntos amistosamente un rato. «No soy religioso, pero sí sentí una conexión espiritual. Es de las cosas más chulas que me han pasado en la vida», relató Dayton. El propio Louv describe su encuentro en Alaska con un zorro, que le acompañó durante buena parte de un paseo. «A lo mejor me estaba diciendo que prestase atención», indica.

Cuervos curiosos

Según el autor del libro, lleno de experiencias de este tipo y de testimonios de investigadores que estudian el lenguaje de los pájaros o la comunicación con mascotas, teólogos y hasta chamanes indígenas, sólo un cambio en nuestra actitud hacia los animales preservará «la vida en la Tierra». Y eso pasa por conocerlos mejor. Por ejemplo, los cuervos sienten una curiosidad parecida a la nuestra –son muy cotillas–, hay elefantes que quitan los dardos tranquilizantes a sus amigos, hay delfines que han ayudado a náufragos, mamíferos que han cuidado de niños perdidos (sí, Tarzán no es un personaje tan fantasioso), perros que recorren grandes distancias para encontrarse con su dueño... Desconocemos aún las emociones de las criaturas con las que compartimos el planeta, aunque los estudios en este terreno «están aumentando exponencialmente», asegura Louv. Por ejemplo, un equipo de la Universidad de Cambridge colocó a un grupo de vacas en un corral donde había una palanca. Si la apretaban correctamente, podían salir a un campo lleno de suculentos alimentos. Y los investigadores observaron señales de alegría cuando las vacas consiguieron entender el truco, como el aumento de su ritmo cardíaco. Se parecen a nosotros más de lo que pensamos y eso puede ayudar a que les respetemos más.

Y, además, ellos nos devuelven el favor. Un ejemplo muy reciente: durante el confinamiento ha aumentado de forma espectacular el ‘birdwatching’, la observación de aves. El mayor silencio en las ciudades y el descenso de la actividad humana animó a los pájaros a acercarse a núcleos habitados y a cantar, para sorpresa de muchas personas aisladas, que los disfrutaban desde casa como si nunca los hubiesen visto. Louv sostiene que no hace falta ponerse a rastrear pulpos y zorros. Todos hemos tenido alguna experiencia con animales que nos ha reconfortado. O, si no, conviene ir a buscarla: «Necesitamos vivir en simbiosis con ellos», resume.

Menos soledad y mejores resultados académicos

Estrechar el contacto con los animales tiene muchos beneficios. Uno de los principales, es que son un antídoto contra un mundo cada vez más dominado por la tecnología (Louv los llama «medios antisociales»), que hace que perdamos la curiosidad por lo que nos rodea. Por eso, según el escritor estadounidense, salir a la naturaleza sería ahora mismo un contrapeso necesario. «Ante una pantalla bloqueamos nuestros sentidos», indica. Y esta omnipresencia absorbente de la tecnología tiene una consecuencia clara: «Aumenta la soledad humana. Algunos médicos lo describen ya como una epidemia que hasta puede superar a la obesidad como primera causa de muerte temprana», ha manifestado el autor en la radio pública de EE UU.

Lo que más le inquieta es que la soledad no afecta más a la gente mayor, como cabría pensar, sino a los jóvenes. «¿Qué dice de una sociedad el hecho de que, cuanto más joven seas, más solo estés? –se pregunta–. Estamos desesperados por no sentirnos solos en el universo, buscando al Big Foot o vida inteligente en otros planetas... ¡Y en realidad no estamos solos!». Estamos rodeados de animales, de naturaleza, y según Louv debemos aprovechar lo que nos brinda: existen evidencias de que los mejores alumnos son los que tienen una «mente híbrida», que conjuga las habilidades tecnológicas con el funcionamiento a pleno rendimiento de sus sentidos en el mundo real. Si solo se desarrollan las capacidades tecnológicas, ciertos sentidos especiales se «atrofian», alerta.