Kim Pérez fue la primera mujer transexual que se presentó como candidata municipal. / gonzález molero

Adiós al diván y las hormonas a la fuerza

Los más de 50.000 transexuales que hay en España quieren dejar atrás sus traumáticas metamorfosis. Dos de ellas cuentan sus trances más amargos

Antonio Paniagua
ANTONIO PANIAGUA Madrid

El día más feliz de Carmen García de Merlo ocurrió cuando salió de su piso por primera vez vestida de mujer. Con pantalones ceñidos, una peluca larga y 54 años se plantó con ropa femenina en la calle. Después de medio siglo de culpas, depresiones, un matrimonio, dos hijos, un divorcio y alguna tentación suicida, García de Merlo dio un giro a su vida. Un lustro después de aquella decisión, esta diplomada en Enfermería y Licenciada en Derecho preside el Colectivo de Lesbianas, Gais, Transexuales y Bisexuales de Madrid (Cogam). Su decisión le ha costado la incomprensión de la familia e incluso el alejamiento de sus hijos. «Al pequeño no le he vuelto a ver desde el día en que me divorcié; ahora el mayor empieza a hablarme», asegura García.

Nacida en Valdepeñas (Ciudad Real), García de Merlo se ponía con cuatro años las prendas de su hermana, lo que le valía las recriminaciones de la familia, y la obligaba a meterse debajo de la cama. Siguió vistiéndose de chica a escondidas. Un día, con once años, se miró delante del espejo y se dio cuenta de que algo no cuadraba y le producía desazón. «Me sobraba lo de abajo, lo que tenía entre las piernas». De joven pensó cambiarse de sexo, pero estando en Barcelona unos días en compañía de lo que entonces se llamaban travestis, se percató de que si seguía el mismo camino le esperaba una vida abocada a la prostitución o el espectáculo de baja estofa.«A finales de los ochenta, en el mundo trans había mucho sida, palizas y chicas que se dedicaban a prostituirse para sobrevivir. No era lo mío».

Carmen García de Merlo, presidenta de la Cogam. / R. C.

Convertida en una activista, García se muestra incrédula por las advertencias agoreras que predicen que la 'ley trans' traerá un sinnúmero de problemas, entre ellos el borrado de las mujeres, como argumentan algunas feministas clásicas. «Trabajo como experta en prevención de riesgos laborales del Ayuntamiento de Madrid, donde están empleadas, incluidos los organismos autónomos, 27.000 personas. Pues bien, en toda esa plantilla solo hay tres personas transexuales: dos mujeres y un hombre. ¿Qué incidencia tiene eso en la estadística?», sostiene.

Es muy difícil saber el número de transexuales que hay en España. Según Carla Antonelli, diputada del PSOE en la Asamblea de Madrid, en el país existen más de 50.000 trans, cifra que saca de la extrapolación de una investigación de Países Pajos. Para la OMS, los trans son entre el 0,3% y el 0,5% de la población mundial.

García de Merlo pronto se entrevistará con la vicepresidenta primera del Gobierno, la socialista Carmen Calvo, quien pone serias objeciones al anteproyecto redactado por el Ministerio de Igualdad, en manos de Unidas Podemos. Calvo considera que no basta la mera expresión de la voluntad para ejercer la autodeterminación del género. Para la presidenta de Cogam, las cosas son más sencillas: «Si soy una chica y ya no me consideran como antes una trastornada, no necesito veinte papeles para demostrarlo».

Cambio de nombre

Desde 2007, cualquier ciudadano puede cambiar en España el nombre y el sexo en su DNI sin necesidad de pasar por el quirófano. La norma en ciernes permitirá hacerlo solo con una «declaración expresa» de la persona, de modo que no serán preceptivos informes médicos o psicológicos ni un tratamiento hormonal de dos años, como ahora se exige. Con esta medida, se intenta «despatologizar» la transexualidad, en coherencia con lo que establece la OMS, que ha dejado de catalogarla como un trastorno mental.

Kim Pérez fue la primera mujer transexual de España que se presentó, en 2007, como candidata a unas elecciones municipales. Esta profesora de Ética jubilada sale ya muy poco de casa. A sus 79 años le duelen las piernas y anda con muchas dificultades. Su escasa movilidad la compensa con una mente lúcida, ahora absorta en investigar sus ancestros judíos. «A los 12 años me sentía inadaptado a la genitalidad masculina, mi cerebro no estaba preparado», asegura Pérez. «Los psiquiatras no tenían ni idea, yo les contaba mi caso y esperaba con ansiedad sus respuestas, pero al final, me decían: bueno tómese estas pastillas».

En Granada, donde vive, Pérez se sintió aceptada y acompañada cuando en 1991, a los 50 años, decidió asumir su nueva identidad. Ayudó mucho que Kim Pérez trabajara en un centro escolar que adoptaba la forma de una cooperativa de enseñanza. «Yo era socia y tenía mi puesto de trabajo; si me hubieran echado, tendrían que haber afrontado un buen número de pleitos».