Nuestra tierra, nuestra gente

30/05/2020

«A lo largo de los años se forma un fondo común de innovaciones técnicas y sociales que ayudan a la gente a vivir con cierta seguridad, dignidad y hasta la manera de divertirse en música y coplas que vienen de antaño»

Estamos acostumbrados a medir el nivel cultural de un pueblo por el número de bibliotecas visitadas aunque las utilicen más los estudiantes en época de exámenes que lectores en busca de diversión o conocimiento, por el número de exposiciones, al año, en museos o por las salas de conciertos construidos de los que los políticos sacan pecho, al inaugurarlos en vísperas de elecciones, sin detenerse a pensar que ya los hay en ayuntamientos limítrofes a no menos de 10 minutos o 15 kilómetros de distancia. Pero el término es mucho más amplio que las fanfarrias y voladores inaugurales. Porque cultura se define, desde el principio de los tiempos, por la acumulación de sabiduría local, destrezas, normas compartidas y la capacidad cognitiva de cooperar los unos con otros. Así que cultura, en nuestra realidad isleña es, por ejemplo, la capacidad inventiva de los campesinos para construir traperas con los retales sobrantes de las costuras, como mantas, para abrigarse en invierno, las zaleas pieles de ovejas curtidas para proteger los colchones, saber echar el chinchorro a la hora en que hay más peces o la sabiduría de las abuelas de antes de en que luna había que echar a las gallinas cluecas para una lograda empolladura.

A lo largo de los años se forma un fondo común de innovaciones técnicas y sociales que ayudan a la gente a vivir con cierta seguridad, dignidad y hasta la manera de divertirse en música y coplas que vienen de antaño. En el prólogo de la obra Cultura y Natura de las Islas Canarias el catedrático de la Universidad de Harvard, Juan Marichal, escribe «... las Islas Canarias han sido tierra de cruce y convivencia de diversos grupos humanos». Y advierte de que. «... las dos últimas décadas han alterado considerablemente el equilibrio (...) entre puertos y entrañas insulares». Evidente que esta advertencia ha cobrado mucha más importancia en los años anteriores y posteriores al presente milenio. Entre otras razones porque esas «entrañas» insulares de las que habla el profesor han perdido importancia en favor de esa cultura única en favor de la globalización de la que habla el historiador Noah Harari en, Sapiens, uno de los fenómenos editoriales de los últimos años. Nada nuevo porque ya lo había anunciado el sociólogo y profesor canadiense Marshall MacLuhan, en la década de los setenta cuando anunció que entrábamos en la aldea global, una era similar a la periclitada Edad Media. Thomas Jefferson describe algo que es común a todos los hablantes del mundo: «quien recibe una idea mía, recibe instrucción sin disminuir la mía; al igual quien enciende de su candela con la mía, recibe su luz sin oscurecerme a mí». Comunicada a través del lenguaje, el deje y el habla parte de nuestro acervo cultural contenido y aprobado por los diccionarios de la lengua. A veces no entendido por otros que vienen de fuera que, en cierta ocasión, estuvo a pique de condenar a un inocente. Resulta que un determinado juzgado convocó, como testigo en una causa, a un vecino de nuestras medianías isleñas. En un momento de la declaración y respondiendo a una de las preguntas del juez nuestro hombre, antes de centrarse en la pregunta dijo «si le digo le engaño». Tuvo que intervenir un abogado para explicar a su señoría el significado de ese termino en el habla popular canaria. Responde al tradicional carácter de la mujer y hombre canario de falta de asertividad y temor similar a «a no me atrevo a hablar por si acaso le ofendo».

El teniente alcalde de la ciudad de La Laguna, Santiago Pérez escribió, en un artículo publicado en el periódico CANARIAS7 que «su gente» no era, para nada, la que revindicaba para sí Ana Oramas. La diputada de Coalición Canaria, mujer que parece brava, en cada intervención en el Parlamento, cuando canta las verdades al barquero, en cuestiones canarias pero cuyo ideario político, no dista mucho de cualquier partido que defiende la autonomía regional y mantenimiento del estatus quo actual. Todo lo contrario del presidente de su partido, Fernando Clavijo, que antes de ser elegido presidente de Canarias, manifestó a un periódico de Tenerife (ahí está la hemeroteca para corroborarlo), que era partidario de un estado libre asociado, similar al de Puerto Rico, para las Islas Canarias. El significado nunca es univoco. Las palabras tierra y gente tiene distinta acepción según la emplee un político con vocación centralista, jacobina que teme la disgregación de su concepto de nación única, indivisible y que en el Estado español significa perpetuar, sine día, por generaciones, la Constitución de 1978. Todo lo contrario que los partidos con vocación federal, confederal o propuestas de cambios en el modelo de Estado. Estas últimas interpretaciones postulan y defienden que, en ciertas regiones, más las que son islas de ultramar o ultra periféricas, existen rasgos diferenciales que le son propios por condiciones de territorialidad, historia, carácter y lenguaje de su gente cuyo ejemplo, en Canarias, queda patente en la anécdota del testigo judicial descrito arriba. Un perspicaz observador deduce, por el tono de voz y lenguaje del cuerpo de un político o política que apela a la singularidad de un territorio y la gente que lo habita el eufemismo de que lo que, en realidad, quiere decir es nación o patria. Que, aunque sustantivo femenino, significa país del padre, de donde procede tierra natal, de los antepasados. Lugar apegado a la tierra, a las raíces. Que no olvida al pasado del que Carlos Fuentes escribió «no hay futuro vivo, con pasado muerto». Trufado de nostalgia por la patria chica. La de Ulises que se disculpó ante la diosa, en su vano intento de retenerle y con la que convivió, durante diez largos años, rodeado de una vida de placeres, vino y rosas, pero el héroe griego ya tenía la firme decisión de volver a Ítaca, su genuina y primitiva y patria: el hogar, la familia, los amigos con los que tomar, juntos, una libación de miel o una copa de vino caliente y con los que, de chico, compartió juegos. El regreso a lo que el poeta Rainer María Rilke se refería cuando dijo que «la única patria que hay es la infancia».