Pinos que hablan de Timanfaya

31/01/2018

La erupción de Timanfaya, entre 1730 y 1736, está reflejada en los pinos centenarios de los Pirineos. Casar las anomalías químicas en sus anillos de crecimiento con la fecha de esta erupción sirvió para asociar «otros picos» con distintos eventos volcánicos y concluir que los bosques viejos son «vigías de los cambios biogeoquímicos a nivel global».

La gran erupción de Timanfaya está considerada una de las más importantes de la era moderna no solo por su duración, seis años, sino por la gran cantidad de materiales que expulsó. De la magnitud de la lava que emitieron los volcanes de Timanfaya entre 1730 y 1736 -entre tres y cinco kilómetros cúbicos, según los últimos cálculos- da buena cuenta el paisaje de Lanzarote. Pero, hasta ahora se desconocía que los elementos químicos emitidos a la atmósfera también habían dejado huella, pero no en la isla, sino en los bosques de los Pirineos.

El rastro de aquella gran erupción está registrado en los anillos de crecimiento anual de los pinos centenarios de Pirineos, aquellos que desde el centro del tronco hacia afuera se van formando año tras año y que permiten saber cuán antiguo es un árbol. Allí un equipo internacional de investigadores, liderados por el Centro Tecnológico Forestal y de la Madera (Cetemas) de Asturias, el Instituto Pirenaico de Ecologia (IPE-CSIC) y la Universidad Pablo de Olavide, se encontraron con que la madera de aquellos pinos centenarios, situados a más de 2.000 metros de altitud, presentaba anomalías químicas en sus anillos de crecimiento, que, después de hacer un rastreo histórico, comprobaron que coincidían en el tiempo con los seis años que los volcanes de Timanfaya estuvieron en erupción.

Pinos que hablan de Timanfaya

«Para nosotros fue una sorpresa porque no esperábamos encontrar algo así», reconoce Andrea Hevia, investigadora del Cetemas y primera autora del estudio gracias al que se ha logrado revelar el papel de los bosques pirenaicos como fuente de información sobre los cambios biogeoquímicos ambientales a nivel global y que recientemente ha publicado la revista Science of the Total Environment. «Era una señal que se veía más que cualquier otro registro y que nos estaba contando algo», explica la ingeniera de montes al referirse a la erupción de Lanzarote, que asegura que los árboles proporciona «una ventana temporal muy grande», de ahí la enorme importancia de estudiar los ejemplares centenarios en bosques viejos para observar los cambios que han experimentado durante siglos.

En concreto, las cenizas y gases que emitió el Timanfaya hace más de dos siglos produjeron un incremento de hierro en los anillos que quedó reflejado, año tras año, entre 1730 y 1736, modificando hasta 10 veces su presencia en el composición química normal del árbol.

Viaje en el tiempo

El estudio de los pinos centenarios de los Pirineos va mucho más allá de la huella que les dejó la erupción de Timanfaya. Viene a demostrar que los árboles recogen los efectos de la contaminación atmosférica, las erupciones volcánicas y el cambio en los ciclos biogeoquímicos del planeta.

Jesús Sánchez-Salguero, investigador de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla y coautor, junto a Andrea Hevia, Julio Camarero (IPE-CSIC) y Emilia Gutiérrez (Universidad de Barcelona), entre otros investigadores, explica que, por primera vez, se puede demostrar a escala anual y estacional que los ciclos biogeoquímicos de los árboles están relacionados con el incremento de la temperatura y de la movilidad de los nutrientes. Una novedosa metodología que permite, sin técnicas destructivas, analizar el contenido químico de la manera asociado a cada año de crecimiento (dendroquímica). Así se podrán conocer los cambios atmosféricos durante cientos o miles de años.

Para Sánchez-Salguero, «preguntar a la madera de los árboles, es como viajar en una máquina del tiempo, porque a través de la dendrocronología se puede aprender sobre lo acontecido hace cientos de años, por ejemplo la erupción de Timanfaya».