Hornos de pez

07/10/2018

Salvador Miranda Calderín, director de la Cátedra del Régimen Económico y Fiscal de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, escribe sobre los usos tradicionales que se daban en las islas a la pez y la evolución de los mismos con el paso del tiempo.

La pez, resina o brea es un producto que se extraía de la madera de los pinos y que se empleaba principalmente para calafatear los barcos, impermeabilizar las cubiertas de las casas, estanques y canales de agua. En Canarias fueron los pinos de mayor porte y edad, los que tenían ya ateado su corazón, los que sufrieron el importante menoscabo que les ocasionó una actividad extractiva notable que fue un elemento dinamizador de la economía de las Islas en los siglos XV, XVI y XVII, puesto que el viscoso, negro y resinoso producto, debidamente protegido en torales de madera, se exportó a África, Europa y América.

En Gran Canaria los topónimos Los Llanos de la pez, y la presa de Los Hornos, ambos lugares en la cumbre, flanqueados en las alturas por el Roque Nublo y El Campanario, y el de la Montaña de los hornos, en el pinar de Inagua, recuerdan esta labor, protagonizada por los pegueros, que permanecían durante meses en el interior de los pinares más tupidos, instalados en campamentos que eran conocidos con el nombre de peguerías. Los maestros en este oficio, al igual que ocurrió con la producción azucarera, actividad económica principal en los siglos XV y XVI, provinieron de Portugal y de la isla de Madeira. A los pegueros se refieren los documentos de la época con notas despectivas: «portugueses y bergantes», por su condición de extranjeros, el destrozo que causaban en los montes y los conflictos que ocasionaban cuando bajaban a las poblaciones después de pasar aislados más de un mes en las montañas.

Me acerqué a esta tarea al estudiar las fuentes de financiación de los concejos o cabildos insulares en el s. XVI y XVII, constatando que en 1498 el concejo de Tenerife obtuvo la autorización real para crear el arbitrio sobre la pez, que gravó inicialmente con 5 maravedís el quintal de brea producido con autorización del concejo, incrementándose en 1512 a 10 maravedís el quintal (46 kilos). Los regidores de Tenerife y La Palma estuvieron siempre divididos entre los que preferían la conservación de los montes y, por tanto, la prohibición de las peguerías y los que consideraban que la pez era necesaria no solo para la exportación a Europa y los consecuentes ingresos que suponían a las Islas, sino también para la construcción de casas y barcos, por lo que no se podía prohibir la actividad. El equilibrio se encontró reduciendo a dos los hornos de brea que se podían explotar al mismo tiempo y a la alternancia de las bandas del Sur y del Norte para que se recuperara el pinar, aunque ilegalmente se explotaron siempre muchos más hornos.

Estudio de las actas

El seguimiento de este curioso esfuerzo extractivo puede hacerse con todo lujo de detalles en las actas del concejo de Tenerife en el Archivo Municipal de La Laguna, labor que efectué para la redacción del Tomo II de la obra Orígenes y evolución del Régimen Económico y Fiscal de Canarias (2018), dedicado al estudio de la Hacienda local en los siglos XV y XVI. En él relato muchos pormenores de la extracción masiva de la pez en las islas realengas de Tenerife y La Palma, incluso antes de sus respectivas conquistas en 1496 y 1493, gracias a la existencia de los llamados bandos de paces, esto es, de los reinos guanches en que se dividía el territorio de esas dos islas que habían llegado a conciertos comerciales con los castellanos, que los diferenciaba de los denominados bandos de guerra. Los menceyes, sobre todo del Sur, permitían y colaboraban en la extracción de la resina a cambio del intercambio en un incipiente comercio. Durante la conquista de Gran Canaria hay constancia documental del pago del quinto real por la pez que se extraía en Tenerife y La Palma.

Una vez convertida en 1498 la brea en fuente de financiación para los dos concejos de las islas realengas occidentales, ha quedado referencia de quiénes fueron los arrendatarios de la renta, el precio que anualmente pagaban, los lugares en los que se les permitía construir hornos, así como del sempiterno dilema entre permitir y prohibir la actividad. El caos en su control y la profusión de hornos ilegales hizo que los regidores laguneros cambiasen transitoriamente la regulación de la actividad, siendo el concejo el que instauró transitoriamente en 1553 y 1554 un nuevo modelo de explotación, en el que Juan Albertos Guiraldín fabricó mil quinientos quintales de pez, que el concejo adquirió para luego comercializarlos con un sello especial en los torales, de tal forma que los que no tuviesen la marca se entendían como de procedencia ilegal. Por su complejidad rápidamente se volvió al tradicional régimen de arrendamiento anual al mejor postor. Se arrendaba la renta, esto es, la gestión del tributo de 10 maravedís por quintal de brea, de tal forma que el arrendatario se encargaba de cobrar el tributo, cuyo importe hacía suyo, a cambio de satisfacer el precio anual estipulado al concejo, previo el otorgamiento de las fianzas oportunas. Si no lo satisfacía acababa con sus huesos en la cárcel concejil de La Laguna.

Documentación

Sin embargo, en Gran Canaria no existió la renta de la pez, al menos no he encontrado constancia documental de ella en los siglos XV y XVI, a pesar de que el modelo hacendístico del primer concejo insular de las islas realengas fue el que se siguió en las dos restantes. Los dos motivos principales, en mi opinión, de que no existiese esa renta en Gran Canaria fueron: 1º) que los montes, a diferencia de los de Tenerife y La Palma, no pertenecieron al concejo, sino a la Corona, y 2º) la preponderancia de la producción de azúcar sobre la extracción de pez en la isla, ambas actividades necesitadas de madera para mantener en funcionamiento sus calderas y hornos, y reguladas por los regidores, en su mayoría productores azucareros que protegían sus propios intereses.

Echo en falta cualquier tipo de documentación en la que conocer qué ocurrió con la producción de brea o pez en esta isla en los siglos XV y XVI y cómo se reguló su extracción. No obstante hay dos realidades incuestionables: a) que también se explotaron hornos de pez en Gran Canaria, siendo su prueba más categórica los numerosos hornos de brea que salpican su geografía en el entorno de los pinares y b) que se exportó el producto desde el refugio de Las Isletas hasta los continentes africano, europeo y americano. A través de los protocolos notariales comprobamos la existencia de numerosos pleitos relacionados con la pez en esos dos siglos, pero casi siempre consta en ellos el nombre de algún vecino de Tenerife, como si estos (junto a los portugueses) hubiesen sido siempre los expertos en el arte de extraer la pez de la resina de los pinos canarios o en comerciar con ella. También de la exportación hay amplia constancia en los protocolos de los escribanos, que señalan las fechas, cantidades y precios de la pez que se envió a los puertos africanos, Cádiz, Sevilla, Italia, Portugal, Cabo Verde y las Indias.

Los hornos de brea o pez están construidos toscamente en las laderas de los montes con cierta inclinación. Consisten en una construcción principal en forma circular u ovalada de muros de piedra seca, a cielo abierto, de unos 2,5 metros de diámetro y altura cercana a los 4 metros. Allí se echaba la madera ateada de los pinos a la que se prendía fuego. Esta primera rudimentaria edificación estaba unida subterráneamente con un pequeño canal a una segunda construcción cerrada o cocedero, mucho más pequeña, de unos 1,5 metros de diámetro y altura, al que llegaba la resina candente y donde se cocía durante veinticuatro horas, hasta que se solidificaba en un negro y compacto bloque de pez, de unos 46 kilos de peso, que una vez enfriado se transportaba en torales de madera hasta los lugares en que se consumía o hasta el puerto de Las Isletas para su exportación, como ha estudiado, entre otros, Lobo Cabrera (2008).

Inagua

La mayor concentración de hornos de brea en Gran Canaria está en la montaña de Inagua, también conocida por el topónimo de Los Hornos, en la parte superior de la casa forestal que alberga el Aula de la Naturaleza de Inagua (en el suroeste de la isla). Desde allí sube un sendero en dirección oeste (hacia la izquierda, hasta la cima de la montaña, que termina en un vertiginoso cortado frente a Veneguera y Tasarte), en el que podremos ver a la derecha, y tras diez o quince minutos de ascenso, un primer horno de brea. Una vez en la parte superior del sendero, junto a unas antenas, girando hacia el este (hacia Pajonales, en dirección contraria a la que subimos) veremos los mayores y mejor conservados hornos de la isla, justo en la vertical del Aula. También existen hornos de pez en Tamadaba, Tauro, altos de los Berrazales en el valle de Agaete, Valsequillo y en las cercanías del Roque El Saucillo, muchos de ellos cubiertas aún sus paredes interiores de brea. Reconozco que al menos yo no he podido documentar su existencia en los siglos estudiados: quiénes y cuándo los construyeron, y si contaron con licencia del concejo o de la Corona. La falta de documentación del concejo de Gran Canaria por el saqueo de Van der Does en 1599 y el posterior incendio de las casas consistoriales en 1842 nos han impedido obtener la misma copiosa documentación hallada en el archivo lagunero sobre los hornos de Tenerife. No obstante, la fragilidad de las construcciones visitadas me hace opinar que los hornos grancanarios que han quedado como mudos testigos de esta curiosa actividad extractiva no se remontan a los siglos XV y XVI, sino que se construyeron con posterioridad. De los primitivos posiblemente no queden restos visibles.

Zonas delimitadas

En Tenerife existen muchos más hornos de pez y su tamaño es más grande, hasta 5 metros de diámetro, en consonancia con la mayor importancia económica que tuvo esa labor, corroborada por la amplia documentación consultada y el trabajo de investigación realizado, entre otros, por Viña Brito (2001 y 2008). Están ubicados en nueve zonas bien delimitadas, siendo las que más albergan hornos las de Abona y Agache (35), en la zona sur.

Las tres islas realengas se convirtieron en un punto importante de exportación y, a su vez, de aprovisionamiento de pez, puesto que era un producto necesario para los navíos que cruzaban el Atlántico. Con toda seguridad que la carabela La Pinta de Colón, que tuvo que regresar de la punta de Sardina a Las Isletas en 1492, fue convenientemente calafateada con pez de la isla o de la que se traía de las peguerías de Tenerife y La Palma, antes de su viaje de descubrimiento. Producto que también utilizaron otras expediciones notables, tanto españolas como extranjeras, que no solo reparaban sus navíos en nuestros puertos, sino que también acopiaban brea para una mayor seguridad en su larga travesía atlántica.

Junto a la eras y bancales de piedra que atestiguan el uso agrícola de nuestras montañas, los pozos de nieve y los hornos de brea corroboran el ingenio de nuestros antepasados después de la conquista castellana. La actividad extractiva de la pez en Canarias se explotó de forma irracional hasta que a mediados del s. XVIII las reales sociedades de amigos del país trajeron de Vascongadas técnicos especializados que enseñaron cómo extraerla sin necesidad de cortar y quemar los pinos, practicando sencillamente una hendidura en el tronco por donde iba goteando la resina. Recuerdo de ello era la gran cicatriz que lucía el centenario pino de Pilancones, en Gran Canaria, antes de sucumbir a los avatares del tiempo en enero de 2008. ¡Cuántos pinos se hubiesen salvado de la quema en Canarias si hubiese llegado antes la Ilustración!

Precio

El precio de la renta de la pez osciló en el concejo de Tenerife entre 150.000 y 370.000 maravedís en la primera mitad del s. XVI, mientras que en la segunda mitad ascendió puntualmente hasta 600.000 en 1555 y 1556, bajando con posterioridad a menos de 200.000 maravedís. En la segunda mitad de ese siglo ya se constata un menor interés de los regidores laguneros hacia la pez, siendo conscientes del deterioro de los montes, prohibiendo a los arrendatarios de la renta y a los pegueros talar pinos para quemarlos, permitiendo solo recoger la leña ateada de los previamente caídos. Esa prohibición afectaba a los adjudicatarios de la renta, pero no a las muchas peguerías ilegales que existieron durante todo ese siglo, que por su condición no atendían a norma alguna.

En el capítulo de curiosidades señalar que inicialmente la extracción de pez en Tenerife estaba solo permitida a los vecinos de la isla o los que tomasen vecindad en ella, siendo pocos años después posible únicamente a los que fuesen a construir su propia casa.

En cabildo de 10 de diciembre de 1526 del concejo de Tenerife se dio una curiosa relación entre la pez y las perdices y liebres, dado que se obligaba a que cualquier barco que cargase pez de la isla tenía que haber traído previamente diez pares de perdices y dos pares de liebres vivas para fomentar así la repoblación de la isla. Nos quedábamos sin pinos, pero al menos se repoblaban los montes con saltarinas liebres y coloridas perdices.