El techo se desmorona sobre Luz Marina

03/12/2018

Reside hace un año en una vivienda semiabandonada de La Isleta y antes lo hizo en su antigua furgoneta, a la que echa de menos cada día por la sensación de independencia que le ofrecía. Hace una década que solicita al Ayuntamiento una casa.

El techo se desmorona cada noche sobre Luz Marina Hernández. No es una metáfora, es la cruda realidad de esta mujer de 66 años que hace 10 años vio como perdió su negocio, su hogar, pero nunca la dignidad. Esa década ha sido un tortuoso camino por instituciones solicitando una ayuda, una vivienda. Algo que aún no ha conseguido. Su última lucha, conseguir el vale de derivación para conseguir que el Banco de Alimentos le dé comida para este mes de diciembre.

Hoy, y desde hace un año, Luz Marina vive en el barrio en el que se crió. La Isleta. En una antigua casa terrera, propiedad de un matrimonio que le permite ocupar el inmueble, prácticamente derruido. Sin agua ni luz. Sin condiciones mínimas para su habitabilidad. Duerme en un colchón en el suelo, un pavimento cubierto por pequeños trozos del techo que cada día cae sin cesar dejando ya buena parte de las vigas a la vista.

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La vida de Luz Marina sufrió un violento cambio hace diez años. «Tenía un negocio y vivía en Arinaga, me encantaba estar allí porque me daba una sensación de paz tremenda. Pero cuando llegó la crisis perdí mi empresa y, por una cantidad de dinero muy pequeña, el banco me quitó la casa. Me arruiné y el banco me comió. Desde entonces he pedido ayuda a las administraciones, una vivienda al Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria, pero la respuesta que siempre me dan en servicios sociales es que no hay vivienda para mí», relata dentro del que hoy, a su pesar, es su hogar.

Este es un proceso que comenzó hace muchos años. Y que no ha conseguido cristalizar. «Ya en 2007 pedí la ayuda de vivienda y nunca me la han concedido, y la renuevo cada año. En la concejalía de distrito me hacen llevar todos los tickets de lo que compro en los supermercados para darme una ayuda para alimentos y ahora no me lo dieron porque dicen que tenía que volver a los supermercados y que me los firmaran los encargados», manifiesta antes de añadir que «el problema de las administraciones es que tienes que ir sucia, llorando, desesperada. Y no tengo por qué, aunque desesperada sí que lo estoy».

El techo se desmorona sobre Luz Marina

Su vida es compleja. Sí tiene una ayuda como dependiente, del Gobierno de Canarias, pero insuficiente para llegar a los mínimos necesarios para tener una vida normal. «Tengo la Ley de Dependencia y no puedo trabajar. Me tienen que operar dos veces al año de un problema de estómago que me hace sangrar hasta por la boca. Lo único que no me meten en el asilo porque estoy muy coherente, pero la solución no es el asilo», comenta.

Sus desventuras tienen un hilo conductor que una persona con las mínimas comodidades no podría comprender. «Al principio vivía en un furgón. Y lo echo mucho de menos. Allí tenía mi cama y mi cocina. E iba donde quería. Me gustaba estar en la carretera y pararme en sitios bonitos mirando al mar y me hacía la idea de que era la única superviviente en la tierra. Parece una chiquillada, pero siento una paz tan grande en esos momentos. En esta casa no. No tengo agua, luz. No tengo ventanas», asevera.

Por ello requiere de las instituciones otro tipo de ayudas. «Me mandan a un centro de día. Y he ido a Gánigo. Te das una ducha, un bocadillo, duermes y te hacen salir hasta las 20.00 horas. Qué hace una persona todo el día vagando por las calle», indica.

El techo se desmorona sobre Luz Marina

Prefiere la soledad de su actual residencia en La Isleta. Donde una radio es la única compañía deseada con la que cuenta. Porque también tiene otros invitados con los que no quiere convivir. «Estoy rodeada de ratas y bichos, me tienen toda mordida, de salir por la noche», apunta.

Luz Marina lleva un orden escrupuloso pese a sus circunstancias. Siempre impecable, duchándose con garrafas de agua que le cuestan un mundo traer hasta la casa desde los comercios.

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