Ángel Martín, en un plató de Movistar + / RC

El cómico descreído al que le cuesta reírse

Criado en las afueras de Barcelona, tiene un pie siempre al margen. Es un escéptico que renueva su fe en la comedia. Para concentrarse y llegar erguido a los 80 años, boxea. Le ayuda, dice, a esquivar los golpes

Antonio Paniagua
ANTONIO PANIAGUA Madrid

Ángel Martín (Barcelona, 1977) dice que lleva una vida aburrida, pero en realidad nunca cae en el tedio. Acaba de grabar la última entrega de 'Dar cera, pulir #0', que emite Movistar+. Este cómico, guionista y presentador forma con Patricia Conde una pareja mítica de la televisión, desde los tiempos en que se choteaban sin piedad de los espacios del corazón. Probó a ser pianista de música clásica y lo dejó. Cuando estudiaba arte dramático se hacía el intenso y el torturado. No encontraba su sitio, hasta que alguien le dijo que preparase un monólogo para Paramount Comedy. Fue entonces cuando se desvivió por la comedia, un género que modestamente quiere que brille con nuevos formatos. Lo intenta con su web solocomedia.com, adonde sube vídeos y 'sketches' audaces.

Lunes

6.00 horas. Soy muy madrugador, me levanto a las seis porque me da la sensación de que el mundo está apagado a esa hora y no hay mucho ruido. Esas primeras horas las empleo para leer y escribir. Las ideas están menos sucias y yo más descansado. Mis tres primeras reglas nada más despertarme son ducha, café y pasear a los perros. Es una religión. Sin ducha no me activo; sin café menos y si no saco los perros, mis dos pitbulls me pueden comer.

10.00 horas. Soy muy disciplinado. Por la mañana escribo guiones para Solocomedia, un portal de vídeos y 'sketches', y reviso textos. He logrado dedicarme a algo que me apasiona, de modo que la idea que tiene la gente del trabajo, un infierno de ocho horas diarias que te da dinero y llena de odio, me es ajena. Cuando trabajo estoy en modo ocio.

2.00 horas. No tiene pinta de que este verano me vaya a tomar vacaciones. En los últimos meses ni siquiera he tenido la opción de trasnochar. Ahora salgo a las dos de la madrugada de interpretar el monólogo '103 noches' en La chocita del loro y generalmente tiro para casa. En ese momento podría cerrar la Gran Vía de Madrid, porque está muerta, no hay nadie. Después de cada espectáculo me meto en una burbuja en modo autista. Necesito dos o tres horas de descompresión.

Martes

12.00 horas. El piano es la afición que más me atrae. A ella dedico las horas centrales del día. De muy joven toqué con mi padre en bodas, bautizos, comuniones, centros de la tercera edad y alguna que otra sala de fiestas. Esa experiencia me ayudó a enfrentarme al público y no tener vergüenza. Por aquel entonces había aprendido a tocar música clásica, pero interpretar lo que había escrito un muerto me aburría infinitamente. Cuando veía a mi padre yendo a bodas para tocar 'Cachete con cachete', pensaba: «a mí me divierte más eso». Me interesaba más descubrir las reglas para crear música, cosa que he empezado a aprender ahora.

14.30 horas. Cocinar quizá sea una espina clavada. Me gustaría aprender, pero no consigo ser constante, y eso que hay vídeos en YouTube de gente que hace cosas acojonantes. Ni mi chica ni yo cocinamos bien. Tiramos las cosas a la sartén para no comerlas crudas y que no nos sienten mal. No soy un tío que pueda presumir de invitar a la gente a cenar a su casa.

Miércoles

12.00 horas. Cuando alguien me conoce piensa que le voy a dar un corte y ser borde. Es terrible porque no soy así. Es cierto que esa apariencia de descreído con que me presento en la tele y los espectáculos es real. Ni siquiera he hecho el esfuerzo de crear un personaje, lo cual dice mucho de mi capacidad creativa. Puede que tenga que ver con que cuando empecé en la comedia era extremadamente inseguro, salía con una inseguridad brutal. Y eso se me ha metido en la sangre. No soy un tío que en casa sea desternillante, de hecho me cuesta mucho reírme.

17.00 horas. Hemos cerrado la temporada de 'Dar cera, Pulir #0'. La televisión me parece un medio muy interesante, pero está muy desaprovechado. No es verdad que yo odie la tele, como se dice. De hecho, es una herramienta que me apasiona, pero se ha convertido en un medio de hacer mucho ruido y ganar dinero, aunque a quienes presentan los programas no les llega tanto. La televisión en abierto es extremadamente aburrida y antigua. Si te pones a verla, no es difícil que te encuentres con el 'Grand Prix' con otros colores y ritmo.

Jueves

18.00 horas. Hago deporte en contra de mi voluntad. Sé que es inteligente practicarlo y la mejor manera de llegar recto a los 80 años. Dar con el boxeo fue una suerte porque me obliga a estar alerta mientras lo ejercito. Cuando estoy en el ring no puedo pensar en otra cosa que no sea cubrirme. Intento comer bien y tengo la suerte de que mi chica entiende de nutrición. Aunque cae más de un homenaje, procuramos no comer cada día pizza y hamburguesa.

3.00 horas. Duermo unas cinco horas al día. A no ser que esté extremadamente cansado, me cuesta conciliar el sueño. Duermo mejor por las tardes que por las noches, me resulta más sencillo. Me echo la siesta de verdad, no esa mierda de diez minutos a que acostumbraba Dalí. Dicen que sostenía un tenedor y, al entrar en duermevela, soltaba el cubierto. El ruido contra el plato le despertaba y ya se sentía renovado. Eso se lo dejo a él. Si me pego una siesta que nadie cuente conmigo en dos horas.

Viernes

18.00 horas. Las librerías coquetas y las tiendas de anticuarios me llaman la atención. Se agradece que alguien ponga mimo en su oficio. No obstante, hace tiempo que dejé de ir de tiendas. Era un comprador compulsivo; si de pronto me iba a comprar unas cajas de Nespresso, salía de la tienda con café, mil tazas, una cafetera nueva que hacía poco ruido, un mueblecito para colocar las cápsulas y un cubo para tirarlas. Un día mi chica dijo basta.

23.00 horas. Por la noche repaso los guiones. Cada año renuevo el texto, no puedo defender una broma si he cambiado de modo de pensar. El oficio de cómico se ha complicado desde que existen las redes y todo el mundo necesita puntuar lo que haces. Hoy en día te puedes levantar por la mañana, entrar en Twitter y encontrarte a gente diciendo: «Vaya basura que vi anoche». Y ya te quedas mal todo el día.