El historietista Carlos Pacheco en una tienda de comics. / rodrigo jiménez

Carlos Pacheco

José E. Cabrero
JOSÉ E. CABRERO Granada

Un día descubres que el lápiz te hace feliz y te pones a dibujar. La página en blanco es un reto, un abismo, el inicio de un camino tan terrorífico como apasionante. Trazas una línea, luego otra, luego otra más. Entonces surgen unos ojos poderosos, una mano fuerte, una escena que se revela como una vieja fotografía, como una escultura de Miguel Ángel, como un poema escrito en la servilleta de un bar. Eso es una vocación, a fin de cuentas: ocupar un lugar. Tu lugar. El sitio que hace que el engranaje funcione, que el mundo gire, que la sociedad avance en algún sentido. El lugar que hace esto -todo esto- más bello.

Otro día, más tarde, alguien descubre aquello que dibujaste y se queda allí a vivir. Lo hace suyo. Aquellas líneas se convierten en un recuerdo propio, en parte de la biografía del otro, y surge un lugar común. Un mágico e indestructible lugar común. Un refugio donde la rutina se para así, de golpe, con una onomatopeya, un bocadillo exacto y una viñeta que parece no tener fin. Los cómics -tus cómics- se convierten en andamio de un futuro infinito; en puente entre tú y todos los demás.

Joder, Carlos, que no te conozco de nada pero también eres mío. O yo de ti, no sé. Por eso, cuando he leído que tenías ELA he golpeado la mesa con fuerza, dolido. Me pregunto cuánta gente sabrá que sin ti ni los tuyos no existiría toda esta vorágine de películas y series de superhéroes Marvel o DC. Porque Carlos Pacheco es nuestro primer vengador y uno de los mejores dibujantes de cómics que ha dado España. Y esa maldita enfermedad, tan rara y tan presente, parece un chasquido injusto. Pero tú sigue. Coge el lápiz y dibuja. Porque ese es tu lugar. Porque así todo -todo esto- será más bello.