Reyes Martel Rodríguez

Una jueza muy humana

29/05/2017

La jueza Reyes Martel Rodríguez siempre tuvo clara su vocación. Estudió Derecho en la ULPGC y desde 2013 está a cargo del Juzgado de Menores número 1 de Las Palmas. En su despacho se amontonan papeles que analiza para dictar sentencias y establecer medidas que se ajusten «como un traje» a cada menor.

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En Canarias hay en estos momentos 1.000 menores sometidos a medidas judiciales y cerca de 1.900 en protección. A la orden del día, en mayor porcentaje, se encuentran los delitos patrimoniales, cometidos por menores provinientes de familias desestructuradas, pero también delitos de maltrato familiar de hijos hacia sus padres provinientes también de familias acomodadas, que aumenta poderosamente. La jueza Reyes Martel Rodríguez (Las Palmas de Gran Canaria, 1968) intenta, de manera desinteresada, reconducir la conducta de estos jóvenes, a los que ella define como «sus chicos y chicas».

Siempre tuvo claro que quería ser jueza y por ese motivo entró en la carrera judicial «con alevosía». «El derecho es la vida misma, todo lo que hacemos desde que nos levantamos por la mañana, cuando encendemos la luz o vamos al supermercado... todo es derecho y de ahí surgió mi interés», desgrana. Por ello, estudió Derecho en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC), estudios que compaginó con distintos trabajos hasta que empezó a prepararse las oposiciones a la carrera judicial.

Desde 2013 está a cargo del Juzgado de Menores número 1 de Las Palmas, su tierra. Antes estuvo en Rubí (Barcelona), en el Juzgado de Primera Instancia de Instrucción número uno y Registro Civil. Ahora su máxima preocupación «es defender lo que cree más justo» y sacar rédito de su trabajo por el bien de los menores. Por ello, saca tiempo de donde no lo hay para actividades complementarias a la labor de juez: hace ocho meses impulsó el proyecto #UP2U Depende de ti, un programa destinado a adolescentes y niños en situación de desamparo o sometidos a medidas judiciales. En su tiempo libre, cuando lo tiene, le encanta viajar, conocer gente y distintas formas de vivir o sumergirse en otras culturas. También le gusta escaparse a la Península a ver algún concierto.

La magistrada nos recibe para hacer una entrevista en su despacho, en el que se amontonan miles de papeles que estudia al detalle para dictar sentencia y establecer medidas que se ajusten «como un traje» a cada menor. Su presencia impone, una actitud que intenta trasladar sin titubeos a los chicos que han incumplido la ley. Pero al mismo tiempo deja entrever su otra cara: la de la sensibilidad de trabajar con niños. Niños que lloran, que se derrumban ante la juez y que, en la mayor parte de los casos, arrastran un sinfín de vivencias desgraciadas.

A menudo los jueces parecen personas distantes e incluso frías, pero bajo la toga hay una persona con sentimientos, ¿es muy difícil combinarlo cuando se trabaja con menores que delinquen?

Es difícil pero gratificante porque se consiguen resultados. Son chicos y chicas que llevan consigo una mochila cargada de unas circunstancias muy adversas y eso hace que tengas que fabricarte una coraza porque, aunque hablamos de niños que cometen infracciones, cuando llegan ante ti se derrumban. Normalmente mienten mucho menos que los mayores, aunque algunos lo hacen muy bien. Es complicado. A mí me gusta porque, además de impartir justicia, se puede obtener algún provecho para el menor. Es una oportunidad para que ellos, que son la sociedad del futuro, no sean un problema para ellos mismos ni para la sociedad. Trabajar aquí es adelantarse, consiste en pensar qué va mal, por qué y qué se puede hacer. A eso se le añade un plus que no encontramos en la justicia de adultos. Ahí también se habla de la reinserción social, pero en esos casos es más complicado que cuando trabajamos con niños porque, como decía mi abuelo: «el arbolito hay que enderezarlo cuando está tierno’»,y tanto que se puede enderezar.

Señala que es difícil, que tiene que armarse con una coraza, ¿le pesan los casos con los que trabaja?

Depende de qué caso. Lo que más me pesa es no poder actuar utilizando todas las herramientas para intentar darles una oportunidad. Cuando nos enfrentamos a condenas de chicos y chicas no les imponemos penas, sino medidas. En este caso, se hacen como un traje adaptadas a las necesidades de cada uno. Consiste en saber cómo se ha llegado a este punto, si necesita ocupar su tiempo de manera más saludable, cómo está en el ámbito formativo... Lo que se intenta con la medida, que va cambiando como un acordeón a lo largo de toda la ejecución, es que se corrijan esas circunstancias. Así, por ejemplo, si yo he impuesto una medida privativa de libertad, que es la más grave, si el chico o la chica va corrigiendo sus problemas se le tiene que devolver a la sociedad. Eso se hace de una manera gradual cambiando la medida. En muchos casos, se corrige la conducta y se deja sin efecto la medida y, además, el menor queda sin antecedentes penales. Pero también ocurre al revés, que la conducta empeora y hay que endurecer la medida. Uno de los grandes problemas de los juzgados de menores es que no hay recursos suficientes para dotar los programas de intervención.

¿Cuántos niños podrían salvarse de estas situaciones si su familia tuviese dinero? ¿El dinero marca la diferencia?

Hay una gran porcentaje de menores que llegan a la justicia juvenil que viene de familias desestructuradas, pero va incrementándose de forma geométrica el número de casos que nos llegan de menores de familias acomodadas. Por lo general, son infracciones penales distintas las que cometen estos menores y, entre ellas, a la orden del día, están los delitos de maltrato de los niños a los padres. El síndrome del emperador se da un día sí y otro día también en niños que crecen con todo, sin valorar nada. Esos niños a los que les damos un iPhone 7 cuando el padre tiene un Samsung; que los llenamos de regalos el Día de Reyes, en el cumpleaños... Lo que no me cansaré nunca de decir es que quizás hay una crisis de valores importantísima en la que los padres, y en eso me incluyo, vivimos con una vorágine de obligaciones que cuando llegamos a casa estamos tan cansados que ni podemos ni queremos escuchar nada que no sea desconectar. Pero es que si tienes un hijo y no lo escuchas te vas a perder muchas cosas importantes. La vida que llevamos es muy complicada para conocer a nuestros hijos. Ahora se vende que los padres somos más cercanos, que hablamos más con ellos y que los padres de antes no hablaban, pero... los padres de antes sí conocían sus hijos...seguían su vida más de cerca.

Entonces, ¿es más difícil ser padre ahora?

Mucho más. El sistema crea una serie de necesidades a padres e hijos y es un poco complicado salirse de la rueda. ‘Mira mamá es que fulanito tiene ya un móvil’, te dice tu hijo. ‘Tú no lo vas a tener’, le contestas tú. ‘Es que lo tiene toda la clase...’, te insiste. ‘Pues tú no lo vas a tener’, le repites. Y ahí empieza la lucha y podría poner mil ejemplos. Igual tendríamos que hacernos algún viaje a destinos no muy lejanos de Canarias en los que todavía existen ese tipo de valores que podemos rescatar: el respeto a los mayores, el saber que ellos aunque no hayan estudiado tienen una sabiduría de la que tenemos que aprender todos. El valorar lo que tenemos, simplemente el vivir todos los días.

¿Qué se puede hacer desde casa para atajar las acciones delictivas en menores?

Nos hemos apuntado a un carro de derechos del menor, pero tenemos que hacerles entender que también tienen obligaciones y una de ellas es obedecer a los padres. Y los padres tenemos que ser padres, no podemos ser colegas, Ha habido una corriente en la que por hacernos más chachis pensamos que nuestros hijos van a crecer mejor, pero no. Hemos ido de un extremo a otro. No tenemos que ser aquel padre al que solo con mirarte mal el niño se echaba a temblar, pero tampoco como ciertos padres de hoy que dan al niño de todo, muchas veces por quitárselos de encima: el mejor colegio, el mejor móvil, la mejor ropa. Pensamos que con eso vamos a conseguir que el niño crezca bien, pero tiene que haber algo más que eso. La familia tiene que aportar cariño, pero también disciplina y enseñar que hay que cumplir unas normas en la sociedad y las primeras que hay que cumplir son las de casa.

¿Una colleja a tiempo tiene algún tipo de valor pedagógico?

No vamos a sacarlo de contexto porque se malinterpreta. Yo no estoy a favor ni del maltrato al niño ni del maltrato a los mayores. ¡Faltaría más! Pero todos los que puedan ahora mismo echar la vista atrás recordaremos que si tu madre te dio una nalgada en el culo en un momento determinado no te pasó nada, o al menos eso creo yo. Insisto en que eso no se puede sacar de contexto, una cosa es el maltrato y otra, esto de lo que estamos hablando. No hay que tirar de la mano a la primera de cambio, pero cuando los niños crecen y van llegando a unas edades con estas conductas, se convierten en auténticos tiranos.

Usted es madre de un niño, ¿cómo influye su trabajo en su educación?

Es complicado porque a mí me ha costado un poco cambiarle esa visión que tiene la gente de un juez y dejarle claro que no utilice esa imagen en su propio beneficio porque seré la última que acuda a sacarle las castañas del fuego si se mete en un lío. Yo intento llevarlo a cosas en las que él pueda participar y en cuanto a cosas positivas que pueda contar, un día en el colegio le preguntaron que cuántos hermanos tenía y dijo: ‘yo hasta hace poco era yo solo, pero ahora tengo unos mil hermanos adoptados [el número de menores sometidos a medidas judiciales]’. En la cabalgata de Reyes, con la Casa de Galicia, los niños de los hogares de protección que mejores notas habían sacado participaron en las carrozas. Pregunté si mi hijo podía ir y fue, él iba feliz con sus amigos, por los que, por cierto, me pregunta ahora.

¿Esta es la manera de superar los prejuicios de la sociedad?

Eso es cuestión de cada cual. Somos una sociedad muy pequeña y es inevitable que se prejuzgue. En mi caso, en ese momento me llegaron comentarios de que si no me había dado cuenta de que mi hijo iba en la carroza con ‘niños recogidos’. Por propio egoísmo no podemos tener a nuestros hijos en una burbuja. Van a crecer, van a salir, se irán al carnaval, a la playa, van a tener que vivir en sociedad. Así que una de dos: o trabajamos con los menores para integrarlos y que sean el día de mañana ciudadanos normales o tu hijo el día de mañana va a tener que enfrentarse al peligro de unos adultos que pueden tener problemas y se los van a causar a los demás.

Hace ocho meses impulsó el proyecto #UP2U Depende de ti precisamente para integrar a menores en protección y sometidos a medidas judiciales, ¿el Gobierno no daba respuesta?

La falta de recursos hacía que las medidas judiciales quedasen bonitas en papel, pero faltas de contenido. Por ejemplo, en la medida se contemplaba que el menor tenía que tener un tiempo de ocio saludable, pero no existía la actividad o las que había no eran suficientes. Decíamos que un menor tenía que terminar la formación obligatoria pero ya eran mayores y tenían que formarse pero ¿en qué? Una vez un chico me dijo que estaba haciendo una FP de electricidad pero no iba porque no le gustaba y le habían asignado esa porque no había plazas en otra titulación. El chico era daltónico. En definitiva, las medidas judiciales tienen que tener sentido para que funcionen, no es que tenga que ser a la carta, pero sí ofrecer un mínimo porque tienen que ajustarse al perfil de cada uno. #UP2U nació de la impotencia de decir que todo el trabajo de los técnicos, psicólogos, etc. era maravilloso pero no sabíamos cómo hacerlo más eficaz. En este caso, la Dirección General del Menor es la que legalmente tiene la competencia de dotar de contenidos a esas medidas, pero lo cierto es que no es así, no ofrece recursos suficientes. Entonces, pensé en hacer algo distinto. Sabía que hay muchísima gente en Canarias que está interesada en hacer algo por los menores y hacía falta que toda esa fuerza confluyera en la misma dirección de una forma coordinada.

¿Y qué resultados se están obteniendo?

No nos podemos quejar porque se ha conseguido mucho, pero por las necesidades que hay sí que me parece poco todavía. Además, pretendemos que el proyecto no sea territorial porque, aunque yo estoy en Canarias y he nacido aquí, en la provincia de Las Palmas, su tendencia natural es extenderse al resto de España a través del foro internacional de menores que intentará repetirse en un territorio diferente de nuestra geografía española cada año como un punto de diagnosis y encuentro de quienes trabajamos y nos interesan ellos, que son nuestro futuro, y también con participación de los jóvenes. El futuro está en sus manos...pero depende de ti.. #UP2U.