El árbitro tiene la culpa

21/04/2019

«La partitocracia, incluida la más joven, está instalada en los debates aparentemente informativos»

Como en los grandes derbis en los que la culpa siempre cae sobre el árbitro, así ha sucedido con la Junta Electoral Central, al echar para atrás el debate que incorporaba a un partido sin representación parlamentaria después de haberle dado el pase.

La rectificación del órgano encargado de arbitrar el proceso electoral ha sido a remolque de las denuncias puestas por algunas de las siglas desplazadas, que vieron usurpados sus atriles por un okupa. Es decir, nadie de la junta atendió la Ley Orgánica de Régimen Electoral (Loreg) -la biblia de los comicios-, antes de permitir que un grupo de televisión privado montase el mayor tinglado de una campaña electoral.

Al lío que la junta ha originado, se ha sumado el enredo del Partido Socialista, que un día reniega de que su candidato presidencial participe en el debate de la televisión pública, y al otro cambia de opinión con imposiciones.

Por desgracia, los socialistas no son los únicos que establecen condiciones para ir a un plató de televisión. La partitocracia, incluida la más joven, se ha instalado en los debates aparentemente informativos desde que los periodistas nos dejamos comer el terreno y las empresas se embarcan en la caza de las audiencias.

No es que los votantes mueran si faltan debates; los hay en el Congreso y son menos vistos que el juicio al procès. Tampoco hurtan el contraste de ideas; lo que menos se atiende es lo que los candidatos dicen. Es precisamente la comunicación no verbal lo que más pavor da a los equipos de campaña.

Los expertos en actos electorales conceden a los debates poca influencia real, desde el 1% hasta el 6% como máximo. Sin embargo, aseguran que los porcentajes son determinantes en campañas imprevisibles -como la presente- y con una cantidad irrefrenable de indecisos. Y es que, las cámaras roban el alma, como sostienen varias culturas indígenas, mucho antes de los debates televisivos.