El naufragio de la tele canaria

«Para que Negrín llegara al cargo tuvieron que producirse muchas coincidencias o, más bien, acciones y decisiones políticas muy desafortunadas por parte de Clavijo y su entorno».

Enrique Bethencourt
ENRIQUE BETHENCOURT

La RTVC pasa uno de sus peores momentos. El presidente de su Consejo Rector, Santiago Negrín, es cuestionado por todos los partidos parlamentarios, excepto Coalición Canaria, y, en lógica democrática, debiera dimitir, al no contar con la confianza del Parlamento que le colocó en tan relevante y, por lo que se ve, difícil cargo. El Consejo está muerto, con solo tres de sus cinco consejeros iniciales, aunque la consejera Lorenzo haya hecho lo indecible por cumplir con la legalidad y denunciar la deriva suicida del barco.

Hay responsabilidades individuales de quien se compromete con una tarea que, probablemente, le quedaba grande y que no debió en ningún caso asumir. Pero no es el primero ni el último que así lo hace, como se comprueba observando a algunos de los consejeros, viceconsejeros o directores generales del Gobierno canario. Hay gente con méritos suficientes, lo sé, pero hay otros a los que le ha tocado la lotería.

Pero para que Negrín llegara al cargo tuvieron que producirse muchas coincidencias o, más bien, acciones y decisiones políticas muy desafortunadas por parte de Clavijo y su entorno. La primera que un Parlamento moribundo, al final de la pasada legislatura, decidiera nombrar un Consejo Rector, en aplicación de la nueva ley de la RTVC, a sabiendas de que la nueva Cámara que saldría de los comicios autonómicos de mayo de 2015 tendría un composición distinta, con nuevos partidos y una bien diferente distribución de los escaños.

Ese grave error, o algo más, lo comparten CC, PP y PSOE. Y el error resulta mucho más grave aún cuando decidieron repartirse la composición del Consejo por cuotas partidarias: dos para CC, dos para PP y uno para PSOE. Nunca debió ser así. Se vulneró gravemente el espíritu de una ley, con elementos muy positivos en su formulación, que se cargaron a la primera de cambio por el partidismo más estrecho, por la reiteración de la vieja política.

Debieron designarse cinco consejeros con el máximo consenso, por criterios de profesionalidad y sin el poco presentable recurso a las cuotas partidarias. El inicialmente designado por el PSOE, Francisco Moreno, el que reunía las mejores condiciones por experiencia y profesionalidad para dirigir el proyecto, dimitió antes de que se sometiera a votación la ratificación de los miembros del Consejo.

Moreno se marchó señalando lo siguiente: «Soy un firme defensor de la nueva Ley de RTVC. Creo que su espíritu y redacción permitían una mayor profesionalización y gestión de ese Servicio Público». Pero cuestiona el proceso seguido para seleccionar a los candidatos y afirma que se reproduce «el esquema clásico de cuotas por partidos políticos», considerando que de esa manera se «pervierte ese espíritu de profesionalización e independencia política que emana de la propia Ley». De la que se salvó con su inteligente decisión.

Las cuotas posibilitaron la esperpéntica candidatura de Juan Santana por parte del PP.

Sus expuestos notables méritos oscilaban entre pinchadiscos en los 40 Principales y narrador de algunas carreras automovilísticas como el Dakar; aunque su mayor cualidad era, sin duda, su estrecha colaboración durante muchos años con el ex ministro Soria. Su intervención defendiendo su nombramiento fue penosa: una exposición mediocre, infantil y balbuceante. Retiró su candidatura y, al final, fue Alberto Padrón el designado, junto a María José Bravo de Laguna, por la cuota conservadora.

Intereses accionariales

Más tarde, ya con el órgano en funcionamiento, también se marcharían Marian Álvarez, propuesta por CC, y María José Bravo de Laguna, por el PP. Álvarez se despidió con una larga carta en la que analizaba los males del órgano en la que, entre otras cosas, señalaba que «el Consejo Rector sólo ha abordado los asuntos que el presidente ha estimado oportuno y en el momento en el que el presidente ha estimado oportuno». Y con otra acusación, muy grave, la de aseverar que Negrín «ha estado en este tiempo asesorado por periodistas ajenos al ente, al Parlamento canario y al Gobierno regional, pero con intereses accionariales en el posible reparto de contratos».

Santiago Negrín no era la primera opción de Clavijo. Esa es otra, el muñidor del Consejo, el que fue repartiendo cargos fue un tal Fernando Clavijo, entonces alcalde de La Laguna. No esperó a ser presidente, ni siquiera a ser por lo menos diputado para montar el Consejo Rector de su televisión y designar a su futuro presidente. Luego vendría el formalismo de su nombramiento. Un escándalo en cualquier democracia, una normalidad en esta tierra de democracia de baja intensidad.

Negrín no era, como decía, la primera opción de Clavijo. No sé si fue la tercera o la cuarta. En cualquier caso demostró una visión impresionante al poner a su mando a la tele canaria. Podría pensarse incluso que la malévola decisión del posteriormente elegido presidente canario era generar las condiciones para proceder al cierre de la radio televisión pública canaria.

Propaganda

Pero esto no debe ser así. La tele se ha convertido en un instrumento de propaganda gubernamental, ajena a cualquier elemento de pluralidad. Y la calidad de su programación ha decaído. Pese al buen hacer de la mayoría de sus profesionales, una pésima dirección resta prestigio a la RTVC y son cada vez más los ciudadanos y ciudadanas que se cuestionan su utilidad y si merece la pena dedicar una parte de las cuentas públicas a su mantenimiento.

No comparto esa visión. Creo que ese esencial en un territorio como el nuestro, alejado y fragmentado, con elementos culturales diferenciados, con una forma distinta de hablar el español, el disponer de medios de comunicación propios, sensibles a los hechos locales, respetuosos con nuestras manifestaciones culturales, capaces de desarrollar nuestro sector audiovisual.

Pero eso es completamente incompatible tanto con una televisión de partido como con las caricaturas de lo canario que a menudo se hacen en sus programas. Esta radiotelevisión que pagamos todos y todas con nuestros impuestos no puede ser el cortijo del Gobierno de CC, de su presidente y de sus numerosos asesores áulicos.

«Para que Negrín llegara al cargo tuvieron que producirse muchas coincidencias o, más bien, acciones y decisiones políticas muy desafortunadas por parte de Clavijo y su entorno»