La fábrica de imágenes

Tomás Gómez Bosch comenzó a cultivar la fotografía cuando dirigía la industria chocolatera familiar. La Casa-Museo Tomás Morales de Moya dedica un espacio permanente a este retratista de una época.

Durante buena parte de su vida el pintor y fotógrafo Tomás Gómez Bosch (1883-1980) se consideró a sí mismo un industrial. Sin embargo, un viaje en el tiempo hasta su despacho en la fábrica de Chocolates Gómez Bosch, negocio familiar que dirigió desde 1906, revela claramente que su factoría artística y creativa jamás cesó.

Así lo corroboran dos detalles rescatados por la investigadora Ángeles Alemán: sobre una de las mesas se esparcen varias fotografías y de la pared cuelga una reproducción inacabada de un cuadro de El Greco, un recuerdo de sus años en Madrid y de las tardes que pasaba pintando en el Museo del Prado. Y también una metáfora de una pasión temporalmente interrumpida.

Sin embargo, durante este periodo fabril mantuvo su pasión por la pintura, como una poderosa corriente subterránea. Brotó además una nueva afición: la fotografía. En este terreno llegó a convertirse en una figura esencial en Canarias y en el retratista de una época en Gran Canaria. «Dar luz a la cabeza; luz y sombra, es la clave», afirmaba.

Fotografía y pintura establecieron un diálogo a lo largo de las décadas en su creación. Así, el crítico Jonathan Allen estima que «el uso y práctica de la fotografía desarrolló en el pintor una intuición especial que redobló las posibilidades de la imagen fotográfica como fuente parcial o principal», como apunta en el libro Tomás Gómez Bosch. Pintor y fotógrafo, catálogo editado por la Casa de Colón del Cabildo de Gran Canaria, en 2008, con motivo de una exposición sobre su obra comisariada por Ángeles Alemán.

De vuelta de Madrid, Gómez Bosch se sumergió en la producción de miles de fotografías obtenidas al gelatino-bromuro, principalmente sobre placa de vidrio y en formato estereoscópico, recuerda Gabriel Betancor, responsable de los fondos audiovisuales de la Fedac del Cabildo de Gran Canaria. Su abanico de temas es amplio y abarca escenas sociales y políticas, maniobras militares o el trajín de lavanderas, pescadores y agricultores mientras evoluciona en la técnica del retrato y la búsqueda de la profundidad de campo.

El clic maestro y preciso de Gómez Bosch inmortalizó también a creadores de la talla de los pintores Nicolás Massieu y Matos, Eladio Moreno Durán o Néstor Martín Fernández de la Torre y de los también poetas Alonso Quesada, Saulo Torón y Tomás Morales. Todos eran amigos, algo que transpiran de algún modo las imágenes.

Finalmente, abrió un estudio fotográfico en un edificio de la calle Domingo J. Navarro de Las Palmas de Gran Canaria, donde confluyeron la burguesía local, artistas que venían a dar conciertos con la Sociedad Filarmónica, actores y actrices de teatro, tal y como detalla Alemán.

Cuando se dirige el foco hacia Tomás Morales se recuerda que éste le dedicó a Gómez Bosch el poema Elegía de las ciudades bombardeadas, integrado en el Libro II de Las Rosas de Hércules. A Gómez Bosch se deben las imágenes más íntimas del bardo modernista, incluida una especialmente llamativa de su esposa, Leonor Ramos, en la azotea de la casa familiar de Agaete, con uno de sus hijos en brazos.

Gómez Bosch y Tomás Morales protagonizan además una anécdota que cuenta la propia Colombine, pseudónimo de Carmen de Burgos, reportera, escritora y activista cultural y feminista famosa además por las tertulias que organizaba en su casa de Madrid. «El pintor Tomás Gómez Bosch, amigo de Morales, propagó también una fábula que se convirtió en leyenda: un día en mi tertulia, Tomás se levantó como otras veces para recitar algunas de sus poesías y, como estaba Rubén Darío presente, recitó también con su entonada y poderosa voz, la sonora Marcha triunfal...»

«No bien hubo terminado», prosigue la Colombine, «cuando el autor de la fabulosa composición se acercó al recitado y le estrechó ambas manos diciéndole: No había comprendido bien la grandeza de mi poesía hasta que se la he oído recitar a usted». Una anécdota legendaria que ayuda a situar no obstante a Gómez Bosch en los cenáculos intelectuales de la capital, donde tuvo ocasión de fotografiar en su estudio al pintor Julio Romero de Torres.

Con los años, Gómez Bosch y Morales han vuelto a encontrarse, esta vez entre los muros de la Casa-Museo del poeta en Moya, donde se ha dedicado un espacio a la creación fotográfica de un industrial cuyo impulso artístico no habría podido fundirse en fábrica alguna.

Tras el objetivo

Basta observar con detenimiento una de las fotos de Tomás Morales más difundidas (la de la azotea en la casa de Agaete, junto a Alonso Quesada) para darnos cuenta que detrás del objetivo hay un creador, un artista y también un amigo.

Ese fotógrafo no es otro que Tomás Gómez Bosch. La Casa-Museo Tomás Morales, en esa línea de cobijar dentro del mismo espacio distintos discursos y distintos formatos, ha dedicado un espacio permanente a este compañero generacional.

Bajo el título de Tomás Gómez Bosch, fotógrafo de una época se recoge una selección de unos cuarenta retratos fotográficos vinculados a Tomás Morales y su época: Paseo en coche, Día de playa en Agaete, En el Muelle, El Huerto de las Flores, La Caseta de Galán en Las Canteras, una serie curiosa sobre Néstor y una sección dedicada al pintor y fotógrafo artífice de la muestra.

Estas fotografías son el fiel reflejo de una época, de una época alegre, divertida, carga de energía y de sueños, de una generación atlántica que se mantiene unida en lo personal y en lo creativo... Después vendrán las ausencias, 1921, Morales, 1925, Quesada, 1938, Néstor, pero ese será otro cantar. Ahora Gómez Bosch tendrá presencia significativa en esta Casa-Museo, y su obra fotográfica será testimonio de aquellos momentos. Un espacio dedicado a Tomás, del otro Tomás, como dejó apuntado en uno de sus retratos del Poeta del Atlántico.

La Casa-Museo, en la línea de cobijar en el mismo espacio distintos discursos y distintos formatos, dedica un espacio permanente a este compañero generacional