Una de las fachadas de Mogarraz, Salamanda. / E. Martín

Mogarraz, el pueblo en el que las paredes te miran

Ubicado en la Sierra de Francia, el municipio ofrece una amalgama de experiencias artísticas, históricas y gastronómicas imperdibles para los amantes de la cultura

Elena Martín López
ELENA MARTÍN LÓPEZ Madrid

El problema de la 'España vaciada' se puede atajar de muchas maneras. Mogarraz lo ha hecho con arte. Enclavado en la Sierra de Francia, en la provincia de Salamanca, dentro del Parque Natural de las Batuecas, este municipio fue repoblado en el siglo XII por grupos de franceses y elevado al rango de villa en 1656. No fue, sin embargo, hasta los siglos XVII y XVIII cuando alcanzó su máximo esplendor, principalmente desde el punto de vista arquitectónico, en el que destacan edificios de estilo serrano tradicional.

Mogarraz se considera el principio, o fin, del denominado 'Camino del Agua', una ruta circular de seis kilómetros de dificultad media-baja que discurre entre esta villa y Monforte de la Sierra. El camino ofrece tanto hermosas vistas como un recorrido ameno, ideal para recorrer con niños, repleto de originales obras escultóricas.

La localidad salamantina es, además, parte de la 'Ruta del Vino de la Sierra de Francia', cuyos vinos están elaborados con uvas Rufete, una variedad autóctona y predominante en la zona, y amparados por la Denominacion de Origen Protegida 'Sierra de Salamanca'. Todo este patrimonio histórico-cultural le brindó, en 1986, el título de Conjunto Histórico-Artístico. También forma parte de la lista de pueblos más bonitos de España.

Pero la fama más reciente de este pueblo se fraguó entre caballetes y germinó con la exposición 'Retrata2/388'. El pincel y el talento de Florencio Maíllo, pintor, escultor y profesor en la Facultad de Educación en la Universidad de Salamanca, han conseguido revitalizar económicamente un municipio que actualmente es más conocido por el apodo de 'el pueblo de las caras' que por su verdadero nombre. «Ha sido una pequeña revolución», expresa con orgullo y humildad Maíllo, autor de las pinturas que desde 2012 cubren las fachadas de Mogarraz.

Calles de Mogarraz, Slamanca. / E. Martín

Originario del pueblo, fue cuando Maíllo tenía cinco años, en 1967, cuando el fotógrafo Alejandro Martín Criado se ofreció a hacerles fotos a los vecinos para que pudiesen sacarse el DNI. «Este fue un momento crítico en la historia de Mogarraz», explica Maíllo, «que con la fuerte migración que se produjo en los años 60 en España sufrió un desplome de su población». El pintor se fue del pueblo a los 14 años, pero conocía a todos sus habitantes que, desgraciadamente, no eran muchos.

En los años 90, Maíllo se topó por casualidad con el archivo fotográfico de Martín Criado y volvió a ver a todas aquellas personas de su infancia. Fue entonces cuando en su cabeza empezó a dar vueltas una misma idea: «Quería ver a esas personas que yo conocí entonces otra vez en sus casas». Así nació Retrata2/388.

Más de ochocientos lienzos

Pensada principalmente para estar expuesta durante seis meses, trascurrido este tiempo los vecinos se negaron a descolgar los cuadros. Al contrario, pidieron más. «Algunos vecinos empezaron a pedirme que retratase a familiares suyos que sí que habían emigrado», recuerda Maíllo. De esta forma, la primera muestra fue completándose y actualmente cuenta con más de ochocientos lienzos. «Mi idea era que cuando acabase este periodo, los familiares de los retratados se quedasen las obras a modo de regalo, pero los vecinos quisieron mantenerlos en las fachadas porque, de alguna forma, se sentían acompañados cuando caminaban por las calles y los veían. Como si el pueblo se hubiese repoblado con esas miradas», expresa el artista.

Pero Maíllo sigue trabajando. El mes pasado le pidieron cinco retratos más. Y los que quedan. De momento la exposición no tiene fecha de finalización y el efecto de los agentes meteorológicos y el paso del tiempo tampoco obligará a retirarla. El retratista se cuidó de ello cuando eligió los la técnica pictórica que utilizaría. La encáustica es un método artístico que se sirve de la cera de abeja para encapsular el pigmento y que este no se deteriore, ni siquiera al estar a la intemperie. Por su parte, las chapas metálicas empleadas como base de las pinturas poseen un triple significado: es un material ideal para permanecer al aire libre, en los años 60 fue utilizado por los vecinos que emigraron para proteger sus casas deshabitadas, y homenajea al padre del propio Maíllo, que era herrero y trabajaba mucho con este material.

Algunos platos del menú del restaurante Mirasierra, en Mogarraz, donde ofrecen comida típica de la zona. / E. Martín

Algunas de las personas retratadas siguen viviendo en el pueblo y puede entablarse una interesante conversación con ellos mientras se pasea por las calles porque «les encanta explicar el significado de los retratos y lo hacen con orgullo», dice Maíllo. Aún así, en estos siete años, alrededor de cincuenta de ellos han fallecido. «Mi madre y mi hermana, por ejemplo», cuenta el artista, que también retrató a su padre, cuyo rostro está situado a la entrada del municipio. Pero gracias a Retrata2/388, siguen presentes gracias a estas pinturas.

Entre los puntos de interés turístico de Mogarraz están: la Iglesia Parroquial, dedicada a Nuestra Señora de las Nieves, de estilo renacentista; la Torre Campanario del S. XVII, que se encuentra separada de la Iglesia; la Ermita del Humilladero del siglo XIII; la Cruz de los Judíos labrada en granito; el rincón de Mané; o la Plaza Mayor. Un recorrido que conviene amenizar con productos gastronómicos de la zona como las patatas meneas, el limón serrano, el cabrito cuchifrito o el tostón; los embutidos y los jamones ibéricos.