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Even Peters protagoniza 'Dahmer'.

Sórdida 'Dahmer'

Ryan Murphy, el creador de series como 'Glee', 'Nip/Tuck' o 'American Horror Story', se mete en la mente del caníbal de Milwaukee en la que es su mejor serie para Netflix

Iker Cortés
IKER CORTÉS Madrid

Glenda esta viendo la tele, pero no puede evitar que sus ojos se posen en la rejilla de ventilación que hay justo encima del televisor de su apartamento. Desde hace años, por esa alambrera, se cuela el ruido del vecino, al que ha oído a altas horas de la madrugada utilizar cuchillos eléctricos y batidoras. También se mete un hedor que le produce náuseas y a veces la empuja a vomitar. Su vecino es Jeffrey Dahmer, un tipo de pocas palabras, introvertido y raro, que suele llevar a jóvenes a su apartamento en Milwaukee. A Jeffrey lo detuvieron el 22 de julio de 1991. No fue por que la Policía hiciera caso a Glenda, que había llamado en multitud de ocasiones para quejarse por los ruidos, olores y hasta gritos que llegaban desde el apartamento contiguo, sino porque Tracy Edwars, su última víctima, a quien sedujo con la promesa de darle 50 dólares si le dejaba fotografiarlo, consiguió escapar cuando Jeffrey lo había intentado esposar. Tras huir del destartalado bloque de apartamentos, se cruzó con una pareja de policías que decidió personarse en casa del asesino. Junto a un gran cubo lleno de ácido y restos de lo que parecía un ser humano, los agentes encontraron fotografías de cadáveres y los carnés de identidad de las víctimas.

Precisamente por ese episodio comienza 'Dahmer', la nueva serie que Ryan Murphy ha desarrollado para Netflix junto a uno de sus colaboradores habituales, Ian Brennan. Acostumbrados al exceso y el delirio visual que habitualmente acompañan a las producciones de Murphy -'Glee', 'American Horror Story', 'Nip/Tuck', 'Hollywood', 'Pose' o 'Feud' son algunas de ellas-, 'Dahmer - Monstruo: la historia de Jeffrey Dahmer', que es el título completo de la serie estructurada en diez capítulos de unos 50 minutos de duración cada uno, sorprende por su puesta en escena sobria y contundente, una bocanada de humo, aire rancio y sucio que pesa sobre el espectador durante buena parte del metraje. Tras un primer capítulo donde la tensión resulta inaguantable -esos silencios que Evan Peters, en la piel de Dahmer, maneja como nadie o el aspecto sórdido y asfixiante del apartamento se instalan con vehemencia en la retina-, Murphy y Brennan se afanan en contar la historia de este asesino en serie que acabó con la vida de al menos diecisiete jóvenes entre 1978 y 1991 y que además practicó la necrofilia y el canibalismo con sus víctimas.

Con saltos atrás y adelante en el tiempo, la ficción se presenta de forma fragmentada, como si tratara de reconstruir la intrincada y perversa mente del llamado caníbal de Milwaukee, un psicópata no especialmente inteligente al que la Justicia y las fuerzas de la seguridad y el orden dieron más de una oportunidad. Así, asistimos a una infancia difícil, en una familia desestructurada, dominada por las constantes broncas entre Lionel y Joyce, sus padres, y la ausencia del primero, cuyo trabajo como químico le llevaba a pasar fuera de casa bastante tiempo. Fue en esta época cuando Jeffrey comenzó a interesarse por las vísceras, algo que su padre fomentó, recogiendo y diseccionando animales atropellados en la carretera, al ver que era una de las pocas materias por las que el chaval sentía curiosidad. Tras el divorcio de sus padres, durante su último año de instituto, acabó pasando el verano solo en la casa familiar en Ohio. Abrazado al alcohol, asesinó a golpes a su primera víctima, un autoestopista al que convenció para tomarse unas birras en casa antes de llevarlo a un concierto.

Años más tarde, se cobraría su segunda víctima en un hotel, tras cerrarle el paso en todas las saunas de Milwaukee, dada su tendencia a drogar a sus ligues de noche. A partir de ahí diseñó un modus operandi que repetiría a menudo: seducía a los chicos en clubes de ambiente, incluso ofreciéndoles dinero, y los llevaba a su apartamento o a casa de su abuela. Una vez allí, los drogaba y luego los estrangulaba para realizar después todo tipo de tropelías con los cadáveres. Marginado y solitario, en cuatro ocasiones llegó a agujerear el cráneo de sus víctimas para inyectar en sus lóbulos frontales ácido clorhídrico o agua hirviendo para tratar de convertirlos en zombis a su merced. Pese a lo macabro del tema, la ficción no se recrea en la violencia explícita, aunque siga siendo ciertamente desagradable.

Tocando todos los palos

Lo mejor de 'Dahmer' es que no se han quedado ahí. La serie ahonda en los fallos y errores que cometiron las instituciones, que en varias ocasiones hicieron la vista gorda en torno al también conocido como carnicero de Milwaukee por una mezcla de racismo -catorce de las víctimas de Dahmer pertenecían a diversas minorías étnicas- y homofobia. Así, solo pasó diez meses de prisión cuando llevó a su casa a un chico laosiano de trece años de edad y comenzó a tocarlo. La Policía también prefirió no inmiscuirse cuando varios vecinos del bloque de apartamentos en el que vivía avisaron de que había un chico menor de edad con evidentes signos de haber sido drogado. Personados en el apartamento, dieron por buenas las explicaciones de Jeffrey, que aseguró que era mayor de edad. Dahmer explicó que era su novio y que se habían peleado, razón por la cual estaba bebido. Tenía 14 años y ni siquiera comprobaron si Jeffrey tenía antecedentes -espeluzna escuchar la llamada telefónica real a la policía-.

Aborda la serie también las consecuencias que un caso así tuvo para la comunidad y la sensación de desamparo que se le quedó a los familiares de las víctimas. E incluso se adentra en el sentimiento de culpa de unos padres que no supieron o no quisieron ver el horrible monstruo en que se estaba transformando su hijo, que a mediados de los noventa llegó a convertirse en una celebridad de lo macabro, enviando autógrafos a los fans que se lo pedían por carta. Quizá la mejor serie que Murphy ha dado a Netflix desde que firmara cinco años de exclusividad con la plataforma.