Formación original de Locomía.

Sexo, Ibiza, Locomía y la España de la modernidad que no lo era tanto

Una serie documental de Movistar Plus reconstruye el auge y caída de un grupo que estuvo a punto de triunfar en el mundo y lo tiró todo por la borda

Oskar Belategui
OSKAR BELATEGUI Madrid

«¿Pero no se daban cuenta de que eran gays?», se pregunta en un momento de 'Locomía' la guipuzcoana Lurdes Iribar, corista y diseñadora del estilismo del grupo, a la que odiaban las fans al creer que era la novia de alguno de sus miembros. Retrocedamos a la España inmediatamente anterior a los fastos del 92. A finales de los 80, entre los rescoldos de la Movida y la barra libre del Gobierno socialista, aparecen cuatro fulanos con hombreras imposibles y zapatos de punta que, armados de abanicos, encarnan el pasote hedonista de drogas y sexo que se vivía en Ibiza. «Pierdes más aceite que la furgoneta de Locomía», decíamos cuando no sabíamos qué significaban las siglas LGTB. La música de un grupo puede resultar ridícula, pero su historia no. La serie documental de tres episodios que Movistar Plus estrena el 22 de junio cuenta una tragedia shakesperiana al ritmo de ese «disco, Ibiza, Locomía» que los mayores de 40 años llevamos incrustado en el córtex cerebral.

Vídeo. Tráiler de la serie documental 'Locomía'.

Como protagonistas, dos villanos inolvidables y un montón de chicos guapos enternecedores que fueron pasando por la banda y hoy viven de los recuerdos. «Gente colgada en el pasado», en definición de Xavier Font, el creador e ideólogo de Locomía, que a los 17 años vendía abanicos por las discotecas de Barcelona y customizaba túnicas de sacerdote. Un egocéntrico que dormía cada noche con una nueva conquista y que soñaba con tener «una tribu urbana a sus pies». Font hoy luce tatuajes tribales en su cráneo rapado y sabe lo que es la cárcel tras cumplir una condena de tres años por tráfico de popper y éxtasis. «A sus 59 años es un niño, para lo bueno y lo malo», apunta el director de la serie, Jorge Laplace. Sigue ufanándose de haber creado y destruido Locomía, que debe su nombre a uno de sus primeros miembros, el holandés Gard Passchier, que en realidad quería escribir Mi locura.

Manuel Arjona tenía solo 16 años cuando vivía en comuna y vendía ropa en los mercadillos de Ibiza. El cuarto Locomía original era Luis Font, hermano de Xavier. Aunque solo bailaban y hacían postureo, constituían la atracción de la discoteca Ku. Hasta Freddie Mercury los quiso para la mítica fiesta de su 41 cumpleaños en el hotel Pikes de la isla, en la que se consumieron 350 botellas de Moët Chandon y los fuegos artificiales se vieron desde Mallorca. Los zapatos en punta que lleva el líder de Queen en el último videoclip que grabó antes de morir, 'I'm Going Slightly Mad', son de Font. La fiesta ibicenca terminó cuando quemaron el viejo molino en el que vivían los Locomía. Y entonces aparece el segundo gran villano de esta historia, el productor musical y manager José Luis Gil, que también va tatuado, aunque sus dos serpientes en los brazos queden ocultas bajo las mangas de la camisa. El 'rubio de oro' de la industria discográfica española ya presidía Hispavox con 25 años. Perales, Mari Trini, Miguel Bosé, Enrique y Ana, Alaska y Dinarama y Nacha Pop, entre otros, le deben sus carreras.

Xavier Font, creador de Locomía, y el director de la serie Jorge Laplace.

Corte a Madrid, 1989. Gil intuye el potencial comercial de los chicos y los mete en un estudio para crear una 'boy band' glamurosa y sofisticada destinada a las pistas de baile. Un contrato leonino les prohíbe revelar que todos son gays. «No se les puede achacar que no salieran del armario, porque en los 90 nadie lo hacía. No fueron activistas, pero era algo tan obvio que eran diferentes… Sirvieron de representación para mucha gente», recuerda Jorge Laplace. Tampoco pueden maquillarse ni salir de fiesta. Se ponen a grabar 'Locomía', el primer sencillo del disco 'Taiyo' (sol, en japonés), pero ninguno sabe cantar. Así que el estribillo de «disco, Ibiza, Locomía, moda, Ibiza, Locomía' lo recita el propio Gil.

Después vendrán temas como 'Rumba Samba Mambo' y Gorbachov', en honor al presidente de la URSS en aquel entonces. Duran cuatro años y dos discos más con múltiples cambios de formación. Quizá en España no nos los tomábamos demasiado en serio, pero en Latinoamérica arrasaban y constituían un fenómeno de fans. «Eran el típico grupo que llenaba el aeropuerto cuando aterrizaban. En América Latina dieron el pelotazo», certifica Laplace, que no está de acuerdo con el calificativo de supervillanos para Font y Gil. «Me gusta jugar con los grises, que el personaje quede retratado con sus luces y sus sombras. Me gané la confianza y generosidad de Xavier y Jose Luis, sabiendo que este no es el típico documental en el que todo el mundo vaya a quedar bien. Aspiro a que el espectador complete la mirada del personaje».

Antonio Albella en sus tiempos de presentador televisivo y miembro de Locomía y en la actualidad en el documental.

Finales de 1992. Tras triunfar en Viña del Mar, justo cuando se encuentran a punto de dar el salto a Estados Unidos, Xavier Font, que seguía cobrando pero ya no era miembro del grupo, convence al resto para que abandonen a Gil. Uno es propietario del concepto Locomía, el otro tiene los derechos de las canciones. Demandas y enfado de los fans, que tienen para elegir dos grupos diferentes que actúan con el mismo nombre. Fin del sueño, aunque la guerra todavía dura y hoy te puedes encontrar a un grupo llamado Locomía actuando por ahí.

Los que tuvieron suerte encontraron trabajo poniendo copas, actuando en teatro o como azafatos del AVE. Santos Blanco, el 'rubio de Locomía', murió por causas naturales en un albergue social de Gijón en 2018. Tenía 46 años. Menos de un mes después fallecía a la misma edad Frank Romero de una infección de origen bacteriano. «Locomía podría haber entrado en el mercado americano, que valora mucho lo artificial. Hubo un contrato con Sony e interés real de Emilio Estefan», apunta Jorge Laplace, que remarca el valor simbólico de que todo se viniera abajo en 1992. «El año en que quisimos mostrar al mundo que éramos modernos para superar un complejo histórico. Después, comprobamos que la modernidad del país, como la de Locomía, no era tanta como se vendía».