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Un fotograma de 'La ruta'.

Crítica de 'La ruta': Pastis, tecno y melancolía

Con un agradecido poso de nostalgia se presenta una serie española a tener en cuenta, bien interpretada y dirigida, donde los excesos no se llevan el protagonismo en pos de la emoción

Borja Crespo
BORJA CRESPO

La famosa ruta del bakalao lleva tiempo siendo objeto de reportajes sensacionalistas, documentales incompletos, del todo insuficientes, y leyendas urbanas en internet pero no se había tratado apenas en la ficción audiovisual, salvo algunos cortometrajes pergeñados en la década de los 90, como 'Mi novio es bakala' -ahí estaba la canción de Meteosat- o 'Ruta Destroy'. Tras varios proyectos fallidos, alguno todavía en barbecho -la temática da para más de una historia de terror-, ha salido adelante 'La ruta', una de las series presentadas en el reciente Festival de Cine de San Sebastián. Con el apoyo de Atresmedia Televisión -se verá en Atresplayer Premium a partir del 13 de noviembre-, esta propuesta creada por Borja Soler Gil y Roberto Martín Maiztegui (amparados por la documentación de textos como 'En Éxtasis', de Joan M. Oleaque), apuesta por la sensibilidad, sin exprimir los excesos, a la hora de contar un relato poco habitual cuando se habla de uno de los fenómeno musicales de finales del pasado siglo que atravesó Valencia y aledaños. Cientos de jóvenes no descansaban a lo largo de 72 horas, de viernes a domingo y subiendo, moviéndose por la carretera, peligrosamente, de discoteca en discoteca, templos del libre albedrío. Las drogas de diseño, léase pastis, y el alcohol de botellón en el parking eran la imagen habitual de una tendencia con banda sonora, el sonido mákina, que fue ensombrecido por los estertores de la movida madrileña y el advenimiento del apocalipsis «indie». Ricardo Gómez, Elisabet Casanovas, Àlex Monner, Claudia Salas y Guillem Barbosa protagonizan esta sugestiva mirada a una época por la que es inevitable sentir cierta nostalgia a pesar de su mala imagen de puertas afuera.

'La ruta' comienza asentando sus intenciones: retratar un tiempo pasado que no fue necesariamente como nos lo han pintado, donde además de ponerse hasta arriba también afloraban los sentimientos y se cocía un movimiento a contracorriente, con la fiesta y la música como pilares fundamentales, derribados por los medios amarillistas. El protagonista es un DJ de éxito que está a punto de firmar un gran contrato con una de las salas más punteras de Ibiza. Valencia, escenario de la Ruta Destroy, se da la mano con la isla, el paraíso de la juerga non stop. A partir de la decisión de cerrar el jugoso trato, y montarse en el avión rumbo al estrellato definitivo, o quedarse con los suyos, replanteándose su identidad y relación con el mundo, crece la narración. Los lazos familiares y la amistad son rasgos fundamentales en una serie que se concentra a la hora de describir a sus personajes principales sin descuidar el atractivo envoltorio. No es fácil hacer partícipe al espectador de lo que significa estar en una discoteca dándolo todo, rodeado del gentío, bailando desencajado, entregado al ritual sin barreras, a toda pastilla. Hedonismo puro. Esta sensación está presente en las imágenes, a ratos líricas, de un relato ambientado con pasión que logra profundizar en los pensamientos del protagonista, rey de la noche y los platos, defendido con alma por Monner ('Pulseras rojas'), a quien secunda un notorio plantel.

Un fotograma de 'La ruta'.

'La ruta' se permite viajar en el tiempo, con flashbacks bien integrados, para moverse entre las luces y las sombras del presente y el pasado de un grupo de amigos que buscan su sitio. Su periplo comienza cuando entraron por primera vez en la mítica sala Barraca a principios de los años 80, hasta que reventó la ruta del bakalao a mediados de los 90. La fiesta se devoró a sí misma. El viaje de la inocencia a la madurez dejó algunos cadáveres en el camino, fantasmas encerrados en el armario, memorias dañadas y muchas estampas de alegría exacerbada. Puntos claves en una serie que sorprende para bien en su valiente decisión de ir más allá de lo evidente y cargar las tintas en lo emocional. Es vox pópuli la cantidad de «ruteros» que se quedaron en el camino, debido al abuso de estupefacientes o accidentes en la carretera puestos hasta las cejas de éxtasis y otras sustancias. Entre los supervivientes, más de un cerebro ha olvidado tantas horas de marcha por razones obvias, pero hasta el momento no se ha hecho verdadera justicia a un capítulo esencial en la historia de los movimientos contraculturales juveniles en nuestra fronteras que derivó en una simple explotación hostelera que acaparó los telediarios. Chimo Bayo y su popular temazo 'Así me gusta a mí (Extasi, extano)' se sigue pinchando en las verbenas, convertido en el símbolo de aquellos curiosos años caricaturizados por culpa de la mala prensa adscrita al libertinaje. Química y bombas.

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