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Bárbara Rey en una actuación. RC
Serie ángel Cristo y Bárbara Rey | 'Cristo y Rey': secretos (que no lo son tanto) de un matrimonio
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'Cristo y Rey': secretos (que no lo son tanto) de un matrimonio

Tiene todos los elementos necesarios para triunfar: fama, destape, drogas, juego, infidelidades, violencia de género, escándalos, celebridades

Jueves, 12 de enero 2023

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Hay personas que no solo tienen la capacidad de construir su futuro, sino también de anticiparlo al ponérselo como nombre artístico: es lo que hizo María García García cuando se convirtió en Bárbara Rey y comenzó a pasear su palmito totanero por el cine y la televisión.

Con una voz grave y sensual y unas piernas kilométricas, la actriz y vedette consiguió, a mediados de los 70, más acuerdos sobre su figura (o su tipazo, más bien) que los Pactos de la Moncloa, ya que tanto los demócratas de toda la vida como los de nuevo cuño convinieron en que Bárbara estaba cañón. Musa de la transición, tenía una belleza moderna, de pelo corto y poco pecho, y más pinta de sueca espigada que de española racial. Hasta Umbral lo dejó escrito: Bárbara Rey era «el sex-symbol de una democracia guapa».

En medio de esa popularidad la encuentra Ángel Cristo, un hombre que, habiendo sido elegido el mejor domador del mundo en 1969, diez años después las está pasando canutas para mantener su circo en pie. Y aquí comienza 'Cristo y Rey', la serie creada por Daniel Écija que se emite en Atresplayer Premium y que, para su desarrollo, ha contado con la colaboración de la propia Bárbara.

Pero volvamos al inicio de la historia: Ángel Cristo quiere hacer una gala para RTVE y, así, saldar sus deudas, pero Fernando Arias-Salgado, a la sazón Director General del ente público, asocia el circo a una España de antes, vieja, predemocrática. Quiere darle un nuevo aire a la televisión. Y es José María Íñigo quien le sugiere a Ángel Cristo la posibilidad de que cuente con Bárbara Rey, «una rubia que ahora mismo es bandera de la libertad aquí». El resto del primer capítulo es el intento de Cristo de contactar con Rey y convencerla de que sea la presentadora de la gala.

Cristo y Belén, antes de la pelea de él.
Cristo y Belén, antes de la pelea de él. RC

Sobre el papel, 'Cristo y Rey' tiene todos los elementos necesarios para triunfar: fama, destape, drogas, juego, infidelidades, violencia de género, escándalos, celebridades. Por tener, tiene hasta un rey. Además, se desarrolla en un pasado reciente, lo cual es tanto una ventaja como una dificultad: al contarnos hechos que conocemos, o que creemos conocer, estamos predispuestos a disfrutarla, pero también a ser más críticos. Porque los secretos del matrimonio entre Bárbara Rey y Ángel Cristo no lo eran tanto.

Por eso no se andan con tonterías y, en esta primera entrega, sacan toda la artillería para darnos la mandanga que queremos, así, a cascoporro, juntando todas las situaciones y los elementos que estamos deseando ver: desde el hecho de que Ángel conozca a Bárbara justo en el momento en el que rueda la escena de cama con Rocío Dúrcal en 'Me siento extraña' (la película no se había filmado en 1979, sino dos años antes), hasta la aparición final del rey Juan Carlos, del que van dejando pistas a lo largo de todo el capítulo: «Creo que deberías ponerte tú. Es Sumer», le dice Chelo García-Cortés a Bárbara al coger una llamada de teléfono. Juan Sumer es el seudónimo del emérito, ya que Sumer es el acrónimo de Su Majestad El Rey.

ángel Cristo, en el circo en su actuación.
ángel Cristo, en el circo en su actuación. RC

'Cristo y Rey' también nos da los personajes que nos gustan. Porque son todos los que están: los ya mencionados Íñigo (Denis Gómez), Juan Carlos I (Cristóbal Suárez) y Chelo García-Cortés (Adriana Torrebejano), que besa fugazmente al que se supone que es José Manuel Parada, su marido entonces. Y aparecen Hortensia, la que fuera amiga de Bárbara muchos años, y Paco Ostos (David Lorente), representante de la artista en aquel momento, y Payasito (Artur Busquets), el compañero de circo y de fatigas de Ángel Cristo al que Casa Real llamaba para actuar en los cumpleaños del entonces príncipe Felipe y de las infantas. Y no están todos los que son, porque aún faltan por aparecer un Paquirri post Carmina y pre Isabel, Manolo Escobar, Jesús Mariñas, Matías Prats o Sandra Mozarowsky, actriz del destape que, vinculada sentimentalmente al rey Juan Carlos, falleció al caer desde una terraza a los 18 años estando embarazada de 5 meses.

Los grandes nombres

Pero los dos grandes nombres, los que ponen título a esta historia, están interpretados por Belén Cuesta y Jaime Lorente. Y no es tarea fácil, sobre todo cuando conocemos el tono, los gestos y los movimientos de los personajes reales tras estar tantos años viéndolos en televisión. De hecho, al principio choca ver a Belén Cuesta en la piel de Bárbara Rey, especialmente porque se echan en falta ese atractivo salvaje y esa voz profunda y seductora de la totanera. Pero la Cuesta compone y dispone, y, a la mitad del episodio, tanto ella como nosotros ya hemos asumido el personaje, y nos acaba convenciendo. El de Jaime Lorente, en cambio, peca de exceso: o está enfadado, o está borracho, o está cagándose en su raza, o las tres cosas juntas. Pero lo cierto es que nada es sutil en esta historia. Tampoco lo eran ni Bárbara ni Ángel, cuya relación estuvo marcada por el maltrato, la ludopatía y las drogas.

Será por eso, porque cuenta unos hechos sórdidos, por lo que una esperaba una realización más sucia, más oscura, menos saturada, y se ha encontrado con una fotografía luminosa, llena de color. Quizás, conforme vaya avanzando la serie y pase de narrar aquella época inicial de lentejuelas y focos a la triste realidad de un matrimonio infernal, la brutalidad del momento se refleje también en la forma. Por ahora, a 'Cristo y Rey' le falta un tanto de sustancia, como a los animales que salen digitalizados. En caso contrario, espero que dispare el nivel de mamarrachismo a conciencia. Pero, sea como sea, no creo que nadie se resista a una serie protagonizada por la vedette que sabía demasiado y el domador que logró amansar a todas las fieras excepto a sí mismo.

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