'Una ventana al mar', vivir o no vivir

Explota la isla de Nisyros, un pequeño remanso de paz, como una protagonista más, un marco ideal que explorar, en busca de calma espiritual

Borja Crespo
BORJA CRESPO

Siempre resulta agradable contemplar en pantalla grande a Emma Suárez, reina de la función en el drama 'Una ventana al mar', un peldaño en la carrera del cineasta Miguel Ángel Jiménez. Aquí se esmera, con banda sonora de Pascal Gaigne, a la hora de contar la cruda historia de una funcionaria cincuentona de Bilbao a la que le diagnostican una enfermedad grave. La protagonista de '70 Binladens' rodó de nuevo algunos planos en la ciudad tras su participación en el thriller de Koldo Serra, aunque el grueso de la narración del presente estreno transcurre en Grecia, a donde acude el rol de Suárez haciendo caso omiso de los consejos de sus familiares. Decide viajar con sus dos mejores amigas para disfrutar al máximo el momento y recuperar las ganas de vivir. El guión del filme tuvo su germen en un viaje que el propio director hizo la isla griega de Nysiros: «En el verano de 2013, tres meses después de haber perdido a mi madre víctima de un cáncer devastador, me encontraba subido a una scooter en la isla griega de Nysiros», cuenta. «El sol estaba a punto de ocultarse en el mar y yo estaba bajando la ladera de una montaña. Pensé en la suerte que tenía de estar allí, en los lugares que había recorrido gracias a mi trabajo. Recordé que mi madre, en una ocasión, especuló con la posibilidad de dejar el tratamiento y me pidió que la llevara lejos, muy lejos. Todo quedó en nada. Sé que Nysiros le habría encantado«.

'Una ventana al mar' explota la isla de Nisyros, un pequeño remanso de paz, como una protagonista más, un marco ideal que explorar, en busca de calma espiritual. El amor surge con la irrupción en tan sugerente escenario de un hombre que encandila al personaje de Emma, un rudo marinero. Interpretado por Akilas Karafisis ('Respira', 'Bienvenidos a Grecia'), su existencia y romance ponen a la mujer entre la espada y la pared. Tiene que elegir entre volver con su gente o quedarse en la isla hasta el final de sus días. Dos mundos se encuentran, dos culturas, unidas por la importancia del mar en sus respectivas vidas, el Cantábrico y el Mediterráneo. «Nysiros no es en absoluto la más bella de las islas griegas, pero rebosa una paz y una autenticidad, una belleza sobria, que hace que parezca abarcable, un paraíso real y posible», remarca la promoción del filme.