Michael Caine y sus icónicas gafas en una foto de juventud.

Michael Caine amaga con retirarse a los 88 años

El actor británico anuncia en un programa de radio que deja la actuación para horas después desdecirse y afirmar que todavía «no me he jubilado»

Oskar Belategui
OSKAR BELATEGUI

Cuando en 1992 Michael Caine publicó 'Mi vida y yo', quizá el libro de memorias más divertido jamás escrito por un actor, ya planeaba retirarse, cultivar su jardín y dedicarse a la familia. Repleto de citas memorables, –«cuando se ha nacido 'cockney', solo se puede ir hacia arriba»–, la obra contenía revelaciones personales que posiblemente solo cobraron vida en la cabeza de su autor, como la existencia de un hermano recluido durante cuarenta años en una institución mental. La veracidad de su contenido pasaba a segundo plano ante lo gozoso de su lectura.Caine demostraba poseer como escritor la misma elegancia e ironía innatas y el inusitado sentido del humor que aporta a sus caracterizaciones como hombre cínico y despreocupado.

John Wayne le dio un consejo sobre cómo tener éxito en Hollywood que siguió a pies juntillas: «Recuerda hablar con tono grave, lento y no decir demasiado». A sus 88 años y tras 150 películas, el actor anunciaba el pasado viernes su retirada en el programa de radio de la BBC 'Kermode and Mayo', argumentando que uno de los motivos es el desencanto con la industria. «Nadie está haciendo las películas que yo quiero hacer», señalaba. Además, esgrimía motivos de salud y la necesidad de ahondar en su nueva faceta como escritor. «Tengo 88 años, no abundan exactamente los guiones con un protagonista de 88 años».

Vídeo. Fragmento del programa de radio en el que Michael Caine anuncia su retirada.

La sátira del mundo literario 'Best Sellers', dirigida por Lina Roessler, sería su última película, aunque también tiene pendiente de estreno la cinta de aventuras de época 'Medieval', de Petr Jákl. «Es gracioso que 'Best Sellers' sea mi última película, porque no he trabajado durante dos años y tengo un problema en la columna que afecta a mis piernas, así que no puedo caminar bien. Y también escribí un libro hace un par de años que tuvo éxito, así que ahora no soy actor, soy escritor. Es genial, porque ya no tienes que levantarte a las seis y media de la mañana e ir al estudio. Como escritor, ¡empiezas a escribir sin salir de la cama!», se congratula. Ayer, el actor se desdecía en Twitter: «No me he jubilado y no mucha gente lo sabe», escribía.

Vídeo. Michael Caine en 'Hannah y sus hermanas', de Woody Allen, que le brindó el Oscar como actor de reparto.

Michael Caine, nombrado Sir por Isabel II al igual que Sean Connery, su compañero en 'El hombre que pudo reinar, es, junto a Jack Nicholson, Paul Newman y Laurence Olivier, el único actor que ha sido nominado a los Oscar en cinco décadas: atesora seis candidaturas y dos estatuillas como secundario por 'Hannah y sus hermanas' y 'Las normas de la Casa de la Sidra'. Su primera gran oportunidad la disfrutó como un oficial del ejército británico en 'Zulú', en 1964. Poco después, 'Alfie' hizo del actor rubio con gafas un símbolo del Swinging London y le dio a conocer en Estados Unidos. Las nuevas generaciones saben quién es por su papel del mayordomo de Batman en la trilogía de 'El caballero oscuro'.

Caine siempre ha justificado su errática filmografía según un criterio puramente crematístico, que le ha llevado a laternar obras maestras como 'La huella' con desastres como 'Tiburón, la venganza'. «Si eres Dustin Hoffman y ganas millones de dólares con tu porcentaje de beneficios, no te das prisa por ponerte a hacer otra película.Pero yo gano mucho menos que él y tengo su mismo nivel de vida, así que tengo que trabajar en un montón de películas», argumentaba. Su origen humilde tiene mucho que ver en esta filosofía existencial.

Michael Caine junto a su mujer Shakira Baksh, con la que lleva casado desde 1973, y con el segundo de sus dos Oscar, que ganó en 1999 como actor de reparto por 'Las normas de la Casa de la Sidra'.

Maurice Joseph Micklewhite nació en 1933 en Elephant & Castle, un suburbio del sur de Londres. Aquejado de una enfermedad ocular crónica que proporcionaría a sus párpados esa hinchazón que, a la postre, resultaría una de sus señas de identidad y de un raquitismo agudo que le obligaba a calzar botas ortopédicas, Caine creció en el seno de una familia formada por un transportista de pescado y una indomable mujer de la limpieza. A los 16 años abandonó los estudios para alistarse en el Ejército. A su regreso de Alemania y Corea empezó a asistir a clases de interpretación mientras por el día desempeñaba toda clase de trabajos.

'Alfie' fue la película que la cambió la vida. Llegó tras patearse los escenarios de Inglaterra, disfrazarse de indio en una serie de televisión y ver cómo triunfaban compañeros de generación como Albert Finney y Sean Connery. Aquel golfo mujeriego compartía la raíz 'cockney' del actor. Pero su oficial aristocrático y esnob de 'Zulú' demostró su versatilidad. Hubo un momento en que llegó a hacer doce películas en cuatro años, pero a partir de los 90 echó el freno y se dedicó a explotar en la pantalla esa imagen suya sardónica y de suave sofisticación.

Su segundo matrimonio con la ex-Miss Guayana Shakira Baksh, con la que lleva casado casi cincuenta años, sus dos hijas y sus dos nietos han proporcionado estabilidad al «hombre vivo más sexy con gafas», como fue bautizado en una ocasión. Activo partidario del Brexit –«prefiero ser un amo pobre que un esclavo rico, no tiene nada que ver con la inmigración, ni con el retorno de la libra esterlina», sostiene el actor–, Michael Caine es un icono de la cultura británica que lleva delante de las cámaras desde 1946. En su segundo libro de memorias, 'La gran vida', publicado hace un par de años, el actor confirma que ni siquiera rodeado por el oropel de Hollywood dejó de ser nunca aquel niño esquivo, huraño y burlón del humeante Londres de su infancia. «Mi primera lección de interpretación me la dio mi madre cuando yo tenía tres años», desvela en el libro. «Éramos pobres y a veces mamá se retrasaba en el pago de las facturas, así que cada vez que el casero venía a cobrar el alquiler, se escondía detrás de la puerta mientras yo abría y repetía, con gran precisión, mi primera frase: 'Mi mamá no está'».