Emilio D'Alessandro entró a trabajar para Stanley Kubrick en 1970 y permaneció a su lado hasta su muerte en 1999.

Mi jefe Stanley Kubrick

Un documental en Netflix, 'Mi amigo Kubrick', confirma el carácter obsesivo y perfeccionista del director bajo la mirada de su chófer y hombre para todo durante 30 años

Oskar Belategui
OSKAR BELATEGUI

A comienzos de los 80 circulaba un chiste por Hollywood. Spielberg muere y va al cielo, pero en las puertas San Pedro no le deja entrar: a Dios no le gustan los directores de cine. Entonces, una figura vestida con pantalones de pana manchados y viejas zapatillas de deporte pasa en bicicleta. «¿No es ese Stanley Kubrick?», pregunta Spielberg. San Pedro echa una mirada preocupada al ciclista y contesta. «No, es Dios. Pero se cree Stanley Kubrick».

Ningún otro director en la historia del cine ha gozado de la mitomanía del autor de 'El resplandor'. Fallecido el 7 de marzo de 1999 a los 70 años, Kubrick fue un hombre tan perfeccionista y obsesionado con su arte como comunicativo y atento a todo lo que ocurría en un mundo exterior en el que había renunciado a participar. Fue un autodidacta que no permitía interferencias de los estudios y que desde 'Lolita' se aseguró el control absoluto de sus películas, reservándose el montaje final. En 1965, el realizador se instaló en el Reino Unido junto a su familia y anunció su independencia tanto de América como de Europa. El fenomenal éxito de '2001: Una odisea del espacio' le permitió abordar con completa libertad el resto de su filmografía.

Vídeo. Tráiler de 'Mi amigo Kubrick'.

'Mi amigo Kubrick' (S is for Stanley, 2016) demuestra que trabajar con un genio no es fácil. El documental de Alex Infascelli que acaba de estrenar Netflix retrata a Kubrick desde la privilegiada perspectiva de su colaborador más cercano, Emilio D'Alessandro (Cassino, Italia, 1941), su incondicional chófer, asistente, manitas, secretario, criado y hombre para todo durante treinta años. Un testigo privilegiado del rodaje de las cinco últimas películas del director neoyorquino -'La naranja mecánica', 'Barry Lyndon', 'El resplandor', 'La chaqueta metálica' y 'Eyes Wide Shut'- y un colaborador que acabó siendo amigo de un hombre que no parecía estar especialmente dotado para las relaciones humanas.

Kubrick exigía entrega total a sus empleados. Así, D'Alessandro podía llegar a coger cuatro vuelos en una jornada entre Londres y Dublín para llevarle unos papeles en mano a su jefe. Otro día le pedía que le arreglara la cremallera de una chaqueta o que desparasitara los perros. O que buscara una fábrica de velas que le asegurase suministro continuo durante tres años: rodó 'Barry Lyndon' únicamente con la luz de los candelabros y unos objetivos especiales que le diseñó la NASA.

Veinticuatro horas al día, siete días a la semana. Así era la jornada laboral de D'Alessandro, que en 2012 escribió el libro de memorias 'Stanley Kubrick y yo'. Emigró a Inglaterra en 1960 y trabajó en mil ocupaciones: mecánico, jardinero, operario de una fábrica, vendedor de helados… En diciembre de 1970 era taxista cuando recibió el delicado encargo de llevar un falo-mecedora de porcelana a un apartamento de un Londres nevado. Era la escultura de Herman Makkink que aparece en 'La naranja mecánica'.

Kubrick acabó contratándole como chófer y se lo llevó a su mansión de Abbots Mead, a las afueras de Londres, donde vívía con su mujer y sus tres hijas. En 1978 se trasladó a Childwickbury, la casa de más de cien habitaciones con jardines, pabellones y caballerizas transformadas en oficinas de producción que compró a un magnate de la hípica y en la que está enterrado. D'Alessandro se ocupa del nutrido garaje de Kubrick, que sentía predilección por los coches alemanes y poseía un Unimog, un camión todoterreno de Mercedes que podía ir bajo el agua. También trata con todos los actores de sus películas: detesta a Jack Nicholson, que va detrás de cada mujer con la que se cruza, y adora a Tom Cruise. Hasta tiene un pequeño papel como kiosquero en 'Eyes Wide Shut'.

Emilio D'Alessandro junto a Matthew Modine, al que quiso como un hijo, en el rodaje de 'La chaqueta metálica'.

Por Kubrick, Emilio renuncia a su sueño de ser piloto de automovilismo (llegó a competir en Fórmula Ford contra James Hunt y Emerson Fittipaldi) y no está junto a su padre en Italia cuando muere. A mediados de los 90, siente morriña de su país y regresa junto a su mujer, pero acaban volviendo porque Kubrick le dice que no puede levantar 'Eyes Wide Shut' sin su ayuda. El director moriría sin ver estrenada en los cines su última película.

Emilio D'Alessandro regresó definitivamente a Cassino tras la muerte de Kubrick. En su garaje conserva mil recuerdos de treinta años junto al director, un alucinante catálogo de souvenirs por el que los cinéfilos del mundo matarían: cartas, fotos, películas, acreditaciones, claquetas, el bate de béisbol y la chaqueta de Jack Torrance en 'El resplandor'… Y las miles de notas en las que Kubrick le pedía que le comprara una botella de whisky o solucionara las goteras.