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Ernesto Alterio, Alberto San Juan, Blanca Suárez y Rubén Cortada en 'El cuarto pasajero'.

Álex de la Iglesia

Crítica de 'El cuarto pasajero': Un viaje sin retorno de Bilbao a Madrid

Álex de la Iglesia retrata una España desquiciada en una road movie que se revela comedia romántica y se sustenta en el carisma de Alberto San Juan y Ernesto Alterio

Oskar Belategui
OSKAR BELATEGUI Madrid

El frenético ritmo de trabajo de Álex de la Iglesia, que siempre ha confesado ser feliz rodando, lleva a que este 28 de octubre se estrene en cines 'El cuarto pasajero', apenas seis meses después de que lo hiciera 'Veneciafrenia'. Mientras, al director bilbaíno le ha dado tiempo a rodar la segunda temporada de la serie '30 monedas' y a producir unas cuantas películas enmarcadas en un género fantástico que el autor de 'El día de la Bestia' puso patas arriba en nuestro país. 'El cuarto pasajero' es mejor, mucho mejor que la fallida 'Veneciafrenia' y se enmarca dentro de su filmografía en el apartado de comedias de encargo, al que pertenece su obra más redonda de los últimos años: 'Perfectos desconocidos'.

Vídeo. Tráiler de 'El cuarto pasajero'.

De la Iglesia aceptó el reto de Paolo Vasile, el capo de Telecinco Cinema, que le animó a rodar una comedia romántica. Para el director de 'Balada triste de trompeta', el romanticismo no puede ser algo melifluo y liviano, así que esta historia de amor que dura lo que tiene que durar en estos tiempos de películas alargadas -1 hora y cuarenta minutos- también tiene espacio para la intriga, la acción, la comedia, el terror y la crítica social, cortesía del guion escrito a cuatro manos con su habitual cómplice, Jorge Guerricaechevarría. Un viaje de Bilbao a Madrid en un coche compartido sustenta un filme sin más pretensiones que divertir -que no es poco- y que se beneficia sobre todo de dos actores que han aterrizado en la cincuentena en estado de gracia: Alberto San Juan y Ernesto Alterio.

Esta road movie que arranca en el Puente del Arenal, reserva un espacio para la arquitectura de Frank Gehry en La Rioja alavesa y dispone su clímax en un monumental atasco a las puerta de Madrid, presenta como conductor de un flamante Volvo XC 60 al atribulado ejecutivo encarnado por Alberto San Juan, un pobre hombre que se acaba de divorciar, maniático del control, que bebe los vientos por la joven veinte años menor que él a la que ha llevado ya en varias ocasiones a la capital (Blanca Suárez) mediante una aplicación (el título previo del filme era 'BlaBlaCar'). Este va a ser el viaje en el que la declare su amor, pero no contaba con los otros dos pasajeros: un cretino jeta e insoportable que borda un divertidísimo Ernesto Alterio y un guaperas bohemio de esos que van con guitarra por la vida (Rubén Cortada).

Jaime Ordóñez, Alberto San Juan, Rubén Cortada y Blanca Suárez en 'El cuarto pasajero'.

Cada uno de los cuatro personajes descubren sus miserias a lo largo del viaje. Resulta muy difícil sentir empatía por estos seres caricaturescos, aunque el carisma de Alterio y San Juan elevan el interés cuando ellos están en escena. Como es habitual en el cine de Álex de la Iglesia, lo cómico va dejando paso progresivamente a la intriga y lo macabro. Su querencia por los personajes de reparto a cargo de actores estupendos reserva un hueco para un misterioso hombre que sigue a los protagonistas (Carlos Areces) y un correoso sargento de la Guardia Civil que siempre aparece en el momento más inoportuno (Jaime Ordóñez, siempre impecable). Peleas, persecuciones, un cargamento de hachís y hasta un malvado guiño contra la cinefilia y 'El año pasado en Marienbad' tienen cabida en la cinta.

'El cuarto pasajero' transcurre en un país desquiciado, violento y polarizado, pendiente siempre del selfie y las redes sociales, pegado al pinganillo del móvil. El amor y el sosiego no parecen tener cabida en esta suerte de 'Autos locos' por la A-1, que consigue que hasta nos caiga simpático un vividor maleducado y chanchullero, un 'coach' quinqui, pendiente siempre del próximo pelotazo. Marca de la casa, la acción física sustituye al diálogo en el desenlace de una película que se sirve de la carretera como metáfora de la vida. Ya lo decía el título en castellano de otra hilarante road movie de John Hughes de 1987 con Steve Martin y John Candy, 'Planes, trains and automobiles', que entre nosotros se llamó 'Mejor solo que mal acompañado'.