Las venas abiertas

Catástrofes espirituales

09/07/2019

Cuando Ernesto Sábato escribía sobre héroes y tumbas creó un nuevo calendario emocional bajo aquella frase en la que impelía a creer que el tiempo no se medía en días y años sino en catástrofes espirituales. Colectivas e individuales.

La recordé de alguna forma perversa y desenfocada al empacharme de El caso Alcàsser en Netflix, y de El Pionero, ese retrato retrospectivo de la figura de Jesús Gil en HBO. Temas que no mutarían en musa ante Sábato, pero en los que quedan bien condensadas algunas de las catástrofes emocionales de este país.

Ese periodo de frenética ludopatía emocional que trajeron los noventa, derrochando éxtasis en forma de audiencias, y que nada lo simboliza mejor que la llegada de las televisiones privadas, la apuesta por la víscera y la creación del modelo de rico/perverso/presidente de fútbol bañado en piscina que tanto nos suena.

«Solo con el tiempo de por medio como microscopio calibraremos el nivel de la catástrofe»

Quizá ahí nació nuestra catástrofe emocional más cercana. Cuando todos nos creímos ricos, guapos y que nuestra sed quedaba saciada en una fuente de inagotable líquido.

Quebramos. Y cuando llegamos a creer que nos habíamos recuperado siempre hubo un avisador latiendo sobre nuestra mesa que nos recuerda que ya no hay cuenta atrás, que nuestros modos éticos se fueron por el sumidero y que la corrupción tiene focos y taquígrafos, pero que es inextirpable.

Suena todo ese muy presente en una de nuestras grandes catástrofes recientes. Esa que se despacha en la Audiencia Provincial, cosida a una serie de apellidos como Alba, Ramírez, Soria... Heráldicas de paladín que sin embargo nos enseñan, como Gil con las Mama Chicho, cuánto de bajo se puede caer. Y que solo con el tiempo de por medio como microscopio calibraremos el nivel de la catástrofe.